El cantor de tangos de Tomás Eloy Martínez

Historias de Buenos Aires

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Siempre he seguido los artículos que este periodista cuando escribía en el diario El País hace años. Siempre me interesaban mucho sus opiniones, pero nunca había leído un libro de él. El caso es que no sé como llegó a mis manos, pero son de esos libros que llegan a tus manos como un premio que no esperabas y que no conocías, pero una vez leído, me siento afortunada de haber dado con esta joya literaria.

A mi me interesa mucho todo lo relacionado con Argentina y esta historia me ha parecido fascinante.

Un estudiante de una Universidad de Nueva York está haciendo un estudio sobre los orígenes del tango, sobre los ensayos de Jorge Luis Borges. En esa investigación descubre el nombre de Julio Martel, un cantante de tangos muy peculiar.

Según Borges los verdaderos tangos eran los que se habían compuesto antes de 1910, cuando aún se bailaban en los burdeles, y no los que aparecieron después, influidos por el gusto de París y por las tarantelas de genovesas.

En Buenos Aires hay un tipo extraordinario que canta tangos muy viejos, me dijo. No son esos, pero tienen un aire de familia. Deberías oírlos.

Este cantante, Julio Martel, que existió en la realidad, cantaba en las esquinas donde alguna historia pasó, en algún café o en cualquier plaza o barrio.

El guitarrista que le acompañaba interpretó primero, solo, una música muy rara, llena de cansancio. Cuando menos lo esperábamos, soltó su voz. Fue increíble. Quedé suspendida en el aire y, cuando la voz se apagó, no sabía cómo apartarme de ella, cómo volver a mí misma.

Tomás Eloy Martínez, nos pasea de su mano por las calles de Buenos Aires, pero a la vez nos va contando sus historias, nos saca  a relucir sus personajes y nos mezcla la vida de Julio Martel. Yo como lectora me sentí atrapada entre esas líneas magníficamente bien escritas y fascinada con esas historias.

Treinta años antes, Julio Cortazar y Gabriel García Márquez se habían sorprendido de que las amas de casa de Buenos Aires compraran Rayuela y Cien años de soledad como si fueran fideos o plantas de lechuga y llevaran los libros en las bolsas de los víveres. Advertí que los porteños seguían leyendo con las misma avidez de aquellas épocas.

Ya digo, una joya que creo que no es muy conocida, pero que estoy segura que a cualquiera que lea estas historias no le dejaran indiferente, además de pasar un rato muy especial.

Tomas Eloy Martínez

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