Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg

Once preciosos artículos

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Leyendo el blog de Juan Cruz, que siempre te da pistas de preciosos  libros, leí que esta pequeña joya él la había recomendado a un montón de amigos y amigas y lo había regalado otro montón de veces, suficientes pistas para buscar el libro y comprarlo.

Me lo leí de una sentada y yo como Juan Cruz lo he regalado y lo he recomendado. Natalia Ginzburg recopiló once artículos que  escribió en un periódico italiano donde ella vivía. Entre el ensayo y  la autobiografía,  cuanta en “Retrato de un amigo”  su amistad con el poeta Cesare Pavese.

A su lado, nos sentíamos a menudo humillados, porque no sabíamos ser, como él sobrios, ni como él modestos, ni como él generosos y desinteresados. A sus amigos nos trataba con modales bruscos y no perdonaba ni uno de nuestros defectos, pero si padecíamos algún sufrimiento o estábamos enfermos, se mostraba de pronto solícito como una madre.

Murió en verano. Nuestra ciudad, en verano está desierta y parece muy grande, clara y sonora como una plaza. El cielo estaba limpio pero no luminoso, tiene una palidez lechosa.

No estaba ninguno de nosotros. para morir eligió un día cualquiera de aquel tórrido agosto, y la habitación de un hotel cerca de la estación.

Tiene una escritura delicada y sonora, me encanta leerlo y volver a leerlo en un tiempo, es un libro íntimo y precioso. habla de la educación de los hijos y lo titula “Las pequeñas virtudes”

Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. no el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad;no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no al deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber.

También habla de su oficio de escritora.

Después nacieron mis hijos. No entendía como conseguiría separarme de ellos para seguir el personaje de un cuento. Había empezado a despreciar mi oficio. De vez en cuando sentía una nostalgia desesperada de él, me sentí aislada pero me esforzaba en despreciarlo y ridiculizarlo para ocuparme únicamente de los niños.

Porque lo que yo sentía por mis hijos era un sentimiento que todavía no había aprendido a dominar. Después lo fui aprendiendo poco a poco. Ni siquiera tardé mucho. Todavía preparaba salda de tomate y sopa de sémola pero iba pensando en lo que iba a escribir.

Un libro precioso, con pensamientos de vida muy actuales, sentimientos, sufrimiento y alegrías, amigos, matrimonio, y una irremediable fuerza que la guió toda la vida, la de escribir.

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