Ventanas de Manhattan de Antonio Muñoz Molina

Paseando Por Manhattan

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Aquel año de 20o1, en el mes de septiembre, yo iba a viajar a Nueva York para pasar unos días con mi hijo Cesar. Por entonces él trabajaba en esa mítica ciudad y yo no la conocía, así que tenía un motivo ineludible para ver a mi hijo y pasear por esa ciudad.

Sucedió el trágico atentado de las Torres Gemelas y yo anulé ese viaje. No puedo olvidar esos días de angustia esa manera de ver TV para no perderme nada de lo que pasaba allí. Cesar estaba bien pero eso no me tranquilizaba. Pasaron los meses y mi hijo me animó a que sacara un billete y volara hasta allí. Así lo hice y en enero de 2002 yo viajaba a Nueva York.

Todos los días me hacía un programa de visitas y a ultima hora quedábamos en algún lugar para cenar y comentar todo lo que había visto esa jornada. El primer día caminé todo el día, quería ver esa 5ª Avenida que tanto me gustó.

Llegando a Rockefeller Center se oía la voz de Pavaroti, me pareció mágico, todas las calles estaban adornadas de Navidad  y la música invadía todo; terminó Pavaroti y empezó a sonar  un maravilloso tango que, mi madre, cantaba siempre cuando andaba por casa, “Por una cabeza”. Cuando se lo conté a mi hijo no se lo podía creer, pero así fue. Así que tengo que decir que mi entrada en esa ciudad fue muy especial.

Los diez días que pasé en Nueva York fueron intensos pues quería ver todo y casi siempre lo hacía caminando. La casa de mi hijo estaba muy cerca de Central Park, así que, casi todos los días, iba a pasear por ese bonito parque, lo conocí nevado; en el margen izquierdo visité la casa donde vivía Jhon Lennon y donde fue asesinado, también vi el monumento en Central Park. Visité, una mañana muy fría, el Museo Metropolitano, me sirvió de refugio contra el frío y pude contemplar una colección imponente de joyas indias y una sala llena de Picassos. Subimos a el Empire State,  y pude ver la gran manzana herida con dos grandes boquetes negros; la vista de la ciudad era impresionante.

Me encanto el edificio conocido como Flatiron. Paseamos sus barrios más conocidos, el elegante barrio de Chelsea, el SoHo con sus escaleras de hierro visibles, Tribeca, el barrio de los famosos, ahí tomamos una tarda de queso muy típicas de Nueva Yorck . Cruzamos el puente de Brooklin y comimos pizza en la pizzería más antigua de Nueva York, Juliana´s. Visitamos una de las tiendas de Prada en aquel momento era lo más de lo más, y probé por primera vez Susi.

Cuando llegué a España me compré este libro  y volví a pasear de la mano de Antonio Muñoz Molina esa preciosa ciudad llena de cultura, de mestizaje, de movimiento continuo y, en esos momentos, una ciudad más tranquila y bastante triste pero inmensa y acogedora.

Antonio Muñoz Molina escribió este libro, después del atentado, pero lo que nos cuenta es un paseo amoroso por la ciudad; es una guía para conocer la ciudad mas minuciosamente, el escritor va paseando y te va contando sus lugares preferidos, una placita, un café un lugar donde escuchar música, una maravilla.

Hay lugares de la ciudad que uno descubre por sí mismo en sus caminatas solitarias y otros que le son revelados como un regalo generoso de la amistad o el amor. Se puede regalar lo que uno más ama, cierta perspectiva al fondo de una calle, un parque pequeño junto a un puente, un café, un club de música, hasta un instante de la luz. Ese regalo intangible enriquece a quien lo ha hecho y se vuelve un tesoro enaltecido por el agradecimiento para el que lo recibe, en un recuerdo y también en la posibilidad de otro regalo. En el lugar estará siempre quien nos lo descubrió y el momento de nuestra vida en el que gracias a su mediación lo conocimos. “

Así quien vivió en Manhattan en aquellos días y en las semanas y meses que siguieron se volvía consciente de la frontera tan estrecha que discurre entre la normalidad y el desastre”

Nueva York esconde tantas caras como ventanas exhibe: las de los decorados de los musicales de Broadway, las de los edificios iluminados del otro lado de Central Park, las que cayeron con las Torres Gemelas aquel 11 de septiembre, las tachadas con tablones en el reverso sombrío del Bronx o de Harlem. La ventana es el marco de una pintura de Hopper, una acuarela de Katz, la presencia ausente en una película de Hitchcock o la literatura de Cheever, el eco del jazz de Duke Ellington o John Coltrane.Como Ardor guerrero y Sefarad, este libro participa a la vez de la novela y del relato de hechos reales: lo que predomina en él es, por una parte, la naturaleza envolvente de un estilo tan sugerente y un timbre de voz tan personal como los que han venido caracterizando al autor desde sus inicios, llevados aquí a una desplegada y soberana madurez, y, por otra parte, una actitud ética y estética ante la pesadilla y maravilla de la gran ciudad que, en la línea del Lorca de Poeta en Nueva York, construye con material verídico una alucinación y una compleja fábula moral.

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