Mi Ántonia de Willa Cather

 

Hay meses que me dedico a ir a Madrid varias veces para cuidar de mi nieta Valentina,  y a la vez pasar una tarde con el mayor, Leo. Pero este mes ha sido intenso en viajes pues también fui a Albacete para quedarme un fin de semana con Frida y Arturo. Para mi es un placer más de la vida poder compartir unos días con ellos. Gracias a esas visitas me olvido un poco de lo que pasa en nuestro país que me parece insufrible, por no decir otras palabras más fuertes.

Pues, como digo, mis nietos me hacen  reír y pasar unos días en otro mundo. Parecido me pasa con los libros, que cuando ya no puedo más con tanta bazofia, me pongo a leer y me traslado a otros mundos más amables. Es lo que tienen los libros, que, cual bálsamo de Fierabrás, me  hace suavizar el gesto y sumergirme en una nueva historia.

Los viajes en tren son fantásticos para  ir leyendo. En estos días que tanto he ido y he venido, me he distraído con un libro precioso y muy bien escrito, un relato de gente común en la América de finales del siglo XIX; de los europeos que llegaban a Nebraska para buscarse una mejor vida. Llegaban de Bohemia, de Noruega, de Hungría y se instalaban en sus campos.

A la mañana siguiente, temprano, salí corriendo al exterior para explorar los alrededores. Me habían dicho que la nuestra era la única casa de madera al oeste de Black Hawk, hasta llegar al asentamiento de los colonos noruegos, donde había varias. Nuestros vecinos vivían en casas de tierra y en chozas, cómodas, pero no demasiado espaciosas.

El camino que venía de la estafeta de correos pasaba por delante de nuestra puerta, atravesaba el espacio abierto y describía una curva hasta el otro lado del estanque, donde empezaba la pradera, ascendiendo en una suave ondulación y prolongándose ininterrumpidamente hasta el oeste.

Los extranjeros eran más pobres, tenían costumbres diferentes y hablaban un idioma extraño, todo esto hacía que las diferencias entre los nativos y ellos fueran un problema de convivencia. Pero algunas veces esas fronteras se rompían y la amistad surgía.

Así ocurrió entre un joven que vivía con sus abuelos, Jim Burden y Ántonia, hija de de un matrimonio que venía de Bohemia. Esta amistad que duró en el tiempo marcó la personalidad de Jim. Él pudo marcharse del pueblo, estudiar y viajar, pero el recuerdo de Ántonia le sigue durante su vida y por eso escribe un libro “Mi Ántonia” donde describe ese espíritu indomable, a la vez dulce y amable, con un fin muy claro, trabajar y trabajar para mejorar su vidas.

Durante aquel caluroso día en que atravesábamos Iowa, nuestra conversación volvía una y otra vez a centrarse en una figura crucial, una chica de Bohemia a la que ambos habían conocido hacía mucho tiempo. Ella más que ninguna persona a la que recordamos, parecía encarnar el país, las condiciones de vida, la aventura de nuestra infancia. Yo le había perdido la pista por completo, pero Jim había vuelto a verla después de muchos años, y había renovado una amistad que significaba mucho para él.

Un libro delicioso, una historia que trasciende en el tiempo, la amistad fundamental en aquellos momentos duros, las familias, como el puntal donde sostenían la vida y la economía, el trabajo duro, durísimo para poder mejorar sus vidas. Describe muy bien el momento de aquellos pioneros que llegaban a tierras americanas.

Ántonia entró y se acercó a mí: una mujer morena, robusta, de pecho plano, y con algunas canas en los rizados cabellos castaños. Fue una sorpresa, claro está. Siempre resulta extraño encontrarse con gente después de muchos años, sobre todo si han vivido tanto y han tenido que trabajar tan duramente como aquella mujer. Nos miramos a los ojos que me observaban con curiosidad era… sencillamente, los ojos de Ántonia. No había visto otros iguales desde que los contemplara por última vez, pese a que había visto infinidad los rostros humanos. Mientras la miraba, los cambios se hicieron menos evidentes, y su identidad se fortaleció. Estaba allí en todo su vigor de su personalidad, ajada pero no disminuida, mirándome, hablándome con voz ronca y entrecortada que yo recordaba también.

Deliciosas descripciones de los paisajes, de las praderas, de los árboles.

Wilella Sibert Cather nació en Winchester (Virginia) en 1873, y pasó su infancia en Nebraska. Su novela “Uno de los nuestros” recibió el premio Pulitzer en 1922. mi Ántonia se publicó en 1918.

Willa Carther

loslibrosdeteresa | 16 octubre, 2014 en 1:16 pm | Categorías: Historia Nov
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5 thoughts on “Mi Ántonia de Willa Cather

  1. Willa Carter sabe como transmitir y contar una historia. Tengo pendiente Mi Antonia…muchísimas personas hablan maravillas de ese libro y de la huella que éste les ha dejado. Me encanta pensar que los libros pueden favorecer a las personas de esa manera…y tal vez cambiarlas.
    ¿Qué pasaría si alguno de esos libros que “transforman” llegaran a manos de quienes gobiernan o deciden “cosas de todos”? ¿Les cambiaría? ¿Se reducirían los colores porque todos seguimos viviendo para el bien común y eso sería lo lógico y normal…lo ético?
    Bueno…que me voy del camino…mucho ánimo….mejor reírse con los peques. Dan muchas alegrías y transmiten tanto…

  2. Ayyyy María buena reflexión, pero lo dudo, ¿qué harían estos corruptos, llenos de avaricia y un afán desmedido de sus vicios? ¡Nada!, eso es otro cantar. Sería estupendo pensar que les cambiarían, pero no me lo creo.
    Bueno, a lo nuestro, precioso libro, me ha encantado.Qué suerte tengo de encontrar estas joyas.
    Un abrazo
    Teresa

  3. Teresa: a mi también me sirven los libros de refugio para todo el horror que estamos viviendo en México en estos últimos meses. Deseo que tus nietos te sigan recordando la felicidad y la esperanza 😀 que te lleven a través de sus sonrisas a otros mundos y que pronto todo esto pase. Tomo nota del libro, del que siempre me han hablado muy bien. Un beso, Ale.

  4. Ale estoy al tanto de todo lo que pasa por tu país, ya sabes que soy una mexicana de corazón. Ahora mismo están en Cuernavaca mi hija María con mi nieta Valentina, pasando unos días allí.
    El mundo anda revuelto. Y como bien dices esto nos sirve de refugio. Este libro es una delicia me encantó.
    Un abrazo
    Teresa

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