Memoria de unos ojos pintados de Lluis Llach

Relato de cuatro amigos en la guerra civil española en Barcelona

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Empieza un nuevo año y casi me pilla sin enterarme; la Navidad para mí es una fiesta muy rápida, es como que empiezas a pensar a primeros de diciembre en estas fechas llenas de familia, nietos, comidas, regalos y cuando te das cuenta el año nuevo ya está aquí y ya casi estamos a día 10 de enero, el tiempo cada vez pasa más deprisa.

En estas fechas casi no leo, por no decir que no leo nada, mi tiempo está dedicado a cocinar para todos los que van llegando a casa; cocinar es una de las cosas que más me gusta hacer y como para mí no cocino mucho aprovecho cuando llegan estas fechas, aunque ahora se me complica un poco. Frida no puede tomar gluten ni lactosa ni azúcares, Rafa su padre lleva la misma dieta, Fátima no toma harinas blancas ni lactosa, o sea un lío tremendo, de pronto mi casa se llena de alimentos más sanos y sobre todo tengo que pensar en que comidas hacemos para todos y todos llevamos una nueva alimentación, y aquí no termina esto de la nueva cocina porque Valentina, la pequeña de la casa, toma purés de todo tipo así que añadimos un cazo más para su comida.

Pero antes de toda esta vorágine, yo estaba terminando un precioso libro que me ha sorprendido, tanto por el autor, Lluis Llach, que yo no tenía ni idea que escribía, siempre lo admiré como cantante, como por la historia tan bien contada, tan bien escrita y tan emocionante en algunos momentos y durísimos en otros.

La historia está ubicada en Barcelona, en el barrio de la Barceloneta en el final de la segunda República y el comienzo de la Guerra Civil. Germinal ya anciano le va contando a un director de cine la historia que vivieron en su barrio las cuatro familias que conformaban su mundo. David su amigo del alma y sus dos amigas, Joana y Mireia.

Pues sí señor director, la Barceloneta de los años treinta era un escenario magnífico para unos adolescentes como nosotros. Y digo nosotros porque fue una adolescencia coral, a cuatro voces,  cuatro corazones amigos, cuatro para todo lo que pudiera pasar. La pandilla de los cuatro, dos chicas y dos chicos que nacimos casi juntos y con pocos meses de diferencia mientras se escurría el año 1920.

La vida en la Barceloneta, el estraperlo, la búsqueda de la vida, el descubrimiento de la sexualidad, los cuatro amigos iban asumiendo el deterioro que la guerra iba infringiendo en lo cotidiano, el miedo a la guerra que se iba acercando a Barcelona inexorablemente, los primeros bombardeos, el descubrimiento del amor entre los dos amigos, contado con una ternura y una emoción grande.

De todas las cosas bellas que murieron con la República, La Escuela del Mar sería para mí una de las más excepcionales. En medio de aquel caos político, de la combulsión social, de la lucha y el embrollo de valores,alguien creía firmemente que el futuro del país y del mundo se basaba en la educación de los niños.

En mitad de la hecatombe que vivía nuestro país, y que pese a nuestra edad ya intuíamos, mientras la gente se mataba a golpes por la calle, las bombas de los atentados obreros desollaban empresarios, las pistolas de los sicarios de los industriales mataban trabajadores y asesinos institucionalizados ya preparaban el desgarramiento de la República; mientras todo esto pasaba, había unos hombres y unas mujeres que ejercían y daban sentido a una de las palabras más preciosas que se puedan encontrar en el diccionario: magisterio

El emblema de aquella escuela era: “Aprender a Pensar, a Sentir, a Amar”

Germinal y David eran jóvenes y vieron como sus padres se iban al frente, como su amiga se iban al exilio y no volverían a quedar para ver las puestas de sol, como las madres se buscaban la vida para seguir comiendo, sus casas devastadas por los bombardeos, y la terrible batalla del Ebro, donde niños reclutados hacían frente como podían a el miedo insondable de una guerra entre los mismos españoles.

A medida que el ejercito fascista iba cerrando las bolsas, los destacamentos republicanos quedaban entrampados de espaldas al río. Fue entonces, al menos donde yo estaba, cuando el desastre tomó unas dimensiones tan grandiosas como brutales.

El río bajaba cada día más lleno de cadáveres, y eso era el anuncio de que más arriba las cosas iban, también, mal dadas.

La derrota era pavorosa y todo el mundo sabía lo que significaba: a parir de entonces ya sólo podíamos alargar la agonía.

Ya digo que Lluís Llach me gustaba mucho cuando cantaba y ahora ha sido un descubrimiento como escritor.

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