Shakespeare and Company de Sylvia Beach

Vida de escritores en París

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Después de leer “París era una fiesta” de Ernest Hemingway, viajé a París y uno de los sitios que visité fue esta preciosa librería al ladito mismo de Notre Dame. No es la librería original de Silvia Beach, pero mantiene esa cosa maravillosa, libros por todos sitios, se caen de las estanterías, la gente puede sentarse en cualquier sitio y leer, es verdaderamente una joya que yo recomiendo a la gente que viaje a París.

Después del viaje me compré este libro, y la verdad es que fue un disfrute leerlo, de la mano de la dueña de esa mítica librería, sus historias, sus reuniones con escritores, sus publicaciones, su vida cotidiana y el devenir de la ocupación nazi.

“La editora de la novela más importante del siglo…; probablemente, la mujer más conocida de París…; sin duda una de las figuras más destacadas de las letras contemporáneas…; la más importante embajada literaria estadounidense en Europa…; durante veinte años, la librería más famosa del mundo.” Con estas palabras describe el historiados de la edición Hugh Ford a Sylvia Beach y a su librería Shakespeare and Company.

Sylvia llegó a París en 1919 y se quedó allí hasta su muerte. Puso su primera librería en el número 12 de la calle l’Odéon, en pleno barrio Latino y muy cerca del bosque de Bolonia. Allí se reunían para leer, y conversar los escritores más importantes como, Paul Valéry, Hernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Gertude Stein, James Joyce y muchos más.

Sylvia con Hemingway en la puerta de la librería

Shakespeare and Company abrió sus puertas el 19 de noviembre de 1919. Muchos amigos esperaban la apertura y pronto se corrió la noticia de que el día había llegado. No obstante, no esperaba ver a nadie aquel día. Y eso sería lo mejor, pensé. Pero cuando se abrieron las puertas los primeros amigos empezaron a llegar. En adelante y durante mas de veinte años, no me dieron ni un minuto de respiro.

Cuenta como conoció a James Joyce, y como ella es la primera editora de su famoso libro Ulises. Un libro prohibido en muchos sitios y Sylvia tuvo que trabajar duro para poder sacarlo a flote. Cada edición que salía era corregida por varios expertos. Pero James Joyce a pesar de su  casi ceguera veía más que ninguno.

Para el Ulises VIII hice rehacer la tipografía y corregir las erratas de la primera edición. Contraté a un correctos que era muy minucioso, él leyó el libro varias veces. Yo también lo leí, pero como no soy una experta, no sirvió de nada. Cuando apareció la VIII edición, le mostré una edición a Joyce. Inspeccionó ávidamente las primeras páginas con la ayuda de sus dos pares de gafas más una lupa y enseguida oí una exclamación: “¡ Ya he encontrado tres errores!”

Sylvia con James Joyce

Sylvia dice que su mejor cliente fue un joven aprendiz de escritor que se llamaba Hernest Hemingway. Así cuenta como veía a este escritor cuando llegaba a la librería con su hijo Bumby.

Aún me parece que los veo a los dos, padre e hijo, viniendo hacia la tienda cogidos de la mano. Bumby, subido en un alto taburete, observaba muy serio a su padre, sin mostrar ninguna impaciencia, esperando a que le cogiera en brazos; supongo que a veces debía de parecerle una larga espera. Luego los veía marcharse a los dos, pero aún no se iban a casa, pues tenían que esperar fuera, mientras Hadley hacía la limpieza.

Muchas anécdotas de la vida literaria de aquel momento y también de la vida cotidiana de todos ellos. un libro para releer de vez en cuando, una delicia.

Sylvia tuvo que cerrar su librería y esconderse pues los nazis querían capturar. Pasaron meses de mucha incertidumbre y miedo, pero llegó Hemingway y liberó esa calle, l’Odeón.

Yo en la placita de la librería en París
Yo en la placita de la librería en París

Todavía había tiroteos en la calle, y ya empezábamos a estar hartos de los alemanes, cuando un día subió por la calle una hilera de jeeps y se detuvieron frente a mi casa. Oí una voz grave que gritaba ¡Sylvia! Y toda la calle gritó mi nombre.

¡Es Hemingway!. Bajé corriendo y chocamos. Me cogió me dio varias vueltas en el aire y me besó, mientras la gente que estaba en la calle y en las ventanas nos vitoreaban.

Hemingway y sus hombres bajaron a la calle de nuevo y se alejaron en sus jeeps para liberar, según palabras del escritor, “el bar del Ritz”

La librería actualmente

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