Saber perder de David Trueba

 

Acabo de terminar estas historias de gentes normales que intentan vivir y sobre todo, atrapar momentos de la vida que no parecen muy fáciles para todos ellos.

El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzos aparentes. Si encuentra las velas extendidas nos arrastra a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de la grieta o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople el viento. Es el deseo de desear.

Me lo regalaron en mi cumpleaños y ha sido una lectura muy agradable, serena, pero deseando pillar un ratito para ponerme a leer y enterarme como va pasando la vida de estos cuatro personajes.

Tengo que decir que es el primer libro que leo de David Trueba y me ha encantado su forma de contar, sutil, llena de matices, muy equilibrada y con una cadencia que a mí me ha enganchado de principio a fin.

Sylvia es una chica de dieciséis años, que vive con su padre, Lorenzo, separado de Pilar. Sylvia celebra su cumpleaños con un sólo chico y experimenta los primeros contactos amorosos. Poco después, cruzando una calle Sylvia, es atropellada por un coche, sin muchas consecuencias.

Sylvia lleva dos vidas. En una se sienta al fondo del aula, en un pupitre verde con los bordes mellados que se toca con el de su compañera Alba. Durante la mañana diferentes profesores tratan de dejar sobre ella una pequeña huella.

Su otra vida transcurre en el chalet de Ariel, donde miran algunas películas en la pantalla de plasma, charlan  frente a una cerveza con música de fondo, compiten  en algún juego de habilidad con la consola o cenan el puchero que Emilia ha dejado preparado.

El que la atropella es Ariel Burano, un jugador de fútbol argentino que acaba de llegar a Madrid. Ariel y Sylvia mantendrán una relación, preciosa, escondida a los ojos de todos, pero una relación que ilumina estas historias de perdedores.

Lorenzo el padre de Sylvia intenta vivir con los fracasos de su separación, de no tener trabajo y de buscar una tabla de salvación que le ayude a sobrevivir, ella se llama Daniela una emigrante que le depara alguna ilusión en su camino por la vida. Ella no sabe algunos secretos de Lorenzo.

Cometí un error, admitió. Un día creí que mi vida sería siempre como era entonces. Con mi mujer, mi hija, mi trabajo. No concebía que eso pudiera cambiar. Y quizá no lo cuidé demasiado. Me equivoqué.

Y por ultimo Leandro el abuelo de Sylvia y padre de Lorenzo que vive ese momento de la vida que asiste a más entierros que a bautizos. Intenta buscar una salida a su vida, entre el cuidado de su mujer muy enferma y las ganas de seguir viviendo.

Mirar era admirar. Mirar era amar. Pero nunca el sexo obsesivo se había adueñad de Leandro como ahora. Nunca se había sentido dominado por el instinto, incapaz de controlar el deseo.

Estos son los personajes que David nos presenta y que va entrelazando unos con otros. Unas vidas comunes, pero llenas de matices, nadie tiene éxitos, ni el futbolista, pero todos presentan una cara llena de humanidad, de fallos, de ternura y de grandes fracasos.

Ha recibido el premio de la Crítica

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