84, Charing Cross Road de Helene Hanff

Cartas entre una escritora y un librero

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Otro pequeño libro maravilloso que hace muchos años lo compré y lo tengo como una pequeña joya. Me encantan los libros que hablan de libros, me parece que siempre aprendo algo más de los beneficios de la buena lectura. Hay momentos en la vida que estoy más ocupada, distraída o preocupada por las cosas cotidianas y no puedo concentrarme en la lectura. Ahora estoy pasando por un momento de esos, pero siempre reencontrarte con estas historias me hacen pensar que la lectura es una de las mejores terapias.

Señores: los libros llegaron bien, y el de Stevenson es tan bello que hasta abochorna un poco a mis estanterías hechas con cajas de naranjas. Casi temo tocar esas páginas de tacto tan suave que semejan de pergamino y de un fuerte color crema. Acostumbrada al blanco apagado y a las cubiertas de cartón rígido de los libros americanos, jamás supuse que un libro así pudiera proporcionar un placer tan gozoso al sentido del tacto.

Esta historia, es la verdadera historia que Helene Hanff vivió durante veinte años. Ella, una escritora desconocida, amante de obras antiguas, vivía en Nueva York a mitad del siglo pasado, con un carácter irónico, espontánea, divertida y algunas veces descarada; un día inicia una correspondencia con una pequeña librería en Londres, “Marks and Company, para pedirle a su dueño Frank Doel, que le busque algunas ediciones de libros que en NY no puede encontrar.

Claro que si los libros costaran lo que valen, yo no podría permitirme comprarlos…

Te asombrará saber, de alguien como yo, que odia las novelas, que he acabado atreviéndome con Jane Austen y que me he apasionado tanto por “Orgullo y prejuicio”, que no voy a ser capaz de devolverlo a la biblioteca hasta que tu hayas encontrado un ejemplar para mí.

Así se inicia una correspondencia que durará en el tiempo, una correspondencia que terminará en una gran amistad y admiración entre Helen y Frank y mucha complicidad con los trabajadores de la librería.

Como Londres está sufriendo las carencia de la Segunda Guerra Mundial, ella les manda latas de comida, mermeladas y todo lo que puede, mientras ellos le siguen buscando los libros que ella les pide.

Le escribo para decirle que sus paquetes de Pascua para Marks& Co llegaron en perfecto estado hace unos días.

Todos hemos abiertos  unos ojos como platos al ver las piezas de carne. Y los huevos y las conservas también han sido muy bien recibidas. He sentido la necesidad de escribirle personalmente para expresarle el enorme agradecimiento que sentimos todos por la amabilidad y generosidad.

También estamos todos deseando que pueda viajar a Inglaterra en fecha próxima con la seguridad de que haremos cuanto esté en nuestra mano para que su estancia entre nosotros sea muy feliz.

Una deliciosa historia real, llena de ternura, casi se puede decir de amor. Todos quieres que Hellen venga a Londres para conocerse.

Vengo escribiéndoles cartas de lo más descaradas desde la seguridad que me dan los 5.000 km que hay por medio. Probablemente entraré un día en esa tienda y saldré de ella al cabo de un rato sin decirles quien soy.

En 1987 este libro se llevó a la pantalla con Anthony Hopking como protagonista, en español se llamó “La ultima carta; también se llevó al teatro y Helene Hanff pudo ver, antes de morir el éxito de esta pequeña historia de una escritora desconocida.

Un pequeño libro de esos que podemos llamarlos cultos, donde la lectura es la base fundamental en todos los personajes. Así le describe, una amiga, la librería.

¡Es una tiendecita antigua y encantadora, que parece salida directamente de las páginas de una novela de Dickens! ¡Te chiflará cuando la veas!

Hay metros y metros de estantes, inacabables. llegan hasta el techo y son muy antiguos y de tono agrisado, como de roble viajo que ha absorbido tanto polvo con el correr de los años que ya ha perdido su color original.

Hacia el fondo de la tienda, a la izquierda, hay un escritorio con una lámpara de estudio encima. Frente a él estaba sentado un hombre de unos cincuenta años. Levantó la mirada al entrar yo y me saludó diciendo: “Buenas tardes” ¿Puedo ayudarla?. Le respondí que sólo quería curiosear, y me animó a hacerlo.

 

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