Trafalgar, Benito Pérez Galdós

La Batalla de Trafalgar

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Faro del cabo de Trafalgar

En el puente de la Constitución nos fuimos cuatro amigas a la casa de una de ellas, en Barbate; siempre es un placer pasar unos días con buenas amigas y en Cadiz, una de las provincias que más me gusta, por su clima, sus playas, por su comida, por su luz y por tantas cosas que ofrece esta parte del sur de España.

Yo creí también que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra era siempre porque alguna de estas naciones querían quitarnos algo, en lo cual no iba del todo desencaminado. Parecíame, por tanto, tan legítima la defensa como brutal la agresión; y como había oído decir que la justicia triunfaba siempre, no dudaba de la victoria.

El tiempo nos acompañó, nada de aire en este invierno que parece una larga primavera cálida; así salimos a recorrer los alrededores, Vejer, Caños de Meca, Zahara de los Atunes el faro de Trafalgar y Cadiz.

Cuando leí de nuevo este libro de Benito Pérez Galdós, recordé cuando en el bachiller nos mandaban leerlo y a mí no me gustaba  nada, eso de los Episodios Nacionales me sonaba a algo viejuno.

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Nada que ver en esta segunda lectura donde descubrí un Benito Pérez Galdós maravilloso, con ese humor andaluz aunque él nació en Canarias.

Disipose por un momento la densa penumbra, ¡pero de qué manera tan terrible! Detonación espantosa, más fuerte que la de los mil cañones de la escuadra disparando a un tiempo, paralizó todo, produciendo general terror. 

Ahí mismo en las costas gaditanas, se dirimió la gran batalla entre las flotas franco-española e Inglesa el 21 de octubre de 1805.

Vino la noche, y con ella aumentó la gravedad y el horror de nuestra situación. Parecía que la Naturaleza había de sernos propicia después de tantas desgracias; pero, por el contrario desencadenáronse con furia los elementos, como si el cielo creyera que aún no eran bastante grande el número de nuestras desdichas.  

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El 21 de octubre comienza la batalla. En el horizonte aparecen treinta y tres barcos ingleses. Muchos barcos  son apresados y entre ellos el Santísima Trinidad, que ha quedado tan maltrecho que tendrá que ser abandonado a toda prisa.

Eran las doce menos cuarto el terrible instante se aproximaba. La ansiedad era general, y no digo esto juzgando por lo que pasaba en mi espíritu, pues atento a los movimientos del navío en que se decía estaba Nelson, no pude por un buen rato darme cuenta de lo que pasaba a mi alrededor.

Galdós nos cuenta en boca de un joven, Gabriel, esta tremenda parte de la historia naval española; él con su mirada ingenua nos cuenta con cierta sorna esta batalla y nos hace partícipe de sus reflexiones.

Cuando advertí  el gozo y la satisfacción que les causaba haber apresado al más grande y glorioso barco que hasta entonces surcó los mares, pensé que también ellos tendrían su patria querida, que ésta le habría confiado la defensa de su honor; me pareció que en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de existir, como es España, muchas gentes honradas, un rey paternal y las madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos, los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria.

Termino recomendando una visita a este lugar mágico, dunas infinitas, playas inmensas de arenas finas, el mar azul, donde parece que nunca pasó nada, si además leéis, Trafalgar de Benito Pérez Galdos, hemos hecho algo magnífico.

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