Siete casas en Francia de Bernardo Atxaga

Vida de un destacamento oficial en el Congo

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Después de haber leído, “El hijo del acordeonista”, de este mismo autor, me topé con este otro, no dudé en leerlo porque me gustó mucho como escribe y como describe Bernardo Atxaga.

“Siete casas en Francia” te atrapa en ese ambiente de decadencia moral, ética y degradación de la vida en el destacamento militar, que tenía el rey Leopoldo II de Bélgica allá por el año 1903, en una pequeña aldea, Yogambi, en el Congo.

No ha habido otro amante como Leopoldo II y se necesitaría años para superar su marca. Yo mismo no me he chupado el dedo y con un poco de suerte pronto conquistaré mi mujer número 200, pero a su lado solo soy un chiquillo.

Allí sobreviven como pueden con el miedo a un ataque de los rebeldes de otras aldeas, entre el ruido ensordecedor de los gritos de los animales de la selva y las ambiciones de cada uno de ellos.

El Capitán Lalande Birán, que, ademas de ocuparse en la recogida del caucho, sin importarle disparar sobre cualquier “negro” si no trabaja al ritmo que él quiere, su máxima preocupación es poder comprar la séptima casa en París a su esposa; para ello no duda de traficar con caucho y caoba.

El teniente Van Thiegel  sueña con salir de esa África asfixiante y poner un bar en Amberes mientras sueña con seducir a la mujer del capitán. Así Habla de su padre.

Mi padre no era partidario del Rey, y a veces en casa se ponía a hablar mal de él mientras cenada con mi madre y conmigo. Decía que el Rey derrochaba millones con las mujeres. Que le había un broche de 100.000 francos a la bailarina María Montoya. Eso le sacaba de quicio, y en vez de enfadarse con el, se enfadaba con nosotros, y a veces nos pegaba. Porque tenía la mano muy larga y los ojos también y las orejas lo mismo, y seguramente habría hecho algo importante en este mundo si hubiera sabido controlar la bebida. La bebida está bien pero uno no puede emborracharse todos los días.

El criado Donatien y el jefe de cocina, con ansias de vengarse de todos ellos.

Así te va describiendo estos personajes que dormitan en el club de oficiales, que buscan mujeres jóvenes para violarlas sin escrúpulos y que odian profundamente sus vidas, si no fuera por la ambición desmedida que tienen en hacerse ricos y volver a sus países. Toda esa vida decadente cambia cuando llega el oficial Chrysostome un tirador muy experto y que no tiene ninguna atracción por las mujeres.

Este oficial avisan de que el rey Leopoldo quiere hacer una visita a su “finca personal” de más de tres mil hectáreas, El Congo. Ahí todos se ponen a pensar que hacer para quedar bien ante el Rey y poder  pedir ese traslado que tanto ansían.

Tanto los oficiales y los askaris de la Force Publique como los bellos jóvenes yangambianos unieron sus voces para que la oración se impusiera y se difundiera, llevada por la fe, llevada por el aire, a todo lo alto del Congo. Los hechiceros, las brujas y los curanderos de la selva recibieron claramente nuestro mensaje:¡ Esta selva sólo tiene un Rey!, ¡Esta selva sólo tiene un Dios!

Las ideas son tan peregrinas como los personajes. Quieren nombrar a una reina que esté a la altura de lo que ellos piensan, harán una procesión con una virgen, en fin un disparate tras otro. Bernanrdo Atxaga consigue ridiculizar hasta el infinito a estos personajes y meterte en ese ambiente de decadencia y corrupción que el Rey Leopoldo II consintió durante muchos años.

Pero al final el Rey Leopoldo II no llega y manda a un reportero, un fotógrafo y un obispo, para que hagan una crónica del lugar.

Lalande Biran esperó al obispo para bajar los dos juntos, y tras ellos desembarcaron de uno en uno todos los demás miembros de la expedición. La playa se llenó de gente, como siempre que llegaba un barco. Pero aquella vez la excitación fue algo menor. Los oficiales , los jóvenes nativos, recién bautizados,todos parecían agotados. Además el río Congo no traía como otras veces cajas de galletas y salami, y mucho menos bebidas alcohólicas. Su cargamento era, por decirlo así, espiritual. Habían logrado poner a la virgen en su sitio.

A mi me ha gustado, sobre todo por esa atmósfera de decadencia moral que impregna todo el libro.

 

 

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