Patria de Fernando Uramburu

Es el primer libro que leo de este escritor vasco, nacido en San Sebastían en 1959. “Patria”, un libro que entra de lleno en el problema que se vivió en Euskadi en los años de ETA.  Empieza la historia en el momento que se empieza a hablar del fin de la violencia.

El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron.

¡Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia?

Me ha sorprendido cómo nos cuenta la vida de la gente en un pueblo donde las amistades, terminaban en cuanto uno de los vecinos era señalado por ETA, ahí todo el pueblo le volvía la cara y le retiraban el saludo, muchos por miedo, otros por que apoyaban la idea de luchar por la “libertad”.

A las pocas semanas de enviudar, Bittori se fue a pasar unos días a San Sebastián. Más que nada para perder de vista la acera donde mataron a su marido y para no seguir aguantando las miradas torvas de los vecinos, tantos años amables y luego, de repente, lo contrario; ni tener que pasar por delante de las pintadas en las paredes y ver aquella en el quiosco de la plaza, una delas últimas, la de la diana encima del nombre del difunto, que fue ponerla y a los pocos días, adiós.

Fernando Uramburu nos mete de lleno en ese pueblo y nos hace partícipes de la vida de estas dos familias; Josian y Mire, padres de Joxe Mari, futuro miembro de un comando, y Bittori, mujer de Txato   que será asesinado. Ellas salían un día a la semana a San Sebastián a pasear y tomar café, charlaban de sus problemas y luego volvían al pueblo a seguir sus vidas cotidianas. Los maridos, Joxian y Txato siempre andaban en bicicleta, y eran amigos de toda la vida.

Un sábado iban las dos juntas a una cafetería de la Avenida, el siguiente a una churrería de la Parte Vieja. Siempre a San Sebastián. Decían San Sebastián como decían Donostia. No eran estrictas. ¿San Sebastián? Pues San Sebastián. ¿Donostia? Pues Donostia. Se arrancaban a conversar en euskera, pasaban al castellano, vuelta al euskera y así toda la tarde.

Esto se rompe un día trágico cuando el hijo mayor de Mire, Joxe Mari, se marcha del pueblo para formar parte de un comando de ETA, eso hace que las dos amigas se distancien, ya que Miren se va radicalizando y apoyando a su hijo en la defensa de una Euskal Herria libre.

Las pintadas contra Txato le quitaron a Josian el apetito. Y también lo privaron de su mejor amigo. Porque en una ciudad, pase; pero en el pueblo donde todos se conocen, tú no puedes tener trato con un señalado. Esto lo vino pensando aquel domingo por el trayecto de Zumaya a casa. Había ido con Txato, volvía sin él. ¿Con quien hago yo ahora pareja al mus?

Los hijos de las dos familias, también viven ese momento de maneras diferentes, aunque en el pueblo el control de cada uno de los vecinos es exhaustivo por parte del cura y por el dueño del bar, donde todos se reúnen a tomar unos vinos a diario.

¿No ves que el cura les deja a los chavales los bajos de la iglesia para que guarden allí sus pancartas y banderas y sus botes de pintura? Que eso no tiene nada que ver, dice. Pues claro que tiene que ver. Joxe Mari, que yo sepa, no nació con una pistola. El cura, los amigos, qué se yo, lo llevaron por el mal camino. Y como tiene poco aquí, se señaló con el dedo el centro de la frente, picó.

Ese ambiente se enrarece cuando empiezan a aparecer pintadas contra Txato, el marido de Bittori, dueño de un pequeño negocio de transportes. Esas pintadas arrecian contra él de manera  radical. Él lleva pagando dinero a ETA hace tiempo sin que nadie de su familia lo sepa, pero cuando le piden cada vez más, él se resiste y es cuando las pintadas le amenazan claramente.

Esos ojos, esas orejas enormes, ese gesto amistoso. El amigo de su padre que el compraba helados cuando él era niño. La campana de la iglesia dio la una, aquel sonido familiar, metálico, le sonó igual que la palabra no. No  lo hagas. No lo mates. Se quedaron mudos, el uno delante del otro.

Hasta que un día es asesinado Txato, marido de Bittori, en la puerta de su casa. Ahí es cuando esta historia crece y se ramifica a lo largo de todo el pueblo; el silencio de la gente, el vacío que se le hace a la familia del asesinado, los hijos de las dos familias, que no entienden cómo han asesinado a un hombre bueno e intimo amigo de la otra familia, la duda de que haya sido Joxe Mari.

A estas horas ya habrán limpiado la calle con una manguera para que no quede rastro del crimen. Y mañana habrá murmullos en el aire, pero en el fondo todo seguirá igual. La gente acudirá a la siguiente manifestación en favor de ETA, sabiendo que conviene dejarse ver en la manada. Es el tributo que se paga para vivir con tranquilidad en el país de los callados.

Fernando Uramburu nos describe muchos momentos en que las familias, los vecinos, los hijos y todos los que rodean esta historia sufren en silencio. Un drama que nos sacudió los corazones durante muchos años.

Una novela que habla sin rodeos de toda la problemática que sufrieron cada uno de maneras diferentes, pero todos padecieron el desgarro de esa violencia

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s