Toledo, Madrid y Ciudad Real

 

 

La jubilación, si estás bien de salud, eso es lo más importante, es un periodo de la vida fantástico, envejecemos, sí, pero eso es irreversible, así que hay que tomarlo como algo normal, y aprovechar este tiempo que es una especie de regalo de la vida.

Así lo voy llevando yo, disfruto cualquier momento, si hace buen día, porque el cielo es maravilloso y si se nubla porque las nubes me parecen de un calor increíble; mi curiosidad no ha disminuido, casi al revés, todo me interesa y aprender es una de mis haciendas favoritas. Además no necesito casi nada, mis deseos son los afectos, y poco más, y eso lo tengo, así que mi vida se simplifica y eso hace que disfrute cada vez más  los momentos importantes del día.

También es verdad que elijo mucho, ahora no pierdo el tiempo en las cosas que no me aportan o no me interesan y de eso hay mucho, pero yo me quedo con esa parte maravillosa que te da lo cotidiano; el no hacer las cosas corriendo, el sosiego en casi todo, tomar distancia en muchas cosas, la condescendencia en momentos difíciles, aportar, en lo que puedo, lo mejor de mí, aunque no es fácil, pero ahí estamos.

Todo eso y muchas cosas más me tiene disfrutando de la vida. Empezar a leer un libro es un momento mágico, emprender un viaje a visitar a mis nietos, no tiene precio, ir al cine con las amigas es una práctica semanal que nos encanta, ir a una conferencia es estimulante, comer un día a la semana con mi hija Fátima, me alegra el día, asistir a las clases de la Universidad me mantiene la curiosidad y el aprendizaje, hacer una excursión a conocer un rincón de mi provincia me encanta, pasar una tarde haciendo ganchillo con un grupo de amigas es delicioso, así voy viviendo estos años, que ya digo, son un regalo.

La semana pasada aproveché y me fui a Toledo a pasar unos días con mi hija Belén y familia. Ya es un lujo ir a verlos, pero encima, viven en una ciudad maravillosa que yo recorro cada vez que voy a verlos. Me fui a pasear con mis nietos, Frida y Arturo, ellos me llevaron por sus laberínticas calles, fuimos a conocer la biblioteca que está en un edificio emblemático, “El Alcázar”, de ser un lugar que me recuerda, tristemente, la contienda de la guerra civil, ahora está dedicado a la cultura; por allí mis nietos se mueven bien, pues ellos si conocen esos pasillos llenos de libros. Cuando terminamos subimos a la cafetería del último piso para ver las vistas maravillosas de la ciudad.

Paseamos por sus calles, y nos fuimos a comer las “bombas de patata” tan famosas y ricas y que a mis nietos les encanta. Después tomamos un tren turístico para dar una vuelta con explicaciones de los monumentos y alguna leyenda que otra. Eso de las leyendas, a los dos, les encanta. Pasa el tiempo y las  recuerdan palabra a palabra.

Después de unos días con todos ellos, me marché a Madrid, ya aprovecho y veo a todos mis hijos y nietos. Llevar a Valentina al colegio y recogerla es mi gran afición, ella me recompensa con sonrisas y abrazos cada vez que me ve y yo me deshago. Pasar unos días con ella, es un placer, es familiar y le encanta que vayamos a su casa. Los días los pasamos en el parque.

Entre ir a llevarla y recogerla en el colegio, yo camino por Madrid, paseo del Prado, Carrera de San Jerónimo, Puerta del Sol, parada obligatoria para firmar con las mujeres en huelga de hambre reivindicando más política contra el maltrato a las mujeres, sigo caminando hasta la librería” La Central” en la plaza de Callao, ver libros y comprar alguno, tomarme un té, es pasar una mañana estupenda; ya de vuelta,  me senté en El Brillante, un bar frente a la Estación de Atocha, muy conocido por sus bocadillos de calamares, yo degusté uno, momento sublime.

Pero también aprovechamos, el sábado, para visitar la casa del pintor Soroya y su nueva exposición, un verdadero placer recorrer las estancias de la casa llena de maravillosos cuadros, aunque Valentina se aburría un poco, eso de los museos, decía, es muy aburrido. Salimos y quedamos a comer con mi hijo César y Sonia, una comida rica y unos momentos de hablar de la vida. Una mañana estupenda en Madrid, aunque algo fría.

A la mañana siguiente desayunamos con Leo y Fadia, un “brunch, que se está poniendo de moda en Madrid, un desayuno-comida a eso de las 12 de la mañana. Mi nieto tan mayor… se va a Nueva York diez días en un intercambio, parece mentira como pasa el tiempo.

Y ya a la estación, que yo regreso a mi casa, llena de buenos momentos que mi familia me aporta y yo estoy tan agradecida… ese es el regalo de la vida. Y llegar aquí, para todos nosotros, no ha sido nada, pero que nada fácil.

Como el tren no salía a la hora que yo tenía prevista, aproveché esas horas para pasear por la cuesta Moyano y comprar unos libros, disfrutar de esa mañana en ese lugar tan especial. Paseando, paseando, llegué hasta la Plaza de  Neptuno, me tomé un té contemplando a la gente pasear y aproveché para echarle un vistazo a los libros.

Bajando para la estación quise entrar al Museo Reina Sofía a ver el Guernica, que aunque lo he visto varias veces me apetecía, pero las colas eran inmensas, así que ya sin tiempo me fui para Atocha, mi estación favorita, como decía Joaquin Sabina ” Yo me apeo en Atocha, yo me quedo en Madrid.

Llego a casa,¡tan reconfortante! miro el buzón y ahí hay una carta con letra femenina, todos los años me llega, es de una amiga bloguera, Isi, que siempre manda unos bonitos marca-páginas, me encantan y aquí los tengo entre las hojas de mis libros.

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