Patria de Fernando Uramburu

Relato sobre los cuarenta años de ETA

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Cuando un libro es tan alabado, siempre espero algo de tiempo para atreverme a leerlo. Me lo recomendaron por todos lados y ya este verano me puse a ello. Tengo que decir que no me decepcionó nada, me gustó la forma sencilla en que Uramburu nos cuenta esta tremenda historia. Sencillez en todo el relato, cosa que no debe ser fácil pues nos cuenta nada más ni nada menos que cuarenta años de ETA, resumido en un pequeño pueblo y en dos familias.

A Bittori le han matado a su marido Txato y busca respuestas a esa muerte que no encuentra. Así empieza esta historia que realmente terminará sin respuestas, el terrorismo es lo que tiene, que no es comprensible para nadie, menos para los que sufren esa lacra.

Bittori y su marido viven en un pequeño pueblo cerca de San Sebastián, allí vive con su familia, una vida tranquila, donde conviven con sus vecinos, visitan la iglesia, los bares del pueblo, son unos buenos vecinos; su marido, Txato, que tiene una pequeña empresa de transporte, forma parte del club de ciclistas del pueblo.

La otra familia vecina e íntimos amigos de toda la vida, Miren y Joxian. Ellas una tarde a la semana se iban a San Sebastián a pasar la tarde, ellos compartían el ciclismo como deporte, los hijos se conocían desde siempre, la vida cotidiana de un pueblo, rota de vez en cuando por las manifestaciones a favor de ETA en la plaza. Quien no se dejaba ver por esas manifestaciones era fichado, así que todo el mundo acudía a ellas.

El día en que ETA anunció el abandono de las armas, Bittori se dirigió al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txaso, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿ Podrá convivir con quienes le acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia?

La iglesia también fichaba a la gente cuando no iban al entierro de un etarra, el cura tenía buen conocimiento de todos los vecinos y vecinas. Y por último las tabernas, también hacían su labor. Osea que se vivía observados y en los pueblos pequeños era muy fácil que eso se convirtiera en un ambiente asfixiante.

Esta vida cotidiana se rompe cuando el hijo de su amiga Miren, Joxe Mari, desaparece y nadie sabe donde está, aunque se supone que anda por el monte y luchando por la “patria”, pero de eso no se habla. Su madre lo disculpa y lo apoya, en una palabra, entiende que su hijo luche porque Euskal Herria sea libre.

¿ Y Miren? Pues verás, ahora que me lo preguntas, te diré lo que pienso. En el fondo, y que me perdone el Txato, la comprendo. Comprendo su transformación, aunque no la apruebo. Entre la merienda aquella en la cafetería de la Avenida y la siguiente en la churrería de la Parte Vieja, mi amiga Miren cambió. De repente era otra persona. En una palabra, había tomado partido por su hijo. No tengo la menor duda de que se fanatizó por instinto materno.

Y empiezan las pintadas en el pueblo, contra Txato, al principio Bittori las tapa, pero cada vez son más grandes y más insultantes. Txato paga religiosamente su cuota que le exigen desde ETA, sin rechistar, no quiere problemas, hasta que la extorsión es grande y no puede ni quiere hacer esos pagos.

Una figura joven, ágil, borrosa, surgió de entro dos coches aparcados junto a la acera de enfrente. La  capucha impidió al Txato verle los ojos. Venía hacia él, pero no directamente. ¿Quién? Un individuo de algo más de veinte años, algún chaval del pueblo que se protegía del chaparrón agachando la cara. De un salto alcanzó la acera por detrás de Txato. El Txato siguió su camino y ya le faltaba poco para llegar a la esquina.

Entonces, a su espalda, muy cerca sonó el disparo.

Y después otro

Y otro

Y otro

Una tarde lluviosa, saliendo de su casa, se encuentra con Joxe Mari y le dispara. La vida de toda la familia cambia, se van del pueblo y al cabo de un año, Bittori quiere volver a su casa, y eso es un calvario para ella, nadie la saluda, no la miran, nadie se atreve a hablar con la mujer de un asesinado por ETA.

Salía hasta la calle el típico rumor de voces punteado por  por alguna que otra risotada. ¿Entro o no entro? Entró. Al punto se hizo el silencio. Habría como una docena de clientes. No los contó. Se callaron todos a una, desviando la mirada ¿hacia dónde? Pues hacia donde no estaba ella. Y el chaval que pasaba el trapo entre los platillos  de los pinchos tampoco miraba. Un silencio ¿agresivo, hostil? No, más bien de interrogación, de extrañeza.

En medio de todo esto están los hijos e hijas de las dos familias, cada uno con su visión sobre este tema que tanto les duele y que de alguna manera marca sus vidas.

Ahora todo es hablar del proceso de paz y de que hay que pedir perdón a las víctimas. Perdón ni leches. ¿O es que nosotros no somos víctimas? Cada vez contamos menos, nos han dejado solos. Y si abres la boca, vienen y te llevan por apología del terrorismo.

Tumbado en la cama Joxe Mari miraba el trozo de cielo comprendido en el cuadro de la ventana. Cielo azul de atardecer. Noto que me hundo. Horrible perspectiva: morir aquí de cáncer, sin volver nunca más al pueblo

Muy recomendable, una gran novela sobre un momento en el País Vasco que toda España vivió durante mas de cuarenta años.

 

 

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