Viaje a Canadá, Calgary, Las Rocosas y Vancouver

Viaje a Calgary

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Calgary

Este año he cumplido 70 años, y por este motivo mis hijos me regalaron un viaje a Canadá. La ocasión era perfecta, mi hijo César, Sonia y Elías iban a recoger a Leo, mi nieto, que cursó un año en un instituto de la ciudad de Calgary, así que me invitaron a ir con ellos.

El viaje duró 15 días y recorrimos gran parte de Las Rocosas, llegamos a la ciudad de Vancouver y a la vuelta a Calgary, pasamos por la zona de los grandes lagos, y El Parque de los Glaciares, en total unos 5.000 km por lugares maravilloso y carreteras impactantes.

Llegamos a Calgary, y lo primero que hicimos fue ir a recoger a mi nieto, no nos esperaba y fue una gran sorpresa al vernos frente a su casa y desde allí nos fuimos a recorrer la ciudad para hacernos idea de cómo era.  Al día siguiente fuimos a conocer el Instituto de Leo, Mckenzie Highlands School, y a despedirnos de los profesores que, durante ese curso, estuvieron con él. Nos encantó ver donde estudió, sus clases, su cancha donde jugó al baloncesto, en fin una visita muy especial.

El tiempo que estuvimos en Calgary aprovechamos para pasear. Una ciudad de un millón de habitantes, la más grande de la provincia de Alberta, situada a unos 80 km de Las Rocosas, bañada por un gran río, el Bow, nos pareció una ciudad tranquila, muy extensa, de barrios donde las casas unifamiliares de madera y rodeadas de jardín es la tónica general. En 1988 acogió los juegos Olímpicos de Invierno, allí la esquiadora española, Blanca Fernández Ochoa, no pudo ganar una medalla Olímpica por una caída a punto de terminar.

Tiene un centro con modernos e impresionantes edificios, el más alto fue construido por el arquitecto inglés, Foster, conocido como The Bow,  esos edificios están comunicados por galerías, para que en invierno la gente circule por ellos, porque alcanzan algunos días los -40 grados. Las calles peatonales con muchas flores adornando fachadas, muchas terrazas donde la gente disfruta unos días de temperaturas cálidas. Paseamos observando la vida tranquila de esta ciudad, donde el coche es la forma más habitual de moverse de un lado a otro.

 Cuando terminamos el viaje, volvimos a Calgary, teníamos pensado pasar un día antes de tomar el avión de regreso y aprovechamos para visitar sus ferias y su famoso “Stampede” rodeos, carreras de carretas, donde todo el mundo va vestido con el sombrero vaquero y sus botas, una fiesta curiosa para unos españoles que pasaban por allí. También visitamos un lugar donde los indios canadienses, los Inuit enseñan sus tipis preciosos, sus bailes y su forma de vida.

La modernidad se mezcla con las  costumbres del “lejano Oeste”, curioso contraste que disfrutamos enormemente recorriendo esa feria llena de diversión para los chicos y llena de emoción viendo montar caballos y toros salvajes en medio del griterío de la gente.

Nos despedimos de Calgary, sobre todo mi nieto Leo que vivió allí durante un curso entero, esa ciudad quedará para siempre en su memoria, y la experiencia también.

Nosotros la disfrutamos con ojos curiosos y esperando salir para Las Rocosas, un paraje que queríamos recorrer sin dejarnos nada o casi nada, cosa imposible por la grandiosidad de sus paisajes y las distancias enormes.

 

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