Viaje a Canadá. Parque Jasper

 

Ya he hablado de las carreteras infinitas de estos lugares, a veces nos quedábamos sin habla de lo pequeños que nos veíamos, rodeados de esas imponentes montañas que nos rodeaban en nuestros desplazamientos. Más de 30 picos de 3.000 metros de altura tienen estas espectaculares montañas. El recorrido de unos 200 km que hicimos hasta el pueblo del mismo nombre que el parque, Jasper, fue de los más bonitos que hemos recorrido; este parque es menos turístico que los que hemos dejado y para mí fue muy espectacular.

Nuestra idea era seguir camino hasta nuestro nuevo destino, Valemount, pero un accidente de coche en la carretera, nos hizo quedarnos en este pintoresco pueblo todo el día.

Un pueblo de unos 4.000 habitantes, que en su tiempo fue una parada de postas y que ahora luce precioso con un parque en el centro de la población con unas vistas inmejorables. Ya veis que me repito y me repito en los adjetivos, pero todo lo que nos rodea es precioso.

Comimos,  esperamos y esperamos hasta las 11 de la noche que abrieron la carretera. Quizá sea este hecho el único que nos extrañó por su tardanza, demasiadas horas para tener la única carretera cerrada, cuando pudimos retomar nuestro viaje, cientos de camiones estaban parados a lo largo de la carretera. Aprovechamos esas horas para ver el pueblo y para jugar, Leo, Elías y yo con una pequeña pelota que nos acompañó casi todo el viaje; me encantó pasar esos momentos con los dos, Elías con su sombrero de vaquero .que no se lo quitó en todo el viaje y Leo, haciendo bromas con su abuela, que todos lo celebrábamos con un baile que nos enseñó.

Nos esperaba una preciosa casa-cabaña en nuestro pueblo. La cabaña estaba en mitad del campo y muy cerquita del pueblo de Valemount. Allí disfrutamos de lo lindo, cenitas al aire libre con fuego para asar nubes, salchichas, disfrutar del pueblito y hacer una cata de cervezas artesanales, hacer compra para poder desayunar tortitas, una delicia de lugar.

Y tengo que decir que el lago Kinney y su glaciar fue como un gran regalo que nos esperaba en este lugar. Dejamos el coche al comienzo del Mount Roibson Park, y empezamos a caminar, como siempre estas caminatas son maravillosas, disfrutando de los inmensos árboles que nos acompañan en todo el camino. En este parque vimos cedros inmensos, yo no había visto ninguno y me encantaron, mariposas, ardillas, en fin un camino precioso, pero cuando llegamos al lago Kinney nos quedamos sin habla, era como un espejo, y como siempre rodeado de montañas. Allí mismo sentados en un tronco de árbol, y con los pies dentro del agua helada, hicimos la más bonita comida de estos preciosos días.

Rodeamos el lago y en un lugar que parecía una playa, Leo y Elías se bañaron, gritaban de lo frías que estaban esas aguas ,pero se metieron dos veces, se secaron al sol y seguimos caminando hasta un lugar de acampada, allí volvieron a bañarse y jugar con un tronco que flotaba en el lago. Siguiendo esa ruta, pero bastantes kilómetros más, estaríamos en el glaciar, pero nosotros volvimos por otro camino, disfrutando del paisaje.

Se puede disfrutar de paseos en barca con guía, y eso hicieron todos, pues hacer rafting estaba prohibido para niños menores de 14 años, así que Elías se quedó sin poder hacerlo, el paseo en barca fue menos emocionante. Pero a la noche, encendimos fuego y cenamos al calor de la lumbre.

También visitamos otra cascada imponente, la fuerza del agua es tremenda y la belleza de los barrancos que la erosión del agua hace es verdaderamente impresionante.

Fuimos viendo a lo largo del viaje, muchas partes de esos bosques de abetos de un color rojo, otras partes como quemadas, nos llamaba la atención esas grande masas de abetos caídos y secos, César nos informó que parece que tienen una epidemia de un “escarabajo” que ataca a los bosques y no tienen manera de eliminar, 23 millones de hectáreas atacadas, se dice pronto. La única manera de eliminar esta lacra, es que tengan dos semanas seguidas de -40 grados, pero parece que el cambio climático también van variando el ecosistema de estos lugares.

Días deliciosos, difíciles de olvidar, en compañía de mi hijo César y su familia, Sonia, Elías y Leo, y un regalo que me hicieron todos  mis hijos, por mis 70 cumpleaños. Un regalo que yo he disfrutado enormemente, y que he vivido una experiencia con ellos inolvidable.

Y terminamos este paseo por Las Rocosas, camino de Vancouver. Dejar estos lugares nos va a costar, era como andar entre nubes, difícilmente volveremos a disfrutar esa sensación.

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