Tú no eres como otras madres de Angelika Schrobsdorff

una familia en la segunda guerra mundial

Tu voto:

 

 

Me acabo de leer esta  emocionante historia de una familia alemana-judía en los alegres años 20; una familia de la alta burguesía que vivían sin problemas, y se consideraban alemanes por los cuatro costados.

Else Kirschner, protagonista de esta historia, relatada por su tercera hija, Angélika, vivió intensamente esos años, no se ajustó a ninguna norma, era libre y así lo demostró en la primera elección de su primer marido, un hombre sin futuro y bohemio como ella.

No puedes imaginarte cuánto nos divertíamos, dice Ilse. Me lo puedo imaginar perfectamente, ¿y por qué no deberían haberse divertido?. Eran jóvenes, exaltados,  confiados, egocéntricos, enamorados de la vida, enamorados del amor. Habían vivido la abdicación del káiser, los avatares y dolores del parto de la República de Weimar, la inflación, el paro masivo, el crac económico. No ganaban para sustos…

Tuvo tres hijos con cada uno de los hombre que se enamoró, vivió el amor libre, fiestas en casa hasta altas horas de la noche; era una mujer apasionante y apasionada, rodeada de gente siempre y  tenía la diversión como bandera.

Siempre mantuvo buenísimas relaciones con sus parejas, y siempre se ocupó de sus hijos amorosamente. Su último marido y padre de la escritora, era un alemán de la alta burguesía,  siempre la ayudó en los peores momentos.

Cuando llega Hitler al poder, no se pueden creer que los alemanes acepten a un criminal, y que Europa y el mundo no haga nada para salvar a Alemania de este personaje. Pero esa incredulidad que le durará todo el tiempo no la va a salvar de las leyes anti judíos que se promulgaban a una velocidad increíble.

La intentona de Kapp, que amenazaba con hacer de Berlín un campo de batalla; la huelga general de veinticuatro horas de los obreros socialistas, que la convirtió en una ciudad fantasma; la inflación galopante, tras la cual  la gente corría con maletas llenas de dinero sin valor; el desempleo, que serpenteaba por la ciudad en forma de grises colas humanas… todos aquellos vendavales que azotaban Alemania, comprometiendo la existencia del individuo, despejaban el terreno para las futuras calamidades.

De alguna manera tiene que explicarles a sus hijos qué significa ser judíos, pues ellos se consideran alemanes y ahora tienen que enfrentarse a todos estos avatares que les hará cambiar esa vida radicalmente.

El año 1933 aportó tres acontecimientos: Adolf Hitler se convirtió en canciller del Reich;  ante estos acontecimientos quedaron conmocionados, horrorizados, fuera de sí.

Tienen que salir de Alemania, ella con sus hijas, se marchan a Sofía, por una boda ficticia con un búlgaro, y se instalan allí, en una casita, sin nada. Aunque su tercer marido las visita, y les manda todo lo que puede, hasta que poco a poco esas visitas son cada vez más difíciles y sucumben absolutamente a la pobreza total.

El 13 de marzo de 1938, el ejercito alemán entró en Austria. Los decretos emitidos ese año fueron los siguientes: los judíos deberán declarar su patrimonio. Los judíos no podrán ejercer determinadas actividades profesionales. Los judíos deberán llevar tarjetas de identidad a partir del 1 de enero del 39. Los médicos judíos serán considerados meros “tratadores de enfermos”…

Tienen que irse al campo, Bujovo, a casa de unos campesinos que los recogen, allí viven el final del fascismo y aunque enferma y débil se alegra de ese final de la guerra, aunque los aires no son de tranquilidad.

Para mí, Bujovo, fue una revelación. Nuca antes y nunca después he estado más cerca de la vida que allí, me he sentido tan libre, tan segura, tan física y anímicamente sana, tan despreocupadamente feliz. Bujovo me enseñó lo que es la vida en su forma primigenia, lo que pueden ser las personas que viven desde el corazón. Nunca antes y nunca después he conocido una generosidad tan desinteresada como las de esos campesinos sin recursos, nunca una actitud tan noble frente a personas extrañas de las que sólo sabían que pasaban necesidad, nunca una empatía tan profunda y genuina.

Una apasionante historia, llena de humanidad, de dolor, de buenos momentos y de un final de la vida triste y sin esperanzas.

Angelika, escribió este libro, cuarenta años después de pasar todos estos acontecimientos. El libro ha recibido el premio de los libreros de Madrid y va por su novena edición.

 

 

Clarissa de Stefan Zweig

Historias en la primera guerra mundial

Tu voto:

Siempre lo digo, pero es que este escritor es uno de mis preferidos, todo lo que he leído de él, y ya me he leído algunos de sus libros, son inmejorables y este último no desmerece, para nada, de los anteriores.

Esa forma de describir minuciosamente los sentimientos de las personas comunes, esa forma de oponerse radicalmente frente a las guerras y a favor de la paz, un escritor comprometido con una Europa culta y de derechos humanos, nos describe una historia en su Austria natal, de principios de siglo XX.

Por fuerza. Pero ¿por ese motivo tiene que paralizarse también la vida en el interior de uno mismos? El mundo necesita una nueva organización. Y hay que trabajar para alcanzarla. Igual que hizo Tolstoi, igual que han hecho los mejores. Ya lo ve, nos movemos en un circulo muy estrecho, pero tenemos la sensación de que lo llenamos por completo.

Clarissa, pierde a su madre cuando era muy joven, y su padre, un militar austriaco, la manda a un internado, donde pasará diez años de su vida; igual que su hermano que también se educará en un colegio. El padre es una figura lejana, y algo distante, un hombre que no sabe demostrarles el cariño a ninguno de sus hijos.

Era un padre decorativo, el orgullo con el que sueña cualquier niño; un padre que parecía sacado de un libro, una especie de emperador o príncipe terrenal acompañado siempre por el tintineo de su espada. Aquel hombre deslumbrante que luego se dirigía a su hija y le daba un leve y tierno beso, con el que ella notaba el aroma del agua de colonia, en su frente sonrojada de felicidad.

A los 18 años, Clarissa sale del colegio y busca trabajo, lo encuentra con un médico amigo de la familia que le ayuda a crecer y a conocer el mundo científico que le rodea. En un viaje que hace a Suiza conoce a un joven francés y se enamoran. Parten a un viaje sin rumbo, descubriendo pueblos y lagos del norte de Italia a la vez que descubren su amor. Hasta que un día leen en un periódico que la primera guerra mundial está a punto de estallar.

Clarissa sintió una intensa emoción. Percibió la serenidad y la humanidad que él desprendía y, sin ser consciente de lo que hacía, se puso las manos en los hombros en el lugar donde él la había abrazado el día anterior en un arrebato de gratitud; no necesitaba palabras dulces. Todo era sincero y claro. Se sentían obligados a hablar con franqueza en el momento de la despedida

Ese hecho los separa y cada uno marcha a sus países, Leonard a Francia y Clarissa a Austria. La guerra arrasa con todo, y ella entra a trabajar como enfermera. Hasta que un día se da cuenta que está embarazada.

Se despidieron. Firmes y en silencio. Leonard regresó una vez más al coche para coger su Montaigne; ella sabía que era su libro favorito. Él se lo dio: lo abrió por la primera página y escribió de su puño y letra: primero de agosto de 1914.

La vida de Clarissa pasa por todo, como mensaje de lo que es una guerra. Stefan Zweig  escribió esta obra como testamento de sus ideales para una Europa que se desmorona ante sus ojos.

Sólo hay una posibilidad de conservar una actitud normal y humana ante la guerra: verla por ti mismo y no dejar que te la expliquen sus instigadores, que jamás pisarán el frente. Todo lo demás es engañarse a uno mismo, mentirse, aliviarse con abstracciones y embriagarse.

Lo mejor de esta lectura es la profundidad del pensamiento contra la guerra, sobre el humanismo, y sobre la cultura.

Me gustaría ser tan útil como usted; ayudar a una sola persona es quizás más eficaz que ayudar a la patria, que últimamente está en boca de todos, y a eso le llaman humanidad.  A la que, dicho sea de paso, deberían retirarle ese bonito nombre mientras dure la guerra, puesto que ya no lo merece.

 

 

Toledo, Madrid y Ciudad Real

 

 

La jubilación, si estás bien de salud, eso es lo más importante, es un periodo de la vida fantástico, envejecemos, sí, pero eso es irreversible, así que hay que tomarlo como algo normal, y aprovechar este tiempo que es una especie de regalo de la vida.

Así lo voy llevando yo, disfruto cualquier momento, si hace buen día, porque el cielo es maravilloso y si se nubla porque las nubes me parecen de un calor increíble; mi curiosidad no ha disminuido, casi al revés, todo me interesa y aprender es una de mis haciendas favoritas. Además no necesito casi nada, mis deseos son los afectos, y poco más, y eso lo tengo, así que mi vida se simplifica y eso hace que disfrute cada vez más  los momentos importantes del día.

También es verdad que elijo mucho, ahora no pierdo el tiempo en las cosas que no me aportan o no me interesan y de eso hay mucho, pero yo me quedo con esa parte maravillosa que te da lo cotidiano; el no hacer las cosas corriendo, el sosiego en casi todo, tomar distancia en muchas cosas, la condescendencia en momentos difíciles, aportar, en lo que puedo, lo mejor de mí, aunque no es fácil, pero ahí estamos.

Todo eso y muchas cosas más me tiene disfrutando de la vida. Empezar a leer un libro es un momento mágico, emprender un viaje a visitar a mis nietos, no tiene precio, ir al cine con las amigas es una práctica semanal que nos encanta, ir a una conferencia es estimulante, comer un día a la semana con mi hija Fátima, me alegra el día, asistir a las clases de la Universidad me mantiene la curiosidad y el aprendizaje, hacer una excursión a conocer un rincón de mi provincia me encanta, pasar una tarde haciendo ganchillo con un grupo de amigas es delicioso, así voy viviendo estos años, que ya digo, son un regalo.

La semana pasada aproveché y me fui a Toledo a pasar unos días con mi hija Belén y familia. Ya es un lujo ir a verlos, pero encima, viven en una ciudad maravillosa que yo recorro cada vez que voy a verlos. Me fui a pasear con mis nietos, Frida y Arturo, ellos me llevaron por sus laberínticas calles, fuimos a conocer la biblioteca que está en un edificio emblemático, “El Alcázar”, de ser un lugar que me recuerda, tristemente, la contienda de la guerra civil, ahora está dedicado a la cultura; por allí mis nietos se mueven bien, pues ellos si conocen esos pasillos llenos de libros. Cuando terminamos subimos a la cafetería del último piso para ver las vistas maravillosas de la ciudad.

Paseamos por sus calles, y nos fuimos a comer las “bombas de patata” tan famosas y ricas y que a mis nietos les encanta. Después tomamos un tren turístico para dar una vuelta con explicaciones de los monumentos y alguna leyenda que otra. Eso de las leyendas, a los dos, les encanta. Pasa el tiempo y las  recuerdan palabra a palabra.

Después de unos días con todos ellos, me marché a Madrid, ya aprovecho y veo a todos mis hijos y nietos. Llevar a Valentina al colegio y recogerla es mi gran afición, ella me recompensa con sonrisas y abrazos cada vez que me ve y yo me deshago. Pasar unos días con ella, es un placer, es familiar y le encanta que vayamos a su casa. Los días los pasamos en el parque.

Entre ir a llevarla y recogerla en el colegio, yo camino por Madrid, paseo del Prado, Carrera de San Jerónimo, Puerta del Sol, parada obligatoria para firmar con las mujeres en huelga de hambre reivindicando más política contra el maltrato a las mujeres, sigo caminando hasta la librería” La Central” en la plaza de Callao, ver libros y comprar alguno, tomarme un té, es pasar una mañana estupenda; ya de vuelta,  me senté en El Brillante, un bar frente a la Estación de Atocha, muy conocido por sus bocadillos de calamares, yo degusté uno, momento sublime.

Pero también aprovechamos, el sábado, para visitar la casa del pintor Soroya y su nueva exposición, un verdadero placer recorrer las estancias de la casa llena de maravillosos cuadros, aunque Valentina se aburría un poco, eso de los museos, decía, es muy aburrido. Salimos y quedamos a comer con mi hijo César y Sonia, una comida rica y unos momentos de hablar de la vida. Una mañana estupenda en Madrid, aunque algo fría.

A la mañana siguiente desayunamos con Leo y Fadia, un “brunch, que se está poniendo de moda en Madrid, un desayuno-comida a eso de las 12 de la mañana. Mi nieto tan mayor… se va a Nueva York diez días en un intercambio, parece mentira como pasa el tiempo.

Y ya a la estación, que yo regreso a mi casa, llena de buenos momentos que mi familia me aporta y yo estoy tan agradecida… ese es el regalo de la vida. Y llegar aquí, para todos nosotros, no ha sido nada, pero que nada fácil.

Como el tren no salía a la hora que yo tenía prevista, aproveché esas horas para pasear por la cuesta Moyano y comprar unos libros, disfrutar de esa mañana en ese lugar tan especial. Paseando, paseando, llegué hasta la Plaza de  Neptuno, me tomé un té contemplando a la gente pasear y aproveché para echarle un vistazo a los libros.

Bajando para la estación quise entrar al Museo Reina Sofía a ver el Guernica, que aunque lo he visto varias veces me apetecía, pero las colas eran inmensas, así que ya sin tiempo me fui para Atocha, mi estación favorita, como decía Joaquin Sabina ” Yo me apeo en Atocha, yo me quedo en Madrid.

Llego a casa,¡tan reconfortante! miro el buzón y ahí hay una carta con letra femenina, todos los años me llega, es de una amiga bloguera, Isi, que siempre manda unos bonitos marca-páginas, me encantan y aquí los tengo entre las hojas de mis libros.

Stoner de John Williams

La vida de un hombre honesto

Tu voto:

Sonia, ya me ha recomendado dos libros, este que traigo aquí y “Sidra para Rosie” y los dos han sido un acierto. Me encanta encontrar estas lecturas que, de otra forma, sería difícil dar con ellas. Son pequeñas joyas de la literatura que cuando caen en tus manos, hacen las delicias del lector, en este caso de la lectora.

Los ojos de Sloane regresaron a William Stoner y dijo secamente: “El señor Shakespeare le habla a través de trescientos años señor Stoner ¿le escucha?

Una historia corriente, la vida sencilla de un hombre, William Stoner,  hijo único de una familia de agricultores en Missouri.  Sus padres, con mucho esfuerzo, lo envían a estudiar a la Universidad para que haga una carrera acorde con el trabajo que le esperaba en las tierras de sus padres.

William se dio cuenta de que por unos instantes había estado conteniendo el aliento. Lo expulsó suavemente, siendo entonces consciente de la ropa moviéndose sobre el cuerpo mientras el aliento le salía de los pulmones.

Pero, sus padres no contaban con que en esa universidad, William descubre  la literatura y eso le hará cambiar toda su vida. Deja los estudios de agricultura y, engañando a sus padres, comienza la carrera de literatura. Ahí va a descubrir a los grandes escritores y su vida se enriquece de tal manera que ya no dejará este aprendizaje.

En un año aprendió griego y latín y lo suficientemente bien como para leer textos sencillos. A veces se le enrojecían los ojos y le ardían por la tensión y la falta de sueño y se quedaba atónito por el recuerdo de aquella extraña figura, parda y pasiva como la tierra de la que había emergido. Pensaba en sus padres y le eran casi extraños como el chico que se había criado. Sentía por ellos una mezcla de piedad y amor distante.

Willian termina sus estudios, y obtiene una cátedra en la Universidad donde estudió. Conoce a una chica y se casa. La vida con su mujer no es nada feliz y él, hombre honesto, serio, trabajador y con una vida casi anodina, sigue su rutinaria vida, sin molestar a nadie, aceptando esa vida sin emociones.

A medida que la iba conociendo mejor, supo más de su infancia y advirtió que era la típica chica de la época y circunstancias. Había sido educada bajo la premisa de ser protegida de los graves incidentes que la vida pudiera poner en su camino, así como la de que no tenía otra misión que  ser elegante y cómplice consumada de dicha protección, esto constituía una obligación sagrada.

Tienen una hija, Edith, que hace las delicias del padre. Toda la historia es lineal, a veces te dan ganas de cimbrear a este hombre gris, que no se queja de nada, que su vida entera está dedicada a la literaturas; es ahí donde él encuentra la luz de su vida

Edith nunca les vio intercambiar el calor espontáneo del enfado o del amor. El enfado consistía en días de silencio cortés y el amor en una palabra de cariño cortés. Siendo sólo una niña la soledad fue una de las primeras circunstancias de su vida.

 Contado así, parece que no te dan ganas de leer esta historia, pero la magia está en cómo nos va describiendo, el escritor, a cada uno de estos personajes, sus vidas, sus penas y sus pequeñas glorias, sus frustraciones, y sus pequeñas alegrías, que de vez en cuando la vida les da.

Una tarde de primavera de 1927, William Stoner llegó tarde a casa. El aroma de las flores nacientes flotaba mezclado en el cálido aire húmedo, los grillos cantaban en las sombras, a lo lejos un automóvil levantaba polvo y lo mandaba con estrépito al silencio, organizando un alboroto. Caminaba tranquilo víctima de la somnolencia de la nueva estación, perplejo por los pequeños brotes verdes que crecían a la sombra de arbustos y árboles.

Yo la he disfrutado enormemente, parece que es una novela muy aplaudida pero poco conocida, así que aquí está por si alguien quiere disfrutar de una buena lectura.

Y había querido ser profesor, y lo fue, aunque sabía, siempre lo supo, que durante la mayor parte de su vida había sido uno cualquiera. Había soñado con un tipo de integridad, un tipo de pureza cabal, había hallado compromiso y la desviación violenta de la trivialidad. Se había concedido la sabiduría y al cabo de largos años había encontrado ignorancia. ¿Y qué más? pensó. ¿qué más?

John Williams, escritor americano, nació en una pequeña ciudad texana en 1922 y muere en 1994. Fue profesor de la universidad de Missouri y es muy conocido por esta Novela y por “Los hijos del Cesar”.

Villanueva de Infantes, final del paseo por los Campos de Montiel

Paseando por Villanueva de los Infantes

Tu voto:

Cuando terminamos la visita a Almedina, seguimos camino a Villanueva de los Infantes, las dos poblaciones están a tiro de piedra, paramos a comer y a eso de las cuatro de la tarde nos esperaba un guía, Jose, que nos acompañó esa tarde por su monumental pueblo.

Villanueva de los Infantes tiene unos 5.500 habitantes, es cabeza judicial y capital de la comarca “Campos de Montiel”  y a los habitantes de este precioso pueblo se les llama infanteños y a las mujeres infanteñas.

Casa de la Alhóndiga
Casa de la Alhóndiga

Empezamos el paseo en la Casa de los Estudios, siglo XVI, también conocida como Colegio Menor, allí  impartía estudios Bartolomé Jiménez Patón, que desarrolló su docencia desde  1600 a 1640, natural de Almedina, humanista y gramático. Ahora es una casa de viviendas y guarda impecable su patio lleno de encanto. En ese patio se paseaban los estudiantes escuchando a sus profesores.

Casa de los estudios

Salimos en dirección a la Plaza mayor, pasando por una calle llena de casas solariegas muy típicas de esta villa. La Casa del Arco que data del siglo XVIII, la casa de la Inquisición, La Alhóndiga, edificio donde se guardaba el grano y también sirvió de cárcel. Las columnas del patio están llenas de inscripciones, tanto de los presos como de los que llevaban el grano allí.

Casa del Arco
Casa del Arco

Y ya estamos en la gran Plaza Mayor, siglo XVII, espectacular su monumental Iglesia parroquial, dedicada a San Andrés Apóstol, aunque la patrona de Infantes es la Virgen de la Antigua, dentro de esta iglesia están los restos de Francisco de Quevedo.

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Parece ser que Francisco de Quevedo, encontrándose enfermo, se vino a Torre de Juan Abad, donde su madre tenía una casa, a pasar un tiempo en este clima seco, bueno para sus pulmones, de ahí se vino a Infantes y se quedó en una pequeña celda del convento de los franciscanos y allí terminó su vida.

Hay un poema que parece lo escribió en esos tiempos finales de su vida, sería el año de 1645

Ya formidable y espantoso suena
dentro del corazón el postrer día,
y la última hora, negra y fría,
se acerca, de temor y sombras llena.
Si agradable descanso, paz serena,
la muerte en traje de dolor envía,
señas da su desdén de cortesía:
más tiene de caricia que de pena.
¿Qué pretende el temor desacordado
de la que a rescatar, piadosa, viene
espíritu en miserias añudado?
La calle principal, preciosa, llena de casonas y escudos, a cual más bonita; llegando a una esquina, está la casa del Caballero del Verde Gabán, donde se cuenta, en el Capítulo XVIII de la segunda parte de D. Quijote “De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes”. 
La casona del Caballero del Verde Gaban
La casona del Caballero del Verde Gabán
En Villanueva de los Infantes se pueden visitar unos 50 patios, que los dueños de estas casonas, abren las puertas, un día al año, para que los visitantes puedan gozar de esos preciosos patios manchegos llenos de historia.
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Una parada para tomar unos ricos pastelillos llamados “alfonsines,” nombre en homenaje a la visita que hizo a la localidad D. Alfonso XIII. Seguimos caminando calle arriba admirando sus fachadas, hasta llegar al Convento de los Dominicos, donde murió Francisco de Quevedo. Allí se conserva su despacho, donde escribió sus últimos poemas, y su pequeña celda. En este convento se celebran todos los años el prestigioso premio de poesía “Francisco de Quevedo”.
Una localidad llena de encanto, de cultura y de historia, sí bonita es de día, al atardecer se embellece con sus luces que hacen que la plaza aparezca a los ojos de los visitantes un precioso lugar donde D. Quijote y Sancho tienen un lugar preferente.
Celda donde escribió sus últimos poemas, Francisco de Quevedo
Celda donde escribió sus últimos poemas, Francisco de Quevedo

 

Ya he dicho que este recorrido por los Campos de Montiel me ha encantado, y no tardaré en volver con mi familia.
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Paseando por el Campo de Montiel, Ciudad Real

 

 

Ayer salimos, los alumnos de la Universidad de José Saramago de mi ciudad, a conocer tres pueblos de nuestra provincia, San Carlos del Valle, Almedina y finalizamos el día en Villanueva de los Infantes. Tres lugares que yo conocía pero que hacía mucho tiempo que no visitaba. Me sorprendieron los tres por lo bonitos y cuidados que los encontré. Nos sorprendió Almedina, yo no conocía esta localidad, aunque sí sabía de su museo al aire libre del pintor que nació allí, Fernando Yañez de la Almedina, pintor que fue discípulo de Leonardo da Vinci.

Llegamos a San Carlos del Valle, siempre me sorprende la limpieza de las calles en los pueblos de mi provincia, y el silencio que reina por todos sitios. Pues así nos encontramos en esta bellísima plaza que data del siglo XVIII, de forma rectangular, con doble balaustrada, que en su tiempo también servía para la representaciones lúdicas como  teatro, o fiestas populares.

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Tiene una inmensa iglesia construida en torno a 1713, que domina la plaza y el pueblo por su grandeza. El conjunto es de una belleza inusual para un pueblito tan pequeño. Dice un dicho popular que es “el pueblo de la plaza” y realmente es así.

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Salimos de este bello pueblo camino de Almedina, cruzando esos campos  de Montiel, con sus tierras rojas mezcladas con el verde de sus campos, realmente un paseo precioso. Y llegamos a este pueblito de unos 550 habitantes, donde su mayor orgullo, es el pintor almedinense, Fernando Yáñez de la Almedina, discípulo de Leonardo da Vinci. Lo curioso es el trabajo realizado para mostrar a lo  largo de sus calles y en las fachadas de sus casas, 27 cuadros de este pintor. Cuadros copiados en cerámicas que cada vecino cuida y limpia para mantenerlos en perfecto estado.

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Las calles, como ya hemos dicho, limpias y adornadas con estos cuadros del renacimiento, donde los habitantes de este pequeño pueblo se sienten orgullosos. La guía que nos acompañó a lo largo de este recorrido, Pepa, nos hacía ver en cada cuadro, cómo el pintor plasmaba el paisaje de su pueblo o la muralla que Almedina tenía en la época de los musulmanes en España, en algún lugar de cada cuadro.

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Nos contaba la guía que el primer fin de semana de agosto celebran la “Almedina mora”, fiesta donde todos los vecinos del pueblo se visten y engalanan el pueblo reviviendo su pasado, además de comida típica ,a la noche apagan las luces y miles de velas iluminan las calles.

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La visita iba llegado a su fin, pasando por el edificio del Ayuntamiento, preciosa casona típica del pueblo, sus ermitas, la casa donde nació el pintor, su paisaje maravilloso y finalmente una fuente romana con agua clara de un manantial.

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Todos nos fuimos encantados de este descubrimiento, muchas veces tenemos al alcance de la mano rutas de pocos kilómetros para pasar una jornada deliciosa, llena de encanto, mucha tranquilidad y acompañados de gente muy auténtica.

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Terminada la visita, tomamos rumbo a Villanueva de los Infantes, esto me llevará otra entrada. Infantes tiene un patrimonio cultural muy importante, además de tener los restos mortales de Francisco de Quevedo.

Sólo amanece si estás despierto de José Luis Rodríguez del Corral

Una tarde fui a casa de una amiga, ella llevaba en la mano este libro y yo que no me puedo aguantar la curiosidad de ver que leen otras personas, le pregunté y ella me enseñó el libro, leí el título y me encantó, “Sólo amanece si estás despierto”, siempre me fijo mucho en los títulos y siempre pienso en el ingenio que tienen para poner estas frases que definen lo que contiene la historia.

Un armario con  varias perchas en las que todavía no había colgado ninguna de sus prendas que guardaba en dos grades maletas: camisas de seda, chaquetas de hilo, zapatos hechos a mano y trajes de hombre de negocios, un vestuario legado por su difunta prosperidad que en adelante le disgustaría ponerse como la ropa de un difunto.

Al tiempo me lo dejó y aquí ando leyendo tranquilamente esta historia de dos personas perdidas, cada uno de ellos en sus mundos particulares, en un verano en Sevilla, con cuarenta grados y una terraza donde estas dos personas se encuentran.

Subió sin apresurarse tras ponerse unos pantalones. Arriba la puerta gris de metal estaba abierta y desde allí, sin traspasar el umbral, podía verla de espaldas, sentada en la tumbona con los pies cruzados bajo las rodillas y un libro en las manos del que arrancaba cada página que leía para arrojarlas al viento. 

Felipe, un hombre de unos cincuenta años, arruinado y sin trabajo, vuelve a casa de su madre a reconstruir lo que pueda su frustrada vida. Amparo, treinta años, profesora de francés y que la Nochebuena pasada intentó suicidarse.

Ella no dijo nada, dejó de mirarlo para volver los ojos al atardecer moribundo. Pero el sentía que se había creado un lazo entre los dos, que no eran ya desconocidos sino semejantes, dos náufragos en aquella isla desierta. El viento arreciaba y se llevaba las páginas dispersándolas sobre los tejados, las arremolinaba en los rincones, las arrojaba a las calles.

Poco a poco vamos conociendo la personalidad de Felipe, no es extraño para nada lo que le ha pasado, es un hombre que ha sufrido la crisis de pleno, ha perdido su empresa, se ha quedado sin nada y además tiene un montón de deudas, con este panorama, no ve extraño que Amparo haya intentado suicidarse.

Al día siguiente, al subir a tender la ropa, encontró en cada maceta un posit con el dibujo de una sonrisa. La tierra estaba húmeda, debía de haberlos regado. Aquella sonrisa hizo aflorar la suya y disipó un tanto su tristeza; ahora tenían algo en común, ella también cuidaba de esos geranios que eran una nota de color en el oscurecido panorama de su vida.

Esos encuentros en la terraza, hacen que estos dos seres encuentren un lugar donde las confidencias, les hagan vivir dentro de ese derrumbe de sus vidas.

Todo lo demás estaba por llegar, aproximándose  impaciente a la vuelta de la esquina. Todo sigue adelante sin que se le encuentre un fin, porque el único premio de la existencia es sumarse a su prodigio, y cuanto más mejor. Nosotros pasamos, entre tanto, como las crisis y las bonanzas pasan y las novelas acaban, mientras la vida continua. 

Una novela muy intimista, una lectura sosegada y muy reflexiva sobre tantas cosas que la vida nos ofrece, como es el amor, la amistad, las relaciones familiares.

A veces esto de leer, te lleva a encontrar una historia como esta, sin esperarlo y, en mi caso, sin conocer a este escritor que me ha interesado bastante.

José Luis Rodríguez del Corral, nació en Morón de la Frontera, Sevilla, en 1959. Recibió el  premio Café Gijón en 2011 con su novela Blues de Trafalgar.