Paseando por el Campo de Montiel, Ciudad Real

 

 

Ayer salimos, los alumnos de la Universidad de José Saramago de mi ciudad, a conocer tres pueblos de nuestra provincia, San Carlos del Valle, Almedina y finalizamos el día en Villanueva de los Infantes. Tres lugares que yo conocía pero que hacía mucho tiempo que no visitaba. Me sorprendieron los tres por lo bonitos y cuidados que los encontré. Nos sorprendió Almedina, yo no conocía esta localidad, aunque sí sabía de su museo al aire libre del pintor que nació allí, Fernando Yañez de la Almedina, pintor que fue discípulo de Leonardo da Vinci.

Llegamos a San Carlos del Valle, siempre me sorprende la limpieza de las calles en los pueblos de mi provincia, y el silencio que reina por todos sitios. Pues así nos encontramos en esta bellísima plaza que data del siglo XVIII, de forma rectangular, con doble balaustrada, que en su tiempo también servía para la representaciones lúdicas como  teatro, o fiestas populares.

img_20170222_101443

Tiene una inmensa iglesia construida en torno a 1713, que domina la plaza y el pueblo por su grandeza. El conjunto es de una belleza inusual para un pueblito tan pequeño. Dice un dicho popular que es “el pueblo de la plaza” y realmente es así.

img_20170222_104550

Salimos de este bello pueblo camino de Almedina, cruzando esos campos  de Montiel, con sus tierras rojas mezcladas con el verde de sus campos, realmente un paseo precioso. Y llegamos a este pueblito de unos 550 habitantes, donde su mayor orgullo, es el pintor almedinense, Fernando Yáñez de la Almedina, discípulo de Leonardo da Vinci. Lo curioso es el trabajo realizado para mostrar a lo  largo de sus calles y en las fachadas de sus casas, 27 cuadros de este pintor. Cuadros copiados en cerámicas que cada vecino cuida y limpia para mantenerlos en perfecto estado.

img_20170222_115815

Las calles, como ya hemos dicho, limpias y adornadas con estos cuadros del renacimiento, donde los habitantes de este pequeño pueblo se sienten orgullosos. La guía que nos acompañó a lo largo de este recorrido, Pepa, nos hacía ver en cada cuadro, cómo el pintor plasmaba el paisaje de su pueblo o la muralla que Almedina tenía en la época de los musulmanes en España, en algún lugar de cada cuadro.

img_20170222_115058

Nos contaba la guía que el primer fin de semana de agosto celebran la “Almedina mora”, fiesta donde todos los vecinos del pueblo se visten y engalanan el pueblo reviviendo su pasado, además de comida típica ,a la noche apagan las luces y miles de velas iluminan las calles.

img_20170222_133354

La visita iba llegado a su fin, pasando por el edificio del Ayuntamiento, preciosa casona típica del pueblo, sus ermitas, la casa donde nació el pintor, su paisaje maravilloso y finalmente una fuente romana con agua clara de un manantial.

img_20170222_133354 img_20170222_115154

Todos nos fuimos encantados de este descubrimiento, muchas veces tenemos al alcance de la mano rutas de pocos kilómetros para pasar una jornada deliciosa, llena de encanto, mucha tranquilidad y acompañados de gente muy auténtica.

img_20170222_120738

Terminada la visita, tomamos rumbo a Villanueva de los Infantes, esto me llevará otra entrada. Infantes tiene un patrimonio cultural muy importante, además de tener los restos mortales de Francisco de Quevedo.

Sólo amanece si estás despierto de José Luis Rodríguez del Corral

Una tarde fui a casa de una amiga, ella llevaba en la mano este libro y yo que no me puedo aguantar la curiosidad de ver que leen otras personas, le pregunté y ella me enseñó el libro, leí el título y me encantó, “Sólo amanece si estás despierto”, siempre me fijo mucho en los títulos y siempre pienso en el ingenio que tienen para poner estas frases que definen lo que contiene la historia.

Un armario con  varias perchas en las que todavía no había colgado ninguna de sus prendas que guardaba en dos grades maletas: camisas de seda, chaquetas de hilo, zapatos hechos a mano y trajes de hombre de negocios, un vestuario legado por su difunta prosperidad que en adelante le disgustaría ponerse como la ropa de un difunto.

Al tiempo me lo dejó y aquí ando leyendo tranquilamente esta historia de dos personas perdidas, cada uno de ellos en sus mundos particulares, en un verano en Sevilla, con cuarenta grados y una terraza donde estas dos personas se encuentran.

Subió sin apresurarse tras ponerse unos pantalones. Arriba la puerta gris de metal estaba abierta y desde allí, sin traspasar el umbral, podía verla de espaldas, sentada en la tumbona con los pies cruzados bajo las rodillas y un libro en las manos del que arrancaba cada página que leía para arrojarlas al viento. 

Felipe, un hombre de unos cincuenta años, arruinado y sin trabajo, vuelve a casa de su madre a reconstruir lo que pueda su frustrada vida. Amparo, treinta años, profesora de francés y que la Nochebuena pasada intentó suicidarse.

Ella no dijo nada, dejó de mirarlo para volver los ojos al atardecer moribundo. Pero el sentía que se había creado un lazo entre los dos, que no eran ya desconocidos sino semejantes, dos náufragos en aquella isla desierta. El viento arreciaba y se llevaba las páginas dispersándolas sobre los tejados, las arremolinaba en los rincones, las arrojaba a las calles.

Poco a poco vamos conociendo la personalidad de Felipe, no es extraño para nada lo que le ha pasado, es un hombre que ha sufrido la crisis de pleno, ha perdido su empresa, se ha quedado sin nada y además tiene un montón de deudas, con este panorama, no ve extraño que Amparo haya intentado suicidarse.

Al día siguiente, al subir a tender la ropa, encontró en cada maceta un posit con el dibujo de una sonrisa. La tierra estaba húmeda, debía de haberlos regado. Aquella sonrisa hizo aflorar la suya y disipó un tanto su tristeza; ahora tenían algo en común, ella también cuidaba de esos geranios que eran una nota de color en el oscurecido panorama de su vida.

Esos encuentros en la terraza, hacen que estos dos seres encuentren un lugar donde las confidencias, les hagan vivir dentro de ese derrumbe de sus vidas.

Todo lo demás estaba por llegar, aproximándose  impaciente a la vuelta de la esquina. Todo sigue adelante sin que se le encuentre un fin, porque el único premio de la existencia es sumarse a su prodigio, y cuanto más mejor. Nosotros pasamos, entre tanto, como las crisis y las bonanzas pasan y las novelas acaban, mientras la vida continua. 

Una novela muy intimista, una lectura sosegada y muy reflexiva sobre tantas cosas que la vida nos ofrece, como es el amor, la amistad, las relaciones familiares.

A veces esto de leer, te lleva a encontrar una historia como esta, sin esperarlo y, en mi caso, sin conocer a este escritor que me ha interesado bastante.

José Luis Rodríguez del Corral, nació en Morón de la Frontera, Sevilla, en 1959. Recibió el  premio Café Gijón en 2011 con su novela Blues de Trafalgar.

 

Viento del este, viento del oeste de Pearl S. Buck

He vuelto a releer este libro que, cuando yo era una jovencita me lo leí y me atrajo desde la primera página. La conmovedora historia de Kwei-Lan me quedó grabada, esa cultura milenaria donde las mujeres estaban al servicio del hombre absolutamente,  que les vendaban los pies, en aras de la belleza y tantas y tantas historias que mantenían a las mujeres sometidas por leyes ancestrales.

Siempre y en todo te he instruido en la necesidad de someterte como una flor se somete a la lluvia y al sol. Pensando en tu marido te enseñé como debes ataviarte, cómo se habla con los ojos y la expresión, pero eso lo comprenderás por ti misma cuando llegue el momento de quedarte a solas con él.

Ahora vuelvo a engancharme a esta historia, pero con ojos más críticos ante las desigualdades de las mujeres ante los hombres, este problema que sigue siendo una lacra en nuestra cultura, en China a principio del siglo XX, esa es la fecha que más o menos la  sitúan, era verdaderamente bárbara.

Conoces el arte de tocar el arpa, ese venerable instrumento cuyas cuerdas han vibrado bajo los dedos de muchas generaciones de nuestras mujeres para deleitar a sus señores. Tus dedos son ágiles, hija mía, y tienes las uñas largas.

Nada más nacer, Kwei-Lan, en una familia acaudalada del centro de China, la prometen en matrimonio con el hijo de unos amigos de la familia. Cuando cumple 17 años, la boda se aproxima y su madre le da los consejos habituales a una joven que tiene que ser una fiel mujer a las ordenes de su marido.

Así me encuentro bastante hermosa y dispuesta para recibir a mi marido. Pero en el instante en que sus ojos se fijan en mí, comprendo que no observa ni mis labios ni mis cejas. Los pensamientos de mi esposo vagan por la tierra, por los mares, por todas partes, excepto donde yo estoy esperándole.

Pero el que será su marido ha recibido una educación muy diferente a ella. Él se marchó a EE.UU para hacer la carrera de médico y vuelve para casarse y así cumplir la promesa que sus padres hicieron cuando nacieron.

No es posible que tú sientas atracción por mi, a quien ves por primera vez, como yo a ti. ¿Acaso no te han obligado, como a mí? Hasta ahora no hemos podido hacer nada, pero a partir de este momento en que nos encontramos solos, podríamos organizar nuestra existencia a nuestro gusto.

El choque cultural  de estas dos personas es el motivo de esta historia que la protagonista nos cuenta en primera persona con una dulzura que no me ha dejado indiferente.

Aquella noche me quité asqueada los collares de jade y los vestidos de seda. Empezaba a comprender que todo lo que me habían enseñado era falso; mi marido no era hombre que se pudiese seducir alegrándole los sentidos con flores y perfumes o con una pipa de opio. La belleza física no bastaba; debía seguir otro camino si quería triunfar. Y recordé las palabras que pronunciara mi madre, con el rostro vuelto hacia la pared, “Los tiempos han cambiado”.

El relato de la vida en su casa, donde su madre convive con las tres concubinas de su padre, la educación que se les da a las mujeres, siempre por debajo de un hombre, el choque cultural con su marido, que ni ella entiende ni él acepta, nos lleva a lo largo de esta novela a entender o, mejor, a conocer esa china ancestral de costumbres terribles para las mujeres.

Me siento la hija de una casa patriarcal china, donde todo es viejo: los trajes, los muebles, las relaciones. ¡Casa tranquila y segura, a la sombra de las viejas paredes entre las cuales se como y vive bien!

Y hete aquí que, por contraste, se me aparece  la imagen de mi esposo sentado solo ante la mesa en la casa extranjera, vestido a la manera occidental y exótico en sus modales. cómo adaptarme a su vida? Él no tenía necesidad de mí…

Pearl Buck, es una escritora estadounidense, pero a los tres meses se fue a vivir a China con sus padres misioneros, allí vivió más de cuarenta años, y su conocimiento de las costumbres en esa sociedad que le tocó vivir son contundentes. Ganó el premio Nobel de literatura en 1938.  Escribió más de 85 obras, tanto novela, como teatro y ensayo.

Patria de Fernando Uramburu

Es el primer libro que leo de este escritor vasco, nacido en San Sebastían en 1959. “Patria”, un libro que entra de lleno en el problema que se vivió en Euskadi en los años de ETA.  Empieza la historia en el momento que se empieza a hablar del fin de la violencia.

El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron.

¡Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia?

Me ha sorprendido cómo nos cuenta la vida de la gente en un pueblo donde las amistades, terminaban en cuanto uno de los vecinos era señalado por ETA, ahí todo el pueblo le volvía la cara y le retiraban el saludo, muchos por miedo, otros por que apoyaban la idea de luchar por la “libertad”.

A las pocas semanas de enviudar, Bittori se fue a pasar unos días a San Sebastián. Más que nada para perder de vista la acera donde mataron a su marido y para no seguir aguantando las miradas torvas de los vecinos, tantos años amables y luego, de repente, lo contrario; ni tener que pasar por delante de las pintadas en las paredes y ver aquella en el quiosco de la plaza, una delas últimas, la de la diana encima del nombre del difunto, que fue ponerla y a los pocos días, adiós.

Fernando Uramburu nos mete de lleno en ese pueblo y nos hace partícipes de la vida de estas dos familias; Josian y Mire, padres de Joxe Mari, futuro miembro de un comando, y Bittori, mujer de Txato   que será asesinado. Ellas salían un día a la semana a San Sebastián a pasear y tomar café, charlaban de sus problemas y luego volvían al pueblo a seguir sus vidas cotidianas. Los maridos, Joxian y Txato siempre andaban en bicicleta, y eran amigos de toda la vida.

Un sábado iban las dos juntas a una cafetería de la Avenida, el siguiente a una churrería de la Parte Vieja. Siempre a San Sebastián. Decían San Sebastián como decían Donostia. No eran estrictas. ¿San Sebastián? Pues San Sebastián. ¿Donostia? Pues Donostia. Se arrancaban a conversar en euskera, pasaban al castellano, vuelta al euskera y así toda la tarde.

Esto se rompe un día trágico cuando el hijo mayor de Mire, Joxe Mari, se marcha del pueblo para formar parte de un comando de ETA, eso hace que las dos amigas se distancien, ya que Miren se va radicalizando y apoyando a su hijo en la defensa de una Euskal Herria libre.

Las pintadas contra Txato le quitaron a Josian el apetito. Y también lo privaron de su mejor amigo. Porque en una ciudad, pase; pero en el pueblo donde todos se conocen, tú no puedes tener trato con un señalado. Esto lo vino pensando aquel domingo por el trayecto de Zumaya a casa. Había ido con Txato, volvía sin él. ¿Con quien hago yo ahora pareja al mus?

Los hijos de las dos familias, también viven ese momento de maneras diferentes, aunque en el pueblo el control de cada uno de los vecinos es exhaustivo por parte del cura y por el dueño del bar, donde todos se reúnen a tomar unos vinos a diario.

¿No ves que el cura les deja a los chavales los bajos de la iglesia para que guarden allí sus pancartas y banderas y sus botes de pintura? Que eso no tiene nada que ver, dice. Pues claro que tiene que ver. Joxe Mari, que yo sepa, no nació con una pistola. El cura, los amigos, qué se yo, lo llevaron por el mal camino. Y como tiene poco aquí, se señaló con el dedo el centro de la frente, picó.

Ese ambiente se enrarece cuando empiezan a aparecer pintadas contra Txato, el marido de Bittori, dueño de un pequeño negocio de transportes. Esas pintadas arrecian contra él de manera  radical. Él lleva pagando dinero a ETA hace tiempo sin que nadie de su familia lo sepa, pero cuando le piden cada vez más, él se resiste y es cuando las pintadas le amenazan claramente.

Esos ojos, esas orejas enormes, ese gesto amistoso. El amigo de su padre que el compraba helados cuando él era niño. La campana de la iglesia dio la una, aquel sonido familiar, metálico, le sonó igual que la palabra no. No  lo hagas. No lo mates. Se quedaron mudos, el uno delante del otro.

Hasta que un día es asesinado Txato, marido de Bittori, en la puerta de su casa. Ahí es cuando esta historia crece y se ramifica a lo largo de todo el pueblo; el silencio de la gente, el vacío que se le hace a la familia del asesinado, los hijos de las dos familias, que no entienden cómo han asesinado a un hombre bueno e intimo amigo de la otra familia, la duda de que haya sido Joxe Mari.

A estas horas ya habrán limpiado la calle con una manguera para que no quede rastro del crimen. Y mañana habrá murmullos en el aire, pero en el fondo todo seguirá igual. La gente acudirá a la siguiente manifestación en favor de ETA, sabiendo que conviene dejarse ver en la manada. Es el tributo que se paga para vivir con tranquilidad en el país de los callados.

Fernando Uramburu nos describe muchos momentos en que las familias, los vecinos, los hijos y todos los que rodean esta historia sufren en silencio. Un drama que nos sacudió los corazones durante muchos años.

Una novela que habla sin rodeos de toda la problemática que sufrieron cada uno de maneras diferentes, pero todos padecieron el desgarro de esa violencia

Fin de semana en Cádiz

 

img_20170127_170343

Cuanto más viajo a Cádiz, más me gusta y más disfruto de su clima, su comida, sus playas y su buen humor; es una tierra privilegiada o al menos un lugar al que siempre quiero volver.

Este fin de semana, hemos viajado a casa de unos amigos que nos esperaban para compartir con ellos estos días y la verdad es que han sido muy especiales, buena compañía, y sin parar de ver cosas bonitas de esta tierra.img_20170127_170324-1

Nada más llegar, nos fuimos a Vejer a comer en  un bonito restaurante situado en la plaza, de influencia marroquí, rica comida y un lugar precioso. Después de comer nos fuimos a pasear por esas calles blancas y empinadas, patios llenos de flores y entre chubasco y chubasco recorrimos este precioso pueblo.

img-20170129-wa0007

A la noche, nos fuimos a casa de nuestros amigos, una bonita casa al lado de una cala, y allí al calor de una chimenea jugamos a un juego que nos hizo reír las dos noches que pasamos allí, además de charlar sobre qué pasará en el mundo en 25 años, que  nos dio para imaginar cualquier cosa.

img-20170129-wa0021

El sábado, después de un rico desayuno, salimos para comer en Bolonia y así poder acercarnos a ver las ruinas romanas de Baelo Claudia. Allí nos esperaban otros amigos que estaban en Barbate y todos juntos disfrutamos de un paseo por las calles de esa ciudad romana. Qué paraje precioso, playas maravillosas y allí mismo, mirando al mar, este precioso enclave romano.

img_20170128_170754-1

En el siglo II a. de C. se sitúa esta construcción romana que se dedicó a la salazón de los productos del mar y a producir una especie de paté llamado Garum, muy apreciado en Roma. Esta ciudad estaba en un sitio estratégico y bien comunicada con el norte de África a través de la ciudad de Tingis, la actual Tanger.

img-20170129-wa0003

Frente al mar, allí se alza esta ciudad, con su foro, presidida por una gran figura de Claudio, tres templos dedicados a Junor, Minerva y Júpiter, sus calles, plazas y un gran circo con un aforo de 2000 personas. Dicen que un gran maremoto, a mitad del siglo II, hizo que la ciudad fuera perdiendo auge, pero estuvo vigente hasta el siglo VII.

img-20170128-wa0037

Después de la visita a las ruinas romanas, nos fuimos a comer a pie de playa, y todos juntos compartimos un rato muy agradable, no se puede pedir más. Pero como teníamos tiempo nos fuimos a ver la playa de Zahara y como siempre no nos dejó indiferentes, la puesta de sol mereció la pena.

img_20170128_183942

Y como siempre, lo bueno dura lo que dura, el domingo, último día de nuestro viaje, decidimos pasar por Chiclana y acabar en Cádiz.

La playa de Chiclana es impresionante, hacía un día soleado, la gente paseaba por la arena y muchos surfistas disfrutaban de las olas. Las playas de Cádiz, para mí, son las mejores, claro que tienen un pequeño inconveniente, el aire de levante, pero a pesar de eso, me encantan.

img_20170129_133713

Llegamos a Cádiz y lo primero que hicimos fue ir a ver el nuevo puente, imponente, cruzando la bahía, la imagen es muy especial porque la bahía está llena de barquitas y el puente es una gran obra de ingeniería, un buen contraste.

img_20170129_140719-2

El puente, que mide unos 3.092 metros, empezó su construcción en 2008 y se inauguró el 24 de septiembre de 2015, con el nombre del Puente de la Constitución de 1812, llamado popularmente el Puente de la Pepa.

img_20170129_141327

.

Ya casi no nos quedaba tiempo, paseamos por la Alameda Apodaca, con sus gomeros milenarios, precioso paseo al lado del mar, Cádiz está rodeada de mar por todos lados, pero este paseo es especialmente bonito. Comimos con los amigos y ya nos preparábamos para la despedida.

Estos fines de semana con amigos son especiales, compartimos experiencias, risas y sobre todo el amor a viajar y conocer sitios nuevos y disfrutar de las pequeñas cosas.

Termino con Pasión Vega y su habanera de los ojos cerrados.

 

Distintas formas de mirar el agua de Julio Llamazares

Historia de los pueblos anegados por la construcción de los pantanos

Tu voto:

En 1968  unos cuantos pueblos de la provincia de León fueron anegados de agua, entre ellos Ferreras y Vergamián. El padre de Julio Llamazares era maestro en Vergamián y Julio vivió esa experiencia en primera persona, tuvieron que emigrar de allí para buscarse la vida.

Llamazares nos cuenta qué le pasó a una familia del pueblo de Ferreras, una familia formada por el matrimonio y sus cinco hijos que, como ellos, tuvieron que dejar el pequeño pueblo para volver a empezar en otro lugar.

La familia de Domingo tuvo que abandonar  Ferreras para instalarse en un pueblo de colonización donde siempre se sintieron extraños, allí trabajando duro criaron a sus hijos que todos ellos tuvieron más oportunidades que sus propios padres.

Teresa, que es la mayor, tenía apenas dieciséis años. Fue a la que más le costó dejar atrás nuestra casa y a las gentes de Ferreras para siempre, pues por su edad era la más conscientes de todos. José Antonio y Virginia, más pequeños, permanecieron en silencio varios días, y le ocurrió lo mismo a Agustín.

A la muerte del padre de familia, Domingo, se reúnen toda la familia para llevar sus cenizas al pueblo donde nacieron, ahora anegado por las aguas. Allí hijos, nietos, yernos y demás parientes reflexionan sobre el difunto, la vida que llevaron allí, y sobre todo del destierro que marco la vida de todos ellos.

¿Puedes regresar a un lugar del que nunca te marchaste? La gente no sabe muchas veces lo que debajo del agua se oculta ni la historia que se borró para siempre con la demolición del último de los pueblos que aquí existieron. De ahí que algunos exclamen mientras lo contemplan: ¡Qué bonito! y qué triste, añado yo. 

Durante cuarenta cinco años Domingo nunca volvió a hablar de Ferreras, ni de Valentín un hijo que murió allí y allí quedó. Cada capítulo del libro lleva el nombre de uno de los familiares de Domingo y sus reflexiones.

El mismo me contó como fue su vida desde que, siendo un niño, comenzó a trabajar comenzó a trabajar con sus padres, antes con sus tíos,  en otra aldea cercana que también se anegó, hasta que se fue de aquí con cuarenta y cinco años y cuatro hijos pequeños para empezar una nueva vida en otro lugar. En el medio hubo de todo: el hambre de la posguerra, la mili en África y el regreso al pueblo, la boda con mi suegra y el nacimiento de sus cinco hijos, el mayor de los cuales murió con sólo dos años.

Hablan de las montañas que rodeaban el pueblo, del campo de la naturaleza, de como sus padres no aceptaron nunca el marcharse de allí.

La primera vez que las vi tendría seis o siete años y, como a mis hermanos, me sobrecogió mirarlas. Sabía que eran más grandes, que sus perfiles silueteaban el valle entero pero también el cielo, fundiendo ambos en el embalse, porque mi padre me lo había contado muchas veces, mi madre hablaba de otras cosas: de las casas sumergidas y arruinadas de Ferreras o de la iglesia de Vergamián, cuya torre asomaba en ocasiones mientras se mantuvo en pie. Ni en sueños podría pintar un paisaje como este, tan hermosos y tan desolador a un tiempo. 

Y así habla su nieta:

Pero, cuando le cogía cariño, era el hombre más generoso del mundo. Te daba todo lo que tenía, y más si eras su nieta, como yo. Y la primera, además. Aunque seguramente el hubiera preferido un nieto para enseñarle a conducir el tractor y a labrar la tierra, conmigo fue un verdadero abuelo, paciente y tierno a la vez.

Un verdadero placer leer esta novela, llena de recuerdos, de nostalgia por una vida perdida, de reencuentros familiares donde permanece el recuerdo del abuelo, un hombre honesto que amaba su tierra hasta el infinito.

¡Cuánto los eché de menos y cuánto añoré aquel pueblo recién construido desde la nada pero que para mí era el mejor del mundo! Y, sobre todo, cuánto añoré a mis padres y especialmente a este hombre al que hoy despedimos aquí y que para mí fue una referencia siempre por su honradez y su laboriosidad.

Último tango de Salvador Allende de de Roberto Ampuero

Este libro me acompañó en mi último viaje a México y lo disfruté un montón. El viaje en avión se me hace más corto si voy leyendo una historia que me interesa y me atrapa. Llegué a México y guardé el libro porque ya no tuve mucho tiempo libre para leer, pero en los momentos de espera yo seguía metida en esta historia de Allende y los acontecimientos que ocurrieron un 11 de septiembre de 1973.

Después el presidente me preguntó cómo marchaban las cosas en mis negocios y yo, que no me ando con chiquitas y digo lo que pienso, le conté de frentón que mal, porque simplemente no había harina.

¿Nada? Preguntó.

Nada

Roberto Ampuero es un escritor muy reconocido en Chile, sus novelas son conocidas y premiadas, pero yo lo he descubierto con este precioso libro. “Último tango de Salvador Allende”, parte histórica y parte novelada, donde el escritor procura descubrirnos la parte más humana de Allende, aunque la historia no puede separarse de esos momentos antes del atentado a la casa de la Moneda.

Y yo sospecho que a esa altura de la noche ya el Doctor no quería saber nada más de los problemas del país. Añora lo que todo el mundo: encontrar en casa calor, compañía y refugio, no enemigos implacables ni tragedias insolubles, ni seguir siendo la persona en quien millones depositan sus sueños y esperanzas. Cuando la cazuela estuvo caliente, el doctor se sirvió con un cucharón.

Rufino, un antiguo compañero de Salvador Allende en la época de su juventud, escribe en un cuaderno todo lo que está viviendo junto al mandatario en los últimos meses, antes del triste acontecimiento de la Moneda. Rufino es panadero y se reencuentra con Allende en esos momento donde Chile vive el acoso por los cuatro costados y él, como panadero, no encuentra harina para hacer pan. Este encuentro es vital para Rufino, ya que Allende le ofrece que vaya a trabajar con él y así lo hace. Rufino se convierte en una persona de confianza del Presidente y la voz que le dice los problemas que la gente está viviendo en el día a día.

Entonces hay que salir a ver el huracán

Ojala pudiera, comentó extendiendo los brazos, pero soy prisionero de mi mismo. Adonde vaya no me ven como el hombre que soy, sino como el político que representa los anhelos  o pesadillas. Unos me aman, otros me odian. Unos me aplauden, otros me chiflan. Para unos soy la esperanza, para otros el infierno. Por más que quiera ver con mis propios ojos lo que ocurre, no puedo hacerlo.

Habría que atreverse nomás.

¿Cómo Rufino?

Saliendo a la calle como una persona común y corriente.

Por otra parte, un antiguo agente de la CIA, David Kurtz, uno de los agentes que intervino en el acoso y derribo de Allende, se encuentra en el hospital con su hija moribunda, Victoria, ella le hace prometer a su padre que cuando ella muera, regrese a Chile para buscar a su antiguo amor y le entregue sus cenizas. Para esto, cuenta solamente con una foto donde aparece su hija y su amigo Héctor.

Victoria sonría en la foto. Tiene la boca grande.los ojos tiernos y los labios carnosos. Inclina la cabeza de modo que su larga melena se derrama sobre uno de sus hombros.

Y en el escritorio reposa también la carta de mi hija. Es una misiva amarga e inesperada. Que me ha valido de desvelos y malos ratos y también mucho dolor. En ella me ruega cumplir un estremecedor acto; que entregue, sin que su esposo se entere, parte de sus cenizas a Héctor Anibal, un joven chileno que conoció cuando vivimos en Chile.

Estas son las dos vías de un libro que te atrapa desde la primera página hasta el final. Ampuero mezcla perfectamente la parte histórica y más humana que política de Allende y la intriga con esta búsqueda de Héctor, con un recorrido por la historia de aquellos momentos vividos en Chile.

Las cosas en el país siguen empeorando. Después del primer paro de los transportistas y del ingresos de los generales al gabinete, la oposición amenaza con una huelga nacional indefinida, mientras el desabastecimiento de alimentos se agrava y continúan las tomas de tierras y fabricas por parte de campesinos y trabajadores

Me gusta cuando cuenta que Allende llegaba a el Palacio de La Moneda, se quitaba su chaqueta y con un whisky en la mano charlaba con Rufino de los acontecimientos diarios, Rufino le ponía música de tangos y así hablaban sobre ello. En el libro se hace un buen recordatorio de esta música a la que era muy aficionado Allende.

El impuesto revolucionario que le cobré a un amigo, explicó mientras la dejaba en mis manos. Sacó la botella de Chivas Regal, y vertió hielo y su precisa medida de siempre en su vaso. ¿Cómo van los tangos? 

Escogí “Melodía porteña”. Es una melodía nostálgica que a mi me hace añorar Buenos Aires. Algo raro porque nunca puse un pie allí.

Bellos, pero joden el alma estos ritmos, comentó el Doctor. Demasiado tristones.

Son los tiempos, Doctor. Parece que en todo el mundo la calle es dura, como dicen en la Habana.

Nos cuenta su vida con su mujer que vivía aislada en el piso de arriba, mientras que el Presidente visitaba a sus amantes. La figura humana de Allende queda bien dibujada. Rufino le invita un día a salir por la noche a las calles de Santiago para que vea la realidad y así lo hacen varias noches.

Un libro muy bien escrito, la trama de investigación del agente de la CIA se va mezclando con en la historia y esa mezcla a mi me pareció muy atractiva.

Y aquí estoy Doctor. Tal como le prometí en la carta.

Un estruendo azotó el palacio arrancando ventanas y puertas de cuajo. Los muros bailaron de arriba abajo y una lengua de fuego empezó a lamer la techumbre. Humo, polvo y llamas enrarecieron la sala. La metralleta arreció. Un escolta reconoció el ataque.

Al volver al segundo  piso, pediré una tregua para que salgan todas las mujeres y quienes deseen irse. Yo me quedo en el palacio. ¡Un presidente chileno jamás se rinde, mierda!.