Último tango de Salvador Allende de de Roberto Ampuero

Este libro me acompañó en mi último viaje a México y lo disfruté un montón. El viaje en avión se me hace más corto si voy leyendo una historia que me interesa y me atrapa. Llegué a México y guardé el libro porque ya no tuve mucho tiempo libre para leer, pero en los momentos de espera yo seguía metida en esta historia de Allende y los acontecimientos que ocurrieron un 11 de septiembre de 1973.

Después el presidente me preguntó cómo marchaban las cosas en mis negocios y yo, que no me ando con chiquitas y digo lo que pienso, le conté de frentón que mal, porque simplemente no había harina.

¿Nada? Preguntó.

Nada

Roberto Ampuero es un escritor muy reconocido en Chile, sus novelas son conocidas y premiadas, pero yo lo he descubierto con este precioso libro. “Último tango de Salvador Allende”, parte histórica y parte novelada, donde el escritor procura descubrirnos la parte más humana de Allende, aunque la historia no puede separarse de esos momentos antes del atentado a la casa de la Moneda.

Y yo sospecho que a esa altura de la noche ya el Doctor no quería saber nada más de los problemas del país. Añora lo que todo el mundo: encontrar en casa calor, compañía y refugio, no enemigos implacables ni tragedias insolubles, ni seguir siendo la persona en quien millones depositan sus sueños y esperanzas. Cuando la cazuela estuvo caliente, el doctor se sirvió con un cucharón.

Rufino, un antiguo compañero de Salvador Allende en la época de su juventud, escribe en un cuaderno todo lo que está viviendo junto al mandatario en los últimos meses, antes del triste acontecimiento de la Moneda. Rufino es panadero y se reencuentra con Allende en esos momento donde Chile vive el acoso por los cuatro costados y él, como panadero, no encuentra harina para hacer pan. Este encuentro es vital para Rufino, ya que Allende le ofrece que vaya a trabajar con él y así lo hace. Rufino se convierte en una persona de confianza del Presidente y la voz que le dice los problemas que la gente está viviendo en el día a día.

Entonces hay que salir a ver el huracán

Ojala pudiera, comentó extendiendo los brazos, pero soy prisionero de mi mismo. Adonde vaya no me ven como el hombre que soy, sino como el político que representa los anhelos  o pesadillas. Unos me aman, otros me odian. Unos me aplauden, otros me chiflan. Para unos soy la esperanza, para otros el infierno. Por más que quiera ver con mis propios ojos lo que ocurre, no puedo hacerlo.

Habría que atreverse nomás.

¿Cómo Rufino?

Saliendo a la calle como una persona común y corriente.

Por otra parte, un antiguo agente de la CIA, David Kurtz, uno de los agentes que intervino en el acoso y derribo de Allende, se encuentra en el hospital con su hija moribunda, Victoria, ella le hace prometer a su padre que cuando ella muera, regrese a Chile para buscar a su antiguo amor y le entregue sus cenizas. Para esto, cuenta solamente con una foto donde aparece su hija y su amigo Héctor.

Victoria sonría en la foto. Tiene la boca grande.los ojos tiernos y los labios carnosos. Inclina la cabeza de modo que su larga melena se derrama sobre uno de sus hombros.

Y en el escritorio reposa también la carta de mi hija. Es una misiva amarga e inesperada. Que me ha valido de desvelos y malos ratos y también mucho dolor. En ella me ruega cumplir un estremecedor acto; que entregue, sin que su esposo se entere, parte de sus cenizas a Héctor Anibal, un joven chileno que conoció cuando vivimos en Chile.

Estas son las dos vías de un libro que te atrapa desde la primera página hasta el final. Ampuero mezcla perfectamente la parte histórica y más humana que política de Allende y la intriga con esta búsqueda de Héctor, con un recorrido por la historia de aquellos momentos vividos en Chile.

Las cosas en el país siguen empeorando. Después del primer paro de los transportistas y del ingresos de los generales al gabinete, la oposición amenaza con una huelga nacional indefinida, mientras el desabastecimiento de alimentos se agrava y continúan las tomas de tierras y fabricas por parte de campesinos y trabajadores

Me gusta cuando cuenta que Allende llegaba a el Palacio de La Moneda, se quitaba su chaqueta y con un whisky en la mano charlaba con Rufino de los acontecimientos diarios, Rufino le ponía música de tangos y así hablaban sobre ello. En el libro se hace un buen recordatorio de esta música a la que era muy aficionado Allende.

El impuesto revolucionario que le cobré a un amigo, explicó mientras la dejaba en mis manos. Sacó la botella de Chivas Regal, y vertió hielo y su precisa medida de siempre en su vaso. ¿Cómo van los tangos? 

Escogí “Melodía porteña”. Es una melodía nostálgica que a mi me hace añorar Buenos Aires. Algo raro porque nunca puse un pie allí.

Bellos, pero joden el alma estos ritmos, comentó el Doctor. Demasiado tristones.

Son los tiempos, Doctor. Parece que en todo el mundo la calle es dura, como dicen en la Habana.

Nos cuenta su vida con su mujer que vivía aislada en el piso de arriba, mientras que el Presidente visitaba a sus amantes. La figura humana de Allende queda bien dibujada. Rufino le invita un día a salir por la noche a las calles de Santiago para que vea la realidad y así lo hacen varias noches.

Un libro muy bien escrito, la trama de investigación del agente de la CIA se va mezclando con en la historia y esa mezcla a mi me pareció muy atractiva.

Y aquí estoy Doctor. Tal como le prometí en la carta.

Un estruendo azotó el palacio arrancando ventanas y puertas de cuajo. Los muros bailaron de arriba abajo y una lengua de fuego empezó a lamer la techumbre. Humo, polvo y llamas enrarecieron la sala. La metralleta arreció. Un escolta reconoció el ataque.

Al volver al segundo  piso, pediré una tregua para que salgan todas las mujeres y quienes deseen irse. Yo me quedo en el palacio. ¡Un presidente chileno jamás se rinde, mierda!.

 

Sofía o el origen de todas las historias de Rafik Schami

Salman vuelve a Siria después de cuarenta años exiliado

Tu voto:

 

 

Este verano un amigo me comentó que estaba leyendo este libro y que lo estaba disfrutando mucho. Aprovechando una visita de mis hijos, Cesar y Sonia, que me regalaron un libro y, claro, yo elegí éste.

La paciencia y el humor son dos camellos con los que se puede atravesar cualquier desierto.

Me encantan los escritores árabes, ellos tienen una forma de narrar que a mí me gusta mucho; cuentan historias como si fueran pequeños cuentos, con un lenguaje sencillo pero muy poético, la nostalgia se mezcla con la historia, los amores sublimes, la amistad, la familia, las tradiciones, la política, las religiones, todo eso y más está dentro de este precioso libro.

Escrito en pequeños capítulos que son como pequeñas historias, que se remontan a cuando Salman vivía en Damasco allá por 1970 o vuelve al 2010 a su vida en Roma, y vuelve otra vez al momento del exilio. Cada capítulo empieza con una frase, muchas de ellas de escritores como Cervantes, Antoine de Saint-Exupéry, Oscar Wilde…

Montar en bicicleta. Era mi sueño de niña. Envidiaba a mis hermanos, a sus amigos y a todos los chicos del barrio por flotar  ligeros como plumas, pero cuando se me ocurrió contárselo a mi madre, se puso a gritar, enfadada, como siempre que tenía miedo. Ya podía quitarme esa idea de la cabeza. Las mujeres se quedaban en casa y ahí no necesitaban ninguna bicicleta.  

Salman, nacido en una familia cristiana, se exilió a Alemania, allí comienza su nueva vida, es donde estudia filosofía, y conoce a una estudiante italiana, Stella,  después de un noviazgo se casan y se van a vivir a Roma. La vida de los dos es armoniosa y llena de éxitos personales tanto en el trabajo como en sus vidas personales. Todo parece que funciona. Tienen un hijo después de muchos años y eso colma la felicidad de los dos.

Sin embargo, Salman tenía una importante razón para volver a Damasco, aunque sólo fuera de visita. Pero no se la confío a nadie, ni a sus padres ni a Stella. Se trataba de la humillación que había supuesto para él estar exiliado de su ciudad. Era una herida que no podía curar pese a sus éxitos en el extranjero, y siempre que recibía invitados de Damasco o conocidos que viajaban hacia allí, la cicatriz se abría y volvía a sangrar.

Ya han pasado 40 años desde que Salman salió de su país y empieza a pensar en su regreso como turista para ver su ciudad, Damasco, visitar a sus padres ya mayores y volver a pasear por las calles de su ciudad, poder chalar con sus amigos y tomarse un café en los muchos lugares que salpican sus calles.

Sus callejuelas ya no llevaban el nombre de Misk, que significaba “almizcle”, sino de un escritor libanés. “Las dictaduras no destacan por sus grandes ideas”, pensó y siguió avanzando por el pasaje hasta la calle principal, Bab Tuma. Desde allí paseó lentamente por el barrio cristiano. En éste las calles casi no habían cambiado, pero todo era más ruidoso y colorido.

Sus padres  le piden a un sobrino, Elías,  que trabaja en el gobierno, para que les diga sí su hijo ya puede volver, sin peligro de que cuando llegue al aeropuerto lo puedan meter en la cárcel. Estamos en el 2010 un poco antes del comienzo de esta guerra civil que está aniquilando Siria.

Delante del mostrador de control de pasaportes ya se había formado una larga cola de espera. Salman sonrió. Hacer cola contradecía desde cualquier punto de vista la mentalidad del árabe, pero, tras tantos años de dictaduras, las colas de espera sirias parecían tan ordenadas.

Por todas partes se veían retratos del superpadre El Asad y del hijo Bashar, por todos sitios había soldados armados de rostros pétreos. 

Puede volver y así lo hace, llega a Damasco y ahí empieza esta bonita historia del hijo pródigo, que llega a su ciudad y se da cuenta de lo lejano que él se encuentra de todo lo que le rodea, a pesar de todo, son días felices de reencuentros, de volver a ver a sus padres mayores y envejecidos, de conocer historias, y de pasear y enseñarnos a los lectores, Damasco. Hasta que una mañana tomando un café ve su foto en un periódico con el titular de “se busca”. Aquí el escritor nos describe el estado policial asfixiante que existe en su país. La novela empieza a ser una novela con mucha intriga.

Todo aquello le resultaba rematadamente absurdo, pero los últimos acontecimientos le habían demostrado que ya no conocía aquella sociedad. Quizá el estado funcionaba de tal manera que distintos centros de poder disponían de de diversas áreas de protección. Cuarenta años de dictadura habían creado, como en una película de ciencia ficción, un nuevo país. Los sirios estaban dirigidos por varias organizaciones secretas. Los ministros y los funcionarios importantes sólo servían de tapadera. La gente seguía hablando árabe por la calle, pero no comprendían su lengua, y el ya no entendía la suya. 

Sudeil  Fadei es el nombre verdadero de este escritor, Rafik Sachmí, su seudónimo, significa “amigo de Damasco”, nació en 1946, el mismo año que Siria  se independizó de Francia. Escribe desde los 19 años. Es un escritor muy reconocido en Alemania.

Damasco

Sidra con Rosie de Laurie Lee

Recuerdos de una vida feliz

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Me lo recomendó Sonia, ella me contó que en Londres hay una librería que los trabajadores escriben sobre un libro que han leído y lo exponen. Esa lista es siempre muy bien acogida por el público que suele ir por allí. Me encantó esta idea  de dar a conocer libros nuevos.

Bueno, pues este libro ha sido una delicia, me ha gustado cómo está escrito y cómo te cuenta, su vida, sobre todo sus recuerdos de una infancia feliz pero nada normal en una pequeña aldea en Inglaterra.

Los últimos días de mi infancia fueron también los últimos días de la aldea. Yo pertenecía a aquella generación que vio, por casualidad, el final de una vida milenaria….

Yo, mi familia, mi generación, nacimos en un mundo de silencio; en un mundo de trabajo duro y necesaria paciencia, un mundo de espaldas dobladas hacia la tierra.

Escribió una trilogía y este libro es la primero. Lo divide por capítulos; el primero dedicado a esa madre especial  y claro se llama “Madre” es fascinante cómo con palabras sencillas define a esa mujer que les hizo la vida agradable, llena de luz y de alegría a pesar de las estrecheces económicas.

Era en realidad una aldeana; desordenada, demasiado emocional, afectuosa. Era atolondrada y traviesa como una grajilla, hacía su nido con harapos y joyas,era feliz al sol, graznaba fuerte ante el peligro, lo husmeaba todo y su curiosidad era insaciable; olvidaba cuándo había que comer o se pasaba el día comiendo y cantaba cuando el crepúsculo era rojo. Vivía según las sencillas normas de la naturaleza, amaba el mundo y no hacía planes, captaba el instante y veneraba las maravillas naturales y jamás en su vida había logrado tener la casa limpia. Lo que quería mi padre era algo muy distinto, algo que ella no podría darle: el orden protector de un medio suburbano irreprochable, que él consiguió al final.

 Su familia estaba formada por seis hermanos y su madre, parte de esos hermanos eran hijos del padre que, cuando abandona la familia, la madre acoge a todos e intenta sacarlos adelante. Ellos viven en una pequeña casa destartalada en el bonito valle de Slad; la campiña inglesa se extiende alrededor de su casa y de sus vidas.

Cuando contemplo ahora algo que posee un encanto especial, el cambio de las estaciones, un pájaro de vivos colores, los ojos de las orquídeas, el agua al oscurecer, un cardo, un cuadro, un poema, me siento obligado a rendir un breve tributo a mi madre, A veces me forzaba hasta el límite de mi resistencia. Pero ahora sé que por mediación de su espíritu despreocupado absorbí desde mi nacimiento la tierra entera. 

Los recuerdos están llenos de días de juegos, de familiares que vienen verlos, de ese panadero que les trae el pan a la puerta, cada día, y como esos bollos se terminan en un minuto, son muchas bocas para alimentarlos, pero esa madre no se rinde ante nada. Siendo una vida llena de necesidades, esa mujer hacía de la vida un canto.

¡Apretad el paso, jovencitos!,  dice animosa nuestra madre. Empieza a enseñarnos un himno. Es que los que lamentan la pérdida de algún paraíso va bien con un pandero. No lo había oído nunca, ni lo volvería a oír, pero enmarcaba enteramente nuestra excursión: el valle rústico y remoto en el que nos hallamos, el olor del heno caliente en el aire, rosas silvestres y distancias, polvo y agua de manantiales y larga caminata, en cómodas etapas, hasta el aprisco de nuestros rústicos parientes.

El autor recuerda su vida en esa casa, y su paso de niño a adulto cuando conoce a Rosie. Ese capítulo lo llama “El primer mordisco a la manzana”

Caminamos un rato hasta el fondo del campo, donde había un carro medio cargado. Colgaban por lo lados guirnaldas de hierba sin recortar, como cortinas por todo alrededor. Nos metimos a rastra debajo, entre las ruedas, en una cueva oscura que olía a hierbas. Rosie hurgó por allí, alzó un saco y sacó de el una jarra de piedra llena de sidra.

Transcribiría este libro párrafo a párrafo, tiene pura poesía entre sus líneas, a mi este tipo de historias me fascinan. Bien escritas, llenas de ternura, optimismo; aunque la vida no fue nada amable con esta familia. Realmente delicioso.

Se hizo una deliciosa película de este libro.

 Laurie Lee (Slad, Gloucestershire, 1914-1997). Poeta inglés, novelista y guionista, que se crió en el pueblo de Slad. Su obra más famosa es la trilogía autobiográfica que componen; el primer volumen narra su infancia en el valle de Slad. La segunda novela trata de la salida de su casa hacia Londres y su primera visita a España en 1935, y el tercero de su regreso a España en diciembre de 1937 para unirse a las Brigadas Internacionales.

El Jinete polaco de Antonio Muñoz Molina

historia de cuatro generaciones en Mágina

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Qué placer volver a este libro; hace años me lo prestaron y fue con este libro que descubrí a Antonio Muñoz Molina con esta historia apasionante y sobre todo intima, como siempre lo hace este escritor, desde entonces le leo muy a menudo.

Todo lo que he leído de él me ha encantado, tengo que decir que es mi escritor preferido, me hace sentir todo lo que escribe, me hace partícipe de sus desvelos y sobre todo es tan creíble lo que cuenta que es fácil caer en sus redes.

Él vino al mundo en una noche tempestuosa de invierno y a la luz de una vela, crecido en las huertas y en los olivares de Mágina, destinado a dejar la escuela a los catorce o a los quince años y a trabajar en la tierra al lado de su padre y de sus abuelos y llegada a una cierta edad a buscarse una novia a quien sin duda habría conocido desde la infancia y a llevarla al altar vestida de blanco, después de un noviazgo extenuador de siete u ocho años, él torpe, enconado, silencioso, rebelde, escribiendo diarios de furiosa desdicha en cuadernos de apuntes y odiando la ciudad donde vivía.

El otro día en el mercadillo de La Poblachuela, a unos kilómetros de mi ciudad, encontré un puesto con libros a un euro, sí, sí, un euro, allí estaba “El jinete polaco” no lo pensé y me lo traje, una edición preciosa, yo creo que ni lo han leído, así que aquí lo tengo de nuevo para ojearlo.

Señalaban  hacia aquellas montañas y decían que al otro lado estuvo el frente de la guerra, y que el viento del sur traía algunas veces los truenos retardados de una batalla remota. Sobre ese horizonte volaban de vez en cuando aviones enemigos que casi nunca se acercaban a Mágina.

Antonio Muñoz Molina va relatando a través de cuatro generaciones, desde su bisabuelo hasta él, desde 1970 a la guerra del Golfo, el transcurso de la vida en un pequeño pueblo, Mágina, donde pasa su infancia rodeado de la familia, estudiando y trabajando en el campo.

Aunque no quiero estoy volviendo, aunque habite en idiomas extraños y me esconda en ellos como en una falsa identidad y camine por ciudades cuyos nombres ellos sólo han leído en las bandas iluminadas de aquella radio donde oíamos  las novelas y las canciones de Antonio Molina y Juanito Valderrama, aunque Nadia no esté tendida a mi lado y me estreche por la espalda y me diga al oído, cuéntame cómo vivían, y cómo se imaginaban la forma del mundo, cómo pudieron entender y aceptar que tú te marcharas.

Su abuelo, que terminó en un campo de concentración, sus padres unos campesinos con una vida humilde, los maquis, gente sencilla que luchó por la libertad, personajes del pueblo que son observados por el escritor y que a forma de un mosaico nos los va presentando con su habitual precisión.

Miro sus caras y tengo la sensación de que nunca los he conocido verdaderamente, de que nunca he sabido como eran, quienes son fuera y lejos de mí, de que se acuerdan, que saben, cómo vivían en las edades oscuras del hambre y del terror, no hace siglos, sino años, no muchos, un poco antes de que yo naciera, cuando mi  padre y mi madre se casaron y apenas tenían para pagar el alquiler de una buhardilla donde se fueron a vivir.

En la lectura de este precioso libro yo me encontré muchas veces como un personaje de la novela, cuántos momentos descritos en esas páginas hemos vivido los niños y las niñas de esa época en pueblos parecidos a Mágina. Yo al menos me he sentido identificada en multitud de momentos.

La novela está repleta de recuerdos, de vivencias que conformaron la forma de ser y de entender el mundo de Antonio Muñoz Molina.

Me revelaba en silencio contra ellos, bajaba la cabeza, procuraba no mirar a sus ojos, no ver sus caras endurecidas por la obstinación del trabajo y de la voluntad, por el estupor de no entender y la decisión de no aceptar lo que no comprendían y les daba miedo. El mundo había cambiado a su alrededor, había en la casa televisión y frigorífico y cocina de gas y hasta un grifo de agua corriente en el patio, había tractores en el campo y máquinas de cavar y segadoras, pero en ellos la única novedad era el asombro, porque el recelo que ahora sentían no era sino la derivación del miedo de siempre…

Recibió el premio Planeta en el año 1991 y el escritor tenía 35 años. Está considerada como una obra imprescindible de la literatura española del siglo XX.

84, Charing Cross Road de Helene Hanff

Cartas entre una escritora y un librero

Tu voto:

 

Otro pequeño libro maravilloso que hace muchos años lo compré y lo tengo como una pequeña joya. Me encantan los libros que hablan de libros, me parece que siempre aprendo algo más de los beneficios de la buena lectura. Hay momentos en la vida que estoy más ocupada, distraída o preocupada por las cosas cotidianas y no puedo concentrarme en la lectura. Ahora estoy pasando por un momento de esos, pero siempre reencontrarte con estas historias me hacen pensar que la lectura es una de las mejores terapias.

Señores: los libros llegaron bien, y el de Stevenson es tan bello que hasta abochorna un poco a mis estanterías hechas con cajas de naranjas. Casi temo tocar esas páginas de tacto tan suave que semejan de pergamino y de un fuerte color crema. Acostumbrada al blanco apagado y a las cubiertas de cartón rígido de los libros americanos, jamás supuse que un libro así pudiera proporcionar un placer tan gozoso al sentido del tacto.

Esta historia, es la verdadera historia que Helene Hanff vivió durante veinte años. Ella, una escritora desconocida, amante de obras antiguas, vivía en Nueva York a mitad del siglo pasado, con un carácter irónico, espontánea, divertida y algunas veces descarada; un día inicia una correspondencia con una pequeña librería en Londres, “Marks and Company, para pedirle a su dueño Frank Doel, que le busque algunas ediciones de libros que en NY no puede encontrar.

Claro que si los libros costaran lo que valen, yo no podría permitirme comprarlos…

Te asombrará saber, de alguien como yo, que odia las novelas, que he acabado atreviéndome con Jane Austen y que me he apasionado tanto por “Orgullo y prejuicio”, que no voy a ser capaz de devolverlo a la biblioteca hasta que tu hayas encontrado un ejemplar para mí.

Así se inicia una correspondencia que durará en el tiempo, una correspondencia que terminará en una gran amistad y admiración entre Helen y Frank y mucha complicidad con los trabajadores de la librería.

Como Londres está sufriendo las carencia de la Segunda Guerra Mundial, ella les manda latas de comida, mermeladas y todo lo que puede, mientras ellos le siguen buscando los libros que ella les pide.

Le escribo para decirle que sus paquetes de Pascua para Marks& Co llegaron en perfecto estado hace unos días.

Todos hemos abiertos  unos ojos como platos al ver las piezas de carne. Y los huevos y las conservas también han sido muy bien recibidas. He sentido la necesidad de escribirle personalmente para expresarle el enorme agradecimiento que sentimos todos por la amabilidad y generosidad.

También estamos todos deseando que pueda viajar a Inglaterra en fecha próxima con la seguridad de que haremos cuanto esté en nuestra mano para que su estancia entre nosotros sea muy feliz.

Una deliciosa historia real, llena de ternura, casi se puede decir de amor. Todos quieres que Hellen venga a Londres para conocerse.

Vengo escribiéndoles cartas de lo más descaradas desde la seguridad que me dan los 5.000 km que hay por medio. Probablemente entraré un día en esa tienda y saldré de ella al cabo de un rato sin decirles quien soy.

En 1987 este libro se llevó a la pantalla con Anthony Hopking como protagonista, en español se llamó “La ultima carta; también se llevó al teatro y Helene Hanff pudo ver, antes de morir el éxito de esta pequeña historia de una escritora desconocida.

Un pequeño libro de esos que podemos llamarlos cultos, donde la lectura es la base fundamental en todos los personajes. Así le describe, una amiga, la librería.

¡Es una tiendecita antigua y encantadora, que parece salida directamente de las páginas de una novela de Dickens! ¡Te chiflará cuando la veas!

Hay metros y metros de estantes, inacabables. llegan hasta el techo y son muy antiguos y de tono agrisado, como de roble viajo que ha absorbido tanto polvo con el correr de los años que ya ha perdido su color original.

Hacia el fondo de la tienda, a la izquierda, hay un escritorio con una lámpara de estudio encima. Frente a él estaba sentado un hombre de unos cincuenta años. Levantó la mirada al entrar yo y me saludó diciendo: “Buenas tardes” ¿Puedo ayudarla?. Le respondí que sólo quería curiosear, y me animó a hacerlo.

 

Ángulo de reposo de Wallace Stegner

La vida en el Oeste americano

Tu voto:

Siempre comento que cuando doy con una buena historia, que no siempre es fácil, la lectura se transforma en algo mágico, pero si esa buena historia está escrita con primor, con detalle, basada en una realidad, la lectura se transforma en un gran placer. Lo comento porque a mi me pasó eso con esta preciosa historia. Un libro que te cuenta de forma muy precisa la historia de Susan Burlines y Oliver Ward.

En 1970 Lyman Ward, nieto de Susan y Oliver, se retira a la casa de sus abuelos, él es historiador y vive atado a una silla de ruedas por una enfermedad degenerativa, a pesar de ello vive solo, ayudado por una vecina y su hija que le ayuda a recopilar las cartas y papeles que le sirven para rastrear la vida de sus abuelos.

Bueno, abuela, déjame salir de este escritorio y darme la vuelta y contemplarte allá en tu marco de nogal junto a las cartas de personas que te escribían como  su respetada contemporánea. ¿ Debo interesarme por ti  aun cuando hayas  sido histórica, blanca,mujer y abuela mía? ¿Todos tus talentos y los del abuelo, y todos los esfuerzos de una vida larga y esforzada se quedan solamente en producirnos a Rodman y a mí: un sociólogo y un invalido? ¿Nada hay en tu vida o en tu arte que pueda enseñarle algo a un hombre moderno y a uno con una sola pierna?

Susan es escritora e ilustradora muy conocida en Nueva York donde vivía a mitad del siglo XIX. Ella era conocida en la alta sociedad de esa ciudad. Oliver un ingeniero de minas, muy dedicado a su profesión y con muchas ganas de descubrir minas por cualquier lugar de América.

Esta pareja se casa y ahí empieza esta mágica historia llena de viajes al lejano Oeste, a California cuando California casi no estaba habitada. La vida de esta pareja va de un lugar a otro. Oliver trabajando de la mañana a la noche y Susan viviendo precariamente en pequeñas casas, en mitad del campo y sin casi vida social.

Susan vino al Oeste no para unirse a una sociedad nueva, sino para soportarla, no para construir algo, sino para disfrutar una experiencia temporal y extraer de ella cuantas enseñanzas pudiera ocultar. Esperaba su vida en New Almadén igual que había contemplado las expectativas de viaje en tren  a través de todo el continente: como una excursión por el campo bastante agotadora.

La belleza de los paisajes, el nacimiento de sus tres hijos, la nostalgia de Susan de su anterior vida, la soledad que, ella, llena pintando esos lugares, y la convivencia de estas dos personas peculiares, conforman esta historia maravillosa y llena de conflictos, como la vida misma.

Este es un lugar para ser muy feliz, los somos, los seremos, pero hay un pensamiento común que no expresamos a menudo, sino que es como el trasfondo de nuestra vida aquí; que esto no es nuestro verdadero hogar, que nosotros no somos de este lugar salvo en lo que las circunstancias nos obligan.

Después de recorrer  New Almadén, Santa Cruz, Leadville, el ingeniero de minas es trasladado a Michoacan, México, para ella es un nuevo mundo lleno de color y de alegría.

Un poco más tarde salieron al balcón a contemplar la ciudad silenciosa. Dos farolas amarillas limón unían sus luces y sombras sobre las ásperas  piedras de la calle. Detrás de unos árboles a oscuras se insinuaban los fantasmas de unos campanarios. En uno de ellos una campana grande lanzó una sola voz, un sonido tan único e intenso como el sonido de una gota que cae de una hoja demasiado cargada. Recuperó sus fuerzas y lanzó su voz otra vez, volvió a recuperarse y sonó por tercera vez.

Susan se estremeció y se refugió bajo el brazo de Oliver.

¡Oh! ,dijo, Hasta ahora no había estado de verdad en ningún sitio.

La historia de Susan y Oliver corre paralela a la historia del mismo Lyman, que en su soledad va desgranando e investigando la vida de sus abuelos encontrando de vez en cuando alguna sorpresa que otra.

Lo que a mí me interesa de todos esos papeles no es la novelista e ilustradora Susan Burling Ward, ni Oliver Ward, el ingeniero, ni tampoco el Oeste donde pasaron sus vidas. Lo que realmente me interesa es cómo dos partículas tan distintas pudieron fundirse, y con cuánta presión, para rodar cuesta abajo hacia el futuro y hasta alcanzar el ángulo de reposo en que yo los conocí. Ahí es donde está el interés. Ahí es donde estará el sentido si encuentro alguno.

Wallace Stenger fue premiado con el Pulizzer en 1972. Basada en la correspondencia de una escritora norteamericana Mary Hallock Foote, una de las primeras artistas en ocuparse de la vida en el Oeste Americano.

 

 

El factor humano de John Carlin

 

Qué placer volver a leer este libro, qué tarde he pasado sin poder dejarlo. Ya lo había leído hace años pero en esta segunda lectura lo he disfrutado mucho. Qué gran lección de vida nos dio Nelson Mandela. Qué altura de miras y qué manera de hacer política con letras mayúsculas.

Quizás, por estos turbios momentos que se viven a lo largo y ancho del mundo, estos hombres que hicieron una labor ingente en un país complicadísimo y con miles de problemas, nos emociona tanto leer una parte de su vida.

Así explica John Carlin como empezó a escribir este libro.

Pero lo que faltaba en mi opinión, era un libro sobre el factor humano, sobre lo milagroso del milagro. Lo que yo tenía en mente era una historia positiva que mostrase los mejores aspectos del animal humano; un libro con un héroe de carne y hueso; un libro sobre un país cuya mayoría negra debería haber exigido a gritos la venganza y, sin embargo, siguiendo el ejemplo de Mandela, dio al mundo una lección de inteligencia y capacidad de perdonar.

Mandela pasó 30 años de su vida en dos cárceles, la primera en una isla frente a las costas de Sudáfrica; durante 18 años permaneció en un pequeña celda, sin casi comunicación. Ahí empezó a trazar su plan de ir conquistando uno a uno de sus carceleros para poder explicar lo que el quería hacer en su país.

Su celda, su casa, durante 18 años, era más pequeña que un cuarto de baño, tenía una pequeña ventana con barrotes, que daba a un patio de cemento en el que los presos se sentaban durante horas a romper piedras. Mandela dormía sobre un colchón de paja, con tres mantas muy finas, que eran la única protección contra el frío viento de los inviernos del Cabo.

En 1990 salió de la cárcel, tenía 71 años. En ese tiempo se ocupó de estudiar otros idiomas de su país para poder entender a los africakaners. Explicó a sus adversarios que él no quería venganza, que él lo que quería era que en su país todos los ciudadanos tuvieran las mismas posibilidades. El apartheid que venía implantado desde 1948, era considerado como la ley más dura que se conocía.

En Sudáfrica había un distrito negro junto a cada ciudad blanca. Pero, aunque los distritos negros siempre tenían muchos más habitantes, en los mapas solo aparecían las ciudades blancas. Los distritos eran las sombras negras de las ciudades.

En 1990 ya en la calle, empezó a recorrerse todas las ciudades de su país, sus pueblos y sus barrios, quería conocer a fondo como estaba todo. Su único empeño era no pagar con la misma moneda. Tuvo problemas con la población negra, que no entendían esa manera de actuar, cuando eran tratados, perseguidos y encarcelados en su propio país.

Vivían en la misma órbita general de la gente más privilegiada del mundo occidental. Sus vidas consistian en su hogar y su trabajo, en disfrutar de una existencia tranquila y confortable. La política no solía interesarles. La diferencia estaba en que vivían al lado de unas personas que estaban entre las más pobres y peor tratadas del mundo , y en que su buena suerte, la razón por la que los sudafricanos blancos tenían seguramente el mayor nivel de vida del mundo y, desde luego, la mejor calidad de vida, dependía de la desgracia de sus vecinos negros.

Mandela es presidente en el año 1994, el país estaba al borde de una guerra civil, los problemas se multiplicaban, los negros porque querían que todo se arreglase más rápido y los blancos porque tenían miedo de lo que podría pasar.

Y sucedió lo increible, hizo que los blanco y los negros se unieran en un solo país. Es emocionante leer esa parte del libro. Mandela implica a los jugadores del rugby, los Springboks, para que el partido de la final del mundo que jugarán contra los All Blacks  de Australia, sea el punto de unión de los sudafricanos.

Le salió redondo, ganaron y todo el país se unió a sus jugadores, que siempre fueron el brazo más popular del apartheid. El libro está lleno de curiosidades, lleno de humanidad, lleno de emoción.

En la cárcel leía siempre un poema de William Ernest, “Invictus”

INVICTUS

En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable.

mandela invictus

En las garras de las circunstancias
no he gemido, ni llorado.

Ante las puñaladas del azar,
si bien he sangrado, jamás me he postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror.

No obstante, la amenaza de los años me halla,
y me hallará, sin temor.

Ya no importa cuan recto halla sido el camino,
ni cuantos castigos lleve a la espalda:

Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma.