Patria de Fernando Uramburu

Relato sobre los cuarenta años de ETA

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Cuando un libro es tan alabado, siempre espero algo de tiempo para atreverme a leerlo. Me lo recomendaron por todos lados y ya este verano me puse a ello. Tengo que decir que no me decepcionó nada, me gustó la forma sencilla en que Uramburu nos cuenta esta tremenda historia. Sencillez en todo el relato, cosa que no debe ser fácil pues nos cuenta nada más ni nada menos que cuarenta años de ETA, resumido en un pequeño pueblo y en dos familias.

A Bittori le han matado a su marido Txato y busca respuestas a esa muerte que no encuentra. Así empieza esta historia que realmente terminará sin respuestas, el terrorismo es lo que tiene, que no es comprensible para nadie, menos para los que sufren esa lacra.

Bittori y su marido viven en un pequeño pueblo cerca de San Sebastián, allí vive con su familia, una vida tranquila, donde conviven con sus vecinos, visitan la iglesia, los bares del pueblo, son unos buenos vecinos; su marido, Txato, que tiene una pequeña empresa de transporte, forma parte del club de ciclistas del pueblo.

La otra familia vecina e íntimos amigos de toda la vida, Miren y Joxian. Ellas una tarde a la semana se iban a San Sebastián a pasar la tarde, ellos compartían el ciclismo como deporte, los hijos se conocían desde siempre, la vida cotidiana de un pueblo, rota de vez en cuando por las manifestaciones a favor de ETA en la plaza. Quien no se dejaba ver por esas manifestaciones era fichado, así que todo el mundo acudía a ellas.

El día en que ETA anunció el abandono de las armas, Bittori se dirigió al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txaso, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿ Podrá convivir con quienes le acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia?

La iglesia también fichaba a la gente cuando no iban al entierro de un etarra, el cura tenía buen conocimiento de todos los vecinos y vecinas. Y por último las tabernas, también hacían su labor. Osea que se vivía observados y en los pueblos pequeños era muy fácil que eso se convirtiera en un ambiente asfixiante.

Esta vida cotidiana se rompe cuando el hijo de su amiga Miren, Joxe Mari, desaparece y nadie sabe donde está, aunque se supone que anda por el monte y luchando por la “patria”, pero de eso no se habla. Su madre lo disculpa y lo apoya, en una palabra, entiende que su hijo luche porque Euskal Herria sea libre.

¿ Y Miren? Pues verás, ahora que me lo preguntas, te diré lo que pienso. En el fondo, y que me perdone el Txato, la comprendo. Comprendo su transformación, aunque no la apruebo. Entre la merienda aquella en la cafetería de la Avenida y la siguiente en la churrería de la Parte Vieja, mi amiga Miren cambió. De repente era otra persona. En una palabra, había tomado partido por su hijo. No tengo la menor duda de que se fanatizó por instinto materno.

Y empiezan las pintadas en el pueblo, contra Txato, al principio Bittori las tapa, pero cada vez son más grandes y más insultantes. Txato paga religiosamente su cuota que le exigen desde ETA, sin rechistar, no quiere problemas, hasta que la extorsión es grande y no puede ni quiere hacer esos pagos.

Una figura joven, ágil, borrosa, surgió de entro dos coches aparcados junto a la acera de enfrente. La  capucha impidió al Txato verle los ojos. Venía hacia él, pero no directamente. ¿Quién? Un individuo de algo más de veinte años, algún chaval del pueblo que se protegía del chaparrón agachando la cara. De un salto alcanzó la acera por detrás de Txato. El Txato siguió su camino y ya le faltaba poco para llegar a la esquina.

Entonces, a su espalda, muy cerca sonó el disparo.

Y después otro

Y otro

Y otro

Una tarde lluviosa, saliendo de su casa, se encuentra con Joxe Mari y le dispara. La vida de toda la familia cambia, se van del pueblo y al cabo de un año, Bittori quiere volver a su casa, y eso es un calvario para ella, nadie la saluda, no la miran, nadie se atreve a hablar con la mujer de un asesinado por ETA.

Salía hasta la calle el típico rumor de voces punteado por  por alguna que otra risotada. ¿Entro o no entro? Entró. Al punto se hizo el silencio. Habría como una docena de clientes. No los contó. Se callaron todos a una, desviando la mirada ¿hacia dónde? Pues hacia donde no estaba ella. Y el chaval que pasaba el trapo entre los platillos  de los pinchos tampoco miraba. Un silencio ¿agresivo, hostil? No, más bien de interrogación, de extrañeza.

En medio de todo esto están los hijos e hijas de las dos familias, cada uno con su visión sobre este tema que tanto les duele y que de alguna manera marca sus vidas.

Ahora todo es hablar del proceso de paz y de que hay que pedir perdón a las víctimas. Perdón ni leches. ¿O es que nosotros no somos víctimas? Cada vez contamos menos, nos han dejado solos. Y si abres la boca, vienen y te llevan por apología del terrorismo.

Tumbado en la cama Joxe Mari miraba el trozo de cielo comprendido en el cuadro de la ventana. Cielo azul de atardecer. Noto que me hundo. Horrible perspectiva: morir aquí de cáncer, sin volver nunca más al pueblo

Muy recomendable, una gran novela sobre un momento en el País Vasco que toda España vivió durante mas de cuarenta años.

 

 

Clarissa de Stefan Zweig

Historias en la primera guerra mundial

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Siempre lo digo, pero es que este escritor es uno de mis preferidos, todo lo que he leído de él, y ya me he leído algunos de sus libros, son inmejorables y este último no desmerece, para nada, de los anteriores.

Esa forma de describir minuciosamente los sentimientos de las personas comunes, esa forma de oponerse radicalmente frente a las guerras y a favor de la paz, un escritor comprometido con una Europa culta y de derechos humanos, nos describe una historia en su Austria natal, de principios de siglo XX.

Por fuerza. Pero ¿por ese motivo tiene que paralizarse también la vida en el interior de uno mismos? El mundo necesita una nueva organización. Y hay que trabajar para alcanzarla. Igual que hizo Tolstoi, igual que han hecho los mejores. Ya lo ve, nos movemos en un circulo muy estrecho, pero tenemos la sensación de que lo llenamos por completo.

Clarissa, pierde a su madre cuando era muy joven, y su padre, un militar austriaco, la manda a un internado, donde pasará diez años de su vida; igual que su hermano que también se educará en un colegio. El padre es una figura lejana, y algo distante, un hombre que no sabe demostrarles el cariño a ninguno de sus hijos.

Era un padre decorativo, el orgullo con el que sueña cualquier niño; un padre que parecía sacado de un libro, una especie de emperador o príncipe terrenal acompañado siempre por el tintineo de su espada. Aquel hombre deslumbrante que luego se dirigía a su hija y le daba un leve y tierno beso, con el que ella notaba el aroma del agua de colonia, en su frente sonrojada de felicidad.

A los 18 años, Clarissa sale del colegio y busca trabajo, lo encuentra con un médico amigo de la familia que le ayuda a crecer y a conocer el mundo científico que le rodea. En un viaje que hace a Suiza conoce a un joven francés y se enamoran. Parten a un viaje sin rumbo, descubriendo pueblos y lagos del norte de Italia a la vez que descubren su amor. Hasta que un día leen en un periódico que la primera guerra mundial está a punto de estallar.

Clarissa sintió una intensa emoción. Percibió la serenidad y la humanidad que él desprendía y, sin ser consciente de lo que hacía, se puso las manos en los hombros en el lugar donde él la había abrazado el día anterior en un arrebato de gratitud; no necesitaba palabras dulces. Todo era sincero y claro. Se sentían obligados a hablar con franqueza en el momento de la despedida

Ese hecho los separa y cada uno marcha a sus países, Leonard a Francia y Clarissa a Austria. La guerra arrasa con todo, y ella entra a trabajar como enfermera. Hasta que un día se da cuenta que está embarazada.

Se despidieron. Firmes y en silencio. Leonard regresó una vez más al coche para coger su Montaigne; ella sabía que era su libro favorito. Él se lo dio: lo abrió por la primera página y escribió de su puño y letra: primero de agosto de 1914.

La vida de Clarissa pasa por todo, como mensaje de lo que es una guerra. Stefan Zweig  escribió esta obra como testamento de sus ideales para una Europa que se desmorona ante sus ojos.

Sólo hay una posibilidad de conservar una actitud normal y humana ante la guerra: verla por ti mismo y no dejar que te la expliquen sus instigadores, que jamás pisarán el frente. Todo lo demás es engañarse a uno mismo, mentirse, aliviarse con abstracciones y embriagarse.

Lo mejor de esta lectura es la profundidad del pensamiento contra la guerra, sobre el humanismo, y sobre la cultura.

Me gustaría ser tan útil como usted; ayudar a una sola persona es quizás más eficaz que ayudar a la patria, que últimamente está en boca de todos, y a eso le llaman humanidad.  A la que, dicho sea de paso, deberían retirarle ese bonito nombre mientras dure la guerra, puesto que ya no lo merece.

 

 

Viento del este, viento del oeste de Pearl S. Buck

He vuelto a releer este libro que, cuando yo era una jovencita me lo leí y me atrajo desde la primera página. La conmovedora historia de Kwei-Lan me quedó grabada, esa cultura milenaria donde las mujeres estaban al servicio del hombre absolutamente,  que les vendaban los pies, en aras de la belleza y tantas y tantas historias que mantenían a las mujeres sometidas por leyes ancestrales.

Siempre y en todo te he instruido en la necesidad de someterte como una flor se somete a la lluvia y al sol. Pensando en tu marido te enseñé como debes ataviarte, cómo se habla con los ojos y la expresión, pero eso lo comprenderás por ti misma cuando llegue el momento de quedarte a solas con él.

Ahora vuelvo a engancharme a esta historia, pero con ojos más críticos ante las desigualdades de las mujeres ante los hombres, este problema que sigue siendo una lacra en nuestra cultura, en China a principio del siglo XX, esa es la fecha que más o menos la  sitúan, era verdaderamente bárbara.

Conoces el arte de tocar el arpa, ese venerable instrumento cuyas cuerdas han vibrado bajo los dedos de muchas generaciones de nuestras mujeres para deleitar a sus señores. Tus dedos son ágiles, hija mía, y tienes las uñas largas.

Nada más nacer, Kwei-Lan, en una familia acaudalada del centro de China, la prometen en matrimonio con el hijo de unos amigos de la familia. Cuando cumple 17 años, la boda se aproxima y su madre le da los consejos habituales a una joven que tiene que ser una fiel mujer a las ordenes de su marido.

Así me encuentro bastante hermosa y dispuesta para recibir a mi marido. Pero en el instante en que sus ojos se fijan en mí, comprendo que no observa ni mis labios ni mis cejas. Los pensamientos de mi esposo vagan por la tierra, por los mares, por todas partes, excepto donde yo estoy esperándole.

Pero el que será su marido ha recibido una educación muy diferente a ella. Él se marchó a EE.UU para hacer la carrera de médico y vuelve para casarse y así cumplir la promesa que sus padres hicieron cuando nacieron.

No es posible que tú sientas atracción por mi, a quien ves por primera vez, como yo a ti. ¿Acaso no te han obligado, como a mí? Hasta ahora no hemos podido hacer nada, pero a partir de este momento en que nos encontramos solos, podríamos organizar nuestra existencia a nuestro gusto.

El choque cultural  de estas dos personas es el motivo de esta historia que la protagonista nos cuenta en primera persona con una dulzura que no me ha dejado indiferente.

Aquella noche me quité asqueada los collares de jade y los vestidos de seda. Empezaba a comprender que todo lo que me habían enseñado era falso; mi marido no era hombre que se pudiese seducir alegrándole los sentidos con flores y perfumes o con una pipa de opio. La belleza física no bastaba; debía seguir otro camino si quería triunfar. Y recordé las palabras que pronunciara mi madre, con el rostro vuelto hacia la pared, “Los tiempos han cambiado”.

El relato de la vida en su casa, donde su madre convive con las tres concubinas de su padre, la educación que se les da a las mujeres, siempre por debajo de un hombre, el choque cultural con su marido, que ni ella entiende ni él acepta, nos lleva a lo largo de esta novela a entender o, mejor, a conocer esa china ancestral de costumbres terribles para las mujeres.

Me siento la hija de una casa patriarcal china, donde todo es viejo: los trajes, los muebles, las relaciones. ¡Casa tranquila y segura, a la sombra de las viejas paredes entre las cuales se como y vive bien!

Y hete aquí que, por contraste, se me aparece  la imagen de mi esposo sentado solo ante la mesa en la casa extranjera, vestido a la manera occidental y exótico en sus modales. cómo adaptarme a su vida? Él no tenía necesidad de mí…

Pearl Buck, es una escritora estadounidense, pero a los tres meses se fue a vivir a China con sus padres misioneros, allí vivió más de cuarenta años, y su conocimiento de las costumbres en esa sociedad que le tocó vivir son contundentes. Ganó el premio Nobel de literatura en 1938.  Escribió más de 85 obras, tanto novela, como teatro y ensayo.

Patria de Fernando Uramburu

Es el primer libro que leo de este escritor vasco, nacido en San Sebastían en 1959. “Patria”, un libro que entra de lleno en el problema que se vivió en Euskadi en los años de ETA.  Empieza la historia en el momento que se empieza a hablar del fin de la violencia.

El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron.

¡Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia?

Me ha sorprendido cómo nos cuenta la vida de la gente en un pueblo donde las amistades, terminaban en cuanto uno de los vecinos era señalado por ETA, ahí todo el pueblo le volvía la cara y le retiraban el saludo, muchos por miedo, otros por que apoyaban la idea de luchar por la “libertad”.

A las pocas semanas de enviudar, Bittori se fue a pasar unos días a San Sebastián. Más que nada para perder de vista la acera donde mataron a su marido y para no seguir aguantando las miradas torvas de los vecinos, tantos años amables y luego, de repente, lo contrario; ni tener que pasar por delante de las pintadas en las paredes y ver aquella en el quiosco de la plaza, una delas últimas, la de la diana encima del nombre del difunto, que fue ponerla y a los pocos días, adiós.

Fernando Uramburu nos mete de lleno en ese pueblo y nos hace partícipes de la vida de estas dos familias; Josian y Mire, padres de Joxe Mari, futuro miembro de un comando, y Bittori, mujer de Txato   que será asesinado. Ellas salían un día a la semana a San Sebastián a pasear y tomar café, charlaban de sus problemas y luego volvían al pueblo a seguir sus vidas cotidianas. Los maridos, Joxian y Txato siempre andaban en bicicleta, y eran amigos de toda la vida.

Un sábado iban las dos juntas a una cafetería de la Avenida, el siguiente a una churrería de la Parte Vieja. Siempre a San Sebastián. Decían San Sebastián como decían Donostia. No eran estrictas. ¿San Sebastián? Pues San Sebastián. ¿Donostia? Pues Donostia. Se arrancaban a conversar en euskera, pasaban al castellano, vuelta al euskera y así toda la tarde.

Esto se rompe un día trágico cuando el hijo mayor de Mire, Joxe Mari, se marcha del pueblo para formar parte de un comando de ETA, eso hace que las dos amigas se distancien, ya que Miren se va radicalizando y apoyando a su hijo en la defensa de una Euskal Herria libre.

Las pintadas contra Txato le quitaron a Josian el apetito. Y también lo privaron de su mejor amigo. Porque en una ciudad, pase; pero en el pueblo donde todos se conocen, tú no puedes tener trato con un señalado. Esto lo vino pensando aquel domingo por el trayecto de Zumaya a casa. Había ido con Txato, volvía sin él. ¿Con quien hago yo ahora pareja al mus?

Los hijos de las dos familias, también viven ese momento de maneras diferentes, aunque en el pueblo el control de cada uno de los vecinos es exhaustivo por parte del cura y por el dueño del bar, donde todos se reúnen a tomar unos vinos a diario.

¿No ves que el cura les deja a los chavales los bajos de la iglesia para que guarden allí sus pancartas y banderas y sus botes de pintura? Que eso no tiene nada que ver, dice. Pues claro que tiene que ver. Joxe Mari, que yo sepa, no nació con una pistola. El cura, los amigos, qué se yo, lo llevaron por el mal camino. Y como tiene poco aquí, se señaló con el dedo el centro de la frente, picó.

Ese ambiente se enrarece cuando empiezan a aparecer pintadas contra Txato, el marido de Bittori, dueño de un pequeño negocio de transportes. Esas pintadas arrecian contra él de manera  radical. Él lleva pagando dinero a ETA hace tiempo sin que nadie de su familia lo sepa, pero cuando le piden cada vez más, él se resiste y es cuando las pintadas le amenazan claramente.

Esos ojos, esas orejas enormes, ese gesto amistoso. El amigo de su padre que el compraba helados cuando él era niño. La campana de la iglesia dio la una, aquel sonido familiar, metálico, le sonó igual que la palabra no. No  lo hagas. No lo mates. Se quedaron mudos, el uno delante del otro.

Hasta que un día es asesinado Txato, marido de Bittori, en la puerta de su casa. Ahí es cuando esta historia crece y se ramifica a lo largo de todo el pueblo; el silencio de la gente, el vacío que se le hace a la familia del asesinado, los hijos de las dos familias, que no entienden cómo han asesinado a un hombre bueno e intimo amigo de la otra familia, la duda de que haya sido Joxe Mari.

A estas horas ya habrán limpiado la calle con una manguera para que no quede rastro del crimen. Y mañana habrá murmullos en el aire, pero en el fondo todo seguirá igual. La gente acudirá a la siguiente manifestación en favor de ETA, sabiendo que conviene dejarse ver en la manada. Es el tributo que se paga para vivir con tranquilidad en el país de los callados.

Fernando Uramburu nos describe muchos momentos en que las familias, los vecinos, los hijos y todos los que rodean esta historia sufren en silencio. Un drama que nos sacudió los corazones durante muchos años.

Una novela que habla sin rodeos de toda la problemática que sufrieron cada uno de maneras diferentes, pero todos padecieron el desgarro de esa violencia

Charlotte de David Foenkinos

Charlotte Salomón pintora

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Leí “La delicadeza” de este mismo escritor, un libro dulce con una historia curiosa. Cuando vi la reseña de este libro en un diario, me interesó extraordinariamente la vida de esta chica que intentó salvarse de una vida trágica a través del arte.

Foenkinos cuenta que le fascinó cuando descubrió sus cuadros y se puso a investigar la vida de esta joven alemana que vivió una intensa vida y murió en un campo de concentración a los 26 años. Pero en esos 26 años dejó una gran obra pictórica además de escritos y música.

Charlotte Salomón nace en Alemania, en una familia con tendencia a suicidios.Una tía suya con su mismo nombre se tiró por un puente. Años después la madre de Charlotte también se suicidó. Su padre protegió a esa niña y nunca le dijo como murió su madre.

¿Cuáles son los primeros recuerdos de Charlotte?

¿Olores o colores? Lo más probable es que sean notas. Las melodías que le cantaba su madre.

Franciska tiene voz de ángel y se acompaña al piano. Desde su más tierna edad, a Charlotte le arrulla el piano.  Así transcurren sus primeros años, al compás de la música.

En esa vida de soledad, en Alemania los nazis empezaban a estrechar fronteras, ella huye a Francia y llega a un pueblo del sur donde sus abuelos la acogen. En ese oasis de paz ella pinta sin parar, es su vida, ella plasma todo en los lienzos que guarda con esmero.

Anuncian continuamente nuevas medidas humillantes. En el colegio, piden una partida de nacimiento de los abuelos. Algunas chicas descubren que tienen ascendencia judía.

Tardan una fracción de segundo en convertirse en proscritas. Sangre impura. Hay madres que prohíben a sus hijas tener trato con judías. Otras se indignan. Hay que unirse y oponerse a los nazis, protestan. Pero es peligroso decir eso. Así que lo dicen cada vez más bajo.

Los nazis siguen avanzando por Francia y ella teme por su vida. Conoce a un joven y se casa con él, queda embarazada y se van a vivir a una pequeña casa en el pueblo. El cerco se va haciendo cada vez más estrecho,  y ella teme por su vida y por su obra. El médico de la familia, que es amigo suyo, le guarda toda su obra.

Por el camino de vuelta, respira muy hondo. Ese día nace su obra ¿Vida? o ¿Teatro?.

Mientras anda, piensa en las imágenes de su pasado. 

Para sobrevivir, tiene que pintar su historia. Es la única salida. Se lo repite una y otra vez.

Tiene que devolverles la vida a los muertos. Se detiene en esa frase.

Un chivatazo de un vecino hace que los nazis la encuentren y la lleven al campo de concentración de Auschwitz, allí muere a los 26 años.

Lo único que necesita es un poco más de tiempo. Tiempo para abrirse a la felicidad. Tiempo para admitir que su vida puede llegar a ser dichosa. Con un hombre y un hijo. ¿No es maravilloso?

Impresionante vida. Foenkinos escribe este libro como en verso. Recibió el premio Renaudot y lleva vendido 400.000 ejemplares.

 

 

 

Yo confieso de Jaume Cabré

Historia de Europa

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Cuando terminé de leer este libro, pensaba que me sería muy difícil resumirlo. Casi 900 páginas, llenas de personajes, de intrigas, de emociones, de reflexiones, de pasear por el siglo XX y volver al pasado y recorrer el siglo XV, XVII y XVIII, esto asusta un poco pero, me puse a ello y lo disfruté mucho.  Su lectura te pide mucha atención para ir entendiendo este engranaje espectacular que Jaume Cabré nos presenta.

El protagonista es un niño, Adriá Ardevol, hijo de una familia acomodada catalana, hijo único de una familia fría y sin cariño, Adriá se pasó su infancia en el despacho de su padre lleno de libros o en la tienda de antigüedades de la familia. Su familia tiene un pasado turbio que a lo largo de esta lectura iremos descubriendo.

Hasta anoche, andando por la calles mojadas de Vallcarca, no supe que nacer en semejante familia había sido un error  imperdonable. De pronto entendí que siempre había estado solo, que nunca había podido contar con mis padres ni con un Dios al que encargar la búsqueda de soluciones.

Adriá vivió toda su infancia en solitario, sus amigos inseparables eran Águila Negra y el Sheriff Carson.  A los 23 años se enamora de Sara, una chica judía, y aunque su amor fue intermitente,  él estuvo toda su vida enamorado de ella. Cuando Adriá es mayor y piensa que puede morir empieza a escribirle cartas para contarle esta historia apasionante.

He necesitado sesenta años para verlo. Espero que me entiendas y comprendas lo desamparado y solo que me encuentro y lo muchísimo que te echo de menos. A pesar de la distancia que nos separa, sigo tu ejemplo. A pesar del pánico, ahora ya no acepto tablas de salvación para no hundirme.

Un violín Storioni que guarda en su caja las huellas de un crimen, un inquisidor catalán del siglo XV o un médico del campo de concentración de Auschwitz, así como un entrañable personaje que estará siempre presente en la vida de Adriá, Lola, la mujer que cuidaba la casa y era como una madre para el niño, conforman, entre otros muchos personajes esta inmensa novela.

Me propuse un gran objetivo: descubrir la combinación de la caja fuerte y aprovechar las ausencias de mi padre para estudiar con el Storioni; a nadie le importaría. Y volvería a guardarlo en el estuche y en la caja fuerte con tiempo de sobra para borrar el rastro del crimen. Para que nadie se diera cuenta de nada, me fui a estudiar arpegios y ni siquiera se lo conté al Sheriff ni al gran jefe “arapaho”, que estaban echando la siesta encima de la mesita de noche.

Aquí se combina con maestría la intriga, la maldad del ser humano, el amor, la amistad, el amor por la música, el estudio y la reflexión.

Maestro Zosimo le había enseñado que un buen violín, además de sonar bien, debe ser placentero a la vista y fiel a las proporciones que le dan valor. Sintió satisfacción. Y una sombra de duda, porque todavía no sabía el precio que tendría que pagar por la madera. Pero satisfecho, en efecto. Era el primer violín que empezaba y terminaba él solo y sabía que era muy bueno.

La gran amistad con su amigo Bernat, un  gran violinista y su amigo del alma.

Aunque no reconociese que ignoraba el significado de marica, mi referencia era Bernat, sobre todo después de la muerte de mi padre. Me hacía compañía y me ayudó a encajar mejor la vida. La verdad es que el era un poco raro, diferente de los demás, que peleaban, suspendían, y al menos unos cuantos de quinto y algunos de otro de cuarto sabían fumar y lo hacían a escondidas.

Ya digo, una novela apasionante, con unos personajes que te emocionan. Creo que esta novela merece una lectura más.

 

Las patrias lejanas de Pacho O´Donnell

Intelectuales españoles en Buenos Aires

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A través de la historia de un joven, Rodomiro, que en la guerra civil española sobrevivió en un colegio de curas; cuando pudo escapó y se fue al frente republicano, de allí pasó por el campo de concentración al sur de Francia  Argelés-sur-Mer y  llegó a Argentina en el barco Mendoza con un puñado de intelectuales españoles.

Radomiro fue uno de los dos mil recluidos en los campos de concentración franceses que habían sido seleccionados para viajar a Chile, cuyo presidente, Aguirre Cerdá, junto con Cárdenas de México, fueron los únicos mandatarios latinoamericanos que acogieron a los derrotados de la Guerra Civil.

Es la historia de esos españoles intentando sobrevivir lejos de su patria. En Buenos Aires se reunían en un café en la Avenida de Mayo con el nombre de Café Iberia. Allí esperaban el final de la guerra y la vuelta a España.

El bar era Iberia en la Avenida de Mayo y Salta. Allí se reunían republicanos que hacía ya años que estaban fuera de España, corridos por la miseria, que habían vivido la guerra pegando la oreja a la radio y comprando”Crítica”, a los que se sumaron los que llegaban huyendo de los fusilamientos de Franco y de la guerra mundial. 

Alberti, su mujer Maria Teresa León, Francisco Ayala, Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Margaritu Xirgu, Rosa Chacel, por citar a algunos que Pacho O´Donnell los recrea en esta interesante novela. Entre la ficción y la realidad nos sitúa en Buenos Aires y en el lejano Madrid, con un océano inmenso que separa las dos ciudades

Rafael Alberti y Mª Teresa León

Los Alberti se reponían en la pampa argentina del azaroso periplo que los había llevado hasta allí: primero el milagroso salvamento en un avión que los recogió en Elda y los condujo a Orán, en Marruecos, con la última gota de combustible, luego algunos meses en París viviendo penosamente como locutores nocturnos en una radio, y por fin la travesía oceánica en el Mendoza amenazada por los submarinos alemanes. Ahora en El Totoral, el campo de Aráoz Alfaro, un aristócrata argentino que se declaraba comunista, lamían las heridas mientras esperaban que sus amigos les consiguieran los papees para poder circular.

El libro está lleno de anécdotas. La relación de estos intelectuales españoles con Borges o Victoria Ocampo. La nostalgia era un síntoma que todos  sufrían. El río de la Plata les servía de balcón para otear el infinito mar y allá su patria lejana.

Victoria Ocampo contó, ante un grupo de invitados a su casa de San Isidro, los avatares iniciales de su relación con Ortega y Gasset.

Fue al final de su primera estadía en Buenos Aires, creo que era 1916. Yo no había asistido a sus conferencias, no me interesaron, estaba en otra cosa. En ese entonces, debo confesarlo, no sentía afición por la literatura española. Los franceses e ingleses me acaparaban, no olviden que soy argentina.

Mi encuentro con Ortega y Gasset, escribía Doña Victoria, tuvo las dimensiones de una revelación. En él descubrí a España. Una España deslumbradora.

Un testimonio muy particular de ese momento y de un puñado de españoles perdidos en Buenos Aires.