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Acabo de terminar estas historias de gentes normales que intentan vivir y sobre todo, atrapar momentos de la vida que no parecen muy fáciles para todos ellos.

El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzos aparentes. Si encuentra las velas extendidas nos arrastra a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de la grieta o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople el viento. Es el deseo de desear.

Me lo regalaron en mi cumpleaños y ha sido una lectura muy agradable, serena, pero deseando pillar un ratito para ponerme a leer y enterarme como va pasando la vida de estos cuatro personajes.

Tengo que decir que es el primer libro que leo de David Trueba y me ha encantado su forma de contar, sutil, llena de matices, muy equilibrada y con una cadencia que a mí me ha enganchado de principio a fin.

Sylvia es una chica de dieciséis años, que vive con su padre, Lorenzo, separado de Pilar. Sylvia celebra su cumpleaños con un sólo chico y experimenta los primeros contactos amorosos. Poco después, cruzando una calle Sylvia, es atropellada por un coche, sin muchas consecuencias.

Sylvia lleva dos vidas. En una se sienta al fondo del aula, en un pupitre verde con los bordes mellados que se toca con el de su compañera Alba. Durante la mañana diferentes profesores tratan de dejar sobre ella una pequeña huella.

Su otra vida transcurre en el chalet de Ariel, donde miran algunas películas en la pantalla de plasma, charlan  frente a una cerveza con música de fondo, compiten  en algún juego de habilidad con la consola o cenan el puchero que Emilia ha dejado preparado.

El que la atropella es Ariel Burano, un jugador de fútbol argentino que acaba de llegar a Madrid. Ariel y Sylvia mantendrán una relación, preciosa, escondida a los ojos de todos, pero una relación que ilumina estas historias de perdedores.

Lorenzo el padre de Sylvia intenta vivir con los fracasos de su separación, de no tener trabajo y de buscar una tabla de salvación que le ayude a sobrevivir, ella se llama Daniela una emigrante que le depara alguna ilusión en su camino por la vida. Ella no sabe algunos secretos de Lorenzo.

Cometí un error, admitió. Un día creí que mi vida sería siempre como era entonces. Con mi mujer, mi hija, mi trabajo. No concebía que eso pudiera cambiar. Y quizá no lo cuidé demasiado. Me equivoqué.

Y por ultimo Leandro el abuelo de Sylvia y padre de Lorenzo que vive ese momento de la vida que asiste a más entierros que a bautizos. Intenta buscar una salida a su vida, entre el cuidado de su mujer muy enferma y las ganas de seguir viviendo.

Mirar era admirar. Mirar era amar. Pero nunca el sexo obsesivo se había adueñad de Leandro como ahora. Nunca se había sentido dominado por el instinto, incapaz de controlar el deseo.

Estos son los personajes que David nos presenta y que va entrelazando unos con otros. Unas vidas comunes, pero llenas de matices, nadie tiene éxitos, ni el futbolista, pero todos presentan una cara llena de humanidad, de fallos, de ternura y de grandes fracasos.

Ha recibido el premio de la Crítica

 

Hace tiempo que leí esta preciosa novela. Mezcla de intriga, saga familiar, herencias y unas cintas grabadas antes de morir. Con estos mimbres, Jonathan Coen, nos entretiene con esta historia fascinante y con un título que me encantó. “La lluvia antes de caer”. Una historia de mujeres, de madres e hijas.

Rosamond ha muerto o se ha suicidado, la han encontrado sentada en una mecedora y con el tocadiscos encendido, tenía setenta y tres años. Murió sola, no tenía hijos, solamente dos sobrinos, Gill y David, hijos de su hermana, que se repartirán la herencia, menos una parte que irá a Imogen, una niña ciega que la conocieron una vez en una fiesta, pero que no saben nada de ella.

En el testamento Rosamond indica que Gill debe encargarse de encontrar a Imogen para entregarle su parte de la herencia, pero que si no la encuentra debe escuchar unas cintas grabadas con una serie de fotografías, que Rosamond ha dejado guardadas para que las lea Imogen. Toda una historia familiar.

Y así empieza Gill a escuchar esas cintas grabadas y a ver esas fotos familiares.

Un grupo familiar. La tía Ivy y el tío Owen al fondo. En primer término, tres niños, incluida yo.

No recuerdo esta excursión. Pero está claro que es  Shorospshire. Y probablemente se trata de algún sitio cerca de Warden Farm, la casa en la que vivían…, mejor dicho, vivíamos todos en aquella época.

Cuanto más miro la cara de Ivy en esta foto, más me sirve para recordar no la pinta que solía tener, sino aquel olor y el sonido de su voz. Y cuando pienso que me recibió cuando nuestro coche se paró en el corral aquel domingo por la tarde, me doy cuenta de que así es como la recuerdo: aquella voz áspera y cálida, alargando la palabra “hola” hasta cinco veces su duración normal.

Gill, sigue escuchando la voz de su tía y conociendo a través de las fotos a toda una familia.

Número siete. En esta foto no salgo yo. Ni tampoco en las dos siguientes.

De todas formas es una foto trascendental para ti, Imogen Es la primera que aparece tu madre ¡Thea!

¿Sabías que se llamaba así? Puede que no. Esa gente no te contó nada, ¿verdad?

Conforme vamos leyendo el libro, con esas grabaciones que van recorriendo una extensa vida familiar con misterios no conocidos el lector queda hipnotizado por esa forma tan original de contarnos. Siempre con una foto en las manos y la voz de Rosamond que nos habla y casi susurra todo lo que tiene que contar.

La última foto. La número veinte. La fiesta de mi cincuenta cumpleaños.

¡Cincuenta maravillosos años! Para entonces Ruth nos habíamos mudado a Hampstead, y dimos la fiesta allí. Fue un bonito día, un día feliz, con la familia y los amigos. Hizo mucho sol y todo salió bien.

Tú también estabas Imogen. Ese fue mi gran triunfo. Convenci a tu familia para que te dejara venir. Y aquí estás en primer plano.

 Muy interesante la historia y la forma de contarla, no puedes dejar de leer. El libro termina así.

El dibujo que había estado buscando se había esfumado. Peor aún: No había existido nunca. ¿cómo iba a existir? Lo que había estado persiguiendo era una quimera, un sueño, algo imposible. Como la lluvia antes de caer.

 

Qué placer volver a leer este libro, qué tarde he pasado sin poder dejarlo. Ya lo había leído hace años pero en esta segunda lectura lo he disfrutado mucho. Qué gran lección de vida nos dio Nelson Mandela. Qué altura de miras y qué manera de hacer política con letras mayúsculas.

Quizás, por estos turbios momentos que se viven a lo largo y ancho del mundo, estos hombres que hicieron una labor ingente en un país complicadísimo y con miles de problemas, nos emociona tanto leer una parte de su vida.

Así explica John Carlin como empezó a escribir este libro.

Pero lo que faltaba en mi opinión, era un libro sobre el factor humano, sobre lo milagroso del milagro. Lo que yo tenía en mente era una historia positiva que mostrase los mejores aspectos del animal humano; un libro con un héroe de carne y hueso; un libro sobre un país cuya mayoría negra debería haber exigido a gritos la venganza y, sin embargo, siguiendo el ejemplo de Mandela, dio al mundo una lección de inteligencia y capacidad de perdonar.

Mandela pasó 30 años de su vida en dos cárceles, la primera en una isla frente a las costas de Sudáfrica; durante 18 años permaneció en un pequeña celda, sin casi comunicación. Ahí empezó a trazar su plan de ir conquistando uno a uno de sus carceleros para poder explicar lo que el quería hacer en su país.

Su celda, su casa, durante 18 años, era más pequeña que un cuarto de baño, tenía una pequeña ventana con barrotes, que daba a un patio de cemento en el que los presos se sentaban durante horas a romper piedras. Mandela dormía sobre un colchón de paja, con tres mantas muy finas, que eran la única protección contra el frío viento de los inviernos del Cabo.

https://youtu.be/1DvdQQqLo4E

En 1990 salió de la cárcel, tenía 71 años. En ese tiempo se ocupó de estudiar otros idiomas de su país para poder entender a los africakaners. Explicó a sus adversarios que él no quería venganza, que él lo que quería era que en su país todos los ciudadanos tuvieran las mismas posibilidades. El apartheid que venía implantado desde 1948, era considerado como la ley más dura que se conocía.

En Sudáfrica había un distrito negro junto a cada ciudad blanca. Pero, aunque los distritos negros siempre tenían muchos más habitantes, en los mapas solo aparecían las ciudades blancas. Los distritos eran las sombras negras de las ciudades.

En 1990 ya en la calle, empezó a recorrerse todas las ciudades de su país, sus pueblos y sus barrios, quería conocer a fondo como estaba todo. Su único empeño era no pagar con la misma moneda. Tuvo problemas con la población negra, que no entendían esa manera de actuar, cuando eran tratados, perseguidos y encarcelados en su propio país.

Vivían en la misma órbita general de la gente más privilegiada del mundo occidental. Sus vidas consistian en su hogar y su trabajo, en disfrutar de una existencia tranquila y confortable. La política no solía interesarles. La diferencia estaba en que vivían al lado de unas personas que estaban entre las más pobres y peor tratadas del mundo , y en que su buena suerte, la razón por la que los sudafricanos blancos tenían seguramente el mayor nivel de vida del mundo y, desde luego, la mejor calidad de vida, dependía de la desgracia de sus vecinos negros.

Mandela es presidente en el año 1994, el país estaba al borde de una guerra civil, los problemas se multiplicaban, los negros porque querían que todo se arreglase más rápido y los blancos porque tenían miedo de lo que podría pasar.

Y sucedió lo increible, hizo que los blanco y los negros se unieran en un solo país. Es emocionante leer esa parte del libro. Mandela implica a los jugadores del rugby, los Springboks, para que el partido de la final del mundo que jugarán contra los All Blacks  de Australia, sea el punto de unión de los sudafricanos.

Le salió redondo, ganaron y todo el país se unió a sus jugadores, que siempre fueron el brazo más popular del apartheid. El libro está lleno de curiosidades, lleno de humanidad, lleno de emoción.

En la cárcel leía siempre un poema de William Ernest, “Invictus”

INVICTUS

En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable.

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En las garras de las circunstancias
no he gemido, ni llorado.

Ante las puñaladas del azar,
si bien he sangrado, jamás me he postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror.

No obstante, la amenaza de los años me halla,
y me hallará, sin temor.

Ya no importa cuan recto halla sido el camino,
ni cuantos castigos lleve a la espalda:

Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma.

 

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Después de leer “París era una fiesta” de Ernest Hemingway, viajé a París y uno de los sitios que visité fue esta preciosa librería al ladito mismo de Notre Dame. No es la librería original de Silvia Beach, pero mantiene esa cosa maravillosa, libros por todos sitios, se caen de las estanterías, la gente puede sentarse en cualquier sitio y leer, es verdaderamente una joya que yo recomiendo a la gente que viaje a París.

Después del viaje me compré este libro, y la verdad es que fue un disfrute leerlo, de la mano de la dueña de esa mítica librería, sus historias, sus reuniones con escritores, sus publicaciones, su vida cotidiana y el devenir de la ocupación nazi.

“La editora de la novela más importante del siglo…; probablemente, la mujer más conocida de París…; sin duda una de las figuras más destacadas de las letras contemporáneas…; la más importante embajada literaria estadounidense en Europa…; durante veinte años, la librería más famosa del mundo.” Con estas palabras describe el historiados de la edición Hugh Ford a Sylvia Beach y a su librería Shakespeare and Company.

Sylvia llegó a París en 1919 y se quedó allí hasta su muerte. Puso su primera librería en el número 12 de la calle l’Odéon, en pleno barrio Latino y muy cerca del bosque de Bolonia. Allí se reunían para leer, y conversar los escritores más importantes como, Paul Valéry, Hernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Gertude Stein, James Joyce y muchos más.

Sylvia con Hemingway en la puerta de la librería

Shakespeare and Company abrió sus puertas el 19 de noviembre de 1919. Muchos amigos esperaban la apertura y pronto se corrió la noticia de que el día había llegado. No obstante, no esperaba ver a nadie aquel día. Y eso sería lo mejor, pensé. Pero cuando se abrieron las puertas los primeros amigos empezaron a llegar. En adelante y durante mas de veinte años, no me dieron ni un minuto de respiro.

Cuenta como conoció a James Joyce, y como ella es la primera editora de su famoso libro Ulises. Un libro prohibido en muchos sitios y Sylvia tuvo que trabajar duro para poder sacarlo a flote. Cada edición que salía era corregida por varios expertos. Pero James Joyce a pesar de su  casi ceguera veía más que ninguno.

Para el Ulises VIII hice rehacer la tipografía y corregir las erratas de la primera edición. Contraté a un correctos que era muy minucioso, él leyó el libro varias veces. Yo también lo leí, pero como no soy una experta, no sirvió de nada. Cuando apareció la VIII edición, le mostré una edición a Joyce. Inspeccionó ávidamente las primeras páginas con la ayuda de sus dos pares de gafas más una lupa y enseguida oí una exclamación: “¡ Ya he encontrado tres errores!”

Sylvia con James Joyce

Sylvia dice que su mejor cliente fue un joven aprendiz de escritor que se llamaba Hernest Hemingway. Así cuenta como veía a este escritor cuando llegaba a la librería con su hijo Bumby.

Aún me parece que los veo a los dos, padre e hijo, viniendo hacia la tienda cogidos de la mano. Bumby, subido en un alto taburete, observaba muy serio a su padre, sin mostrar ninguna impaciencia, esperando a que le cogiera en brazos; supongo que a veces debía de parecerle una larga espera. Luego los veía marcharse a los dos, pero aún no se iban a casa, pues tenían que esperar fuera, mientras Hadley hacía la limpieza.

Muchas anécdotas de la vida literaria de aquel momento y también de la vida cotidiana de todos ellos. un libro para releer de vez en cuando, una delicia.

Sylvia tuvo que cerrar su librería y esconderse pues los nazis querían capturar. Pasaron meses de mucha incertidumbre y miedo, pero llegó Hemingway y liberó esa calle, l’Odeón.

Yo en la placita de la librería en París

Yo en la placita de la librería en París

Todavía había tiroteos en la calle, y ya empezábamos a estar hartos de los alemanes, cuando un día subió por la calle una hilera de jeeps y se detuvieron frente a mi casa. Oí una voz grave que gritaba ¡Sylvia! Y toda la calle gritó mi nombre.

¡Es Hemingway!. Bajé corriendo y chocamos. Me cogió me dio varias vueltas en el aire y me besó, mientras la gente que estaba en la calle y en las ventanas nos vitoreaban.

Hemingway y sus hombres bajaron a la calle de nuevo y se alejaron en sus jeeps para liberar, según palabras del escritor, “el bar del Ritz”

La librería actualmente

Para ir más despacio no se ha encontrado nada mejor que andar. Para andar hacen falta ante todo dos piernas. Todo lo demás es superfluo. ¿Quieren ir más rápido?Entonces no caminen, hagan otra cosa; rueden deslícense, vuelen. No anden. Caminando sólo una hazaña importa: la intensidad del cielo, la belleza de los paisajes. Andar no es un deporte.

El libro, que me lo dejó Consuelo, una andarina de muchos años y de muchos kilómetros, está lleno de filosofía de esto que llamamos caminar o andar. A mí particularmente me gusta mucho la palabra caminar, me da la impresión que deambulas por caminos, por campos, por paisajes a descubrir y esa sensación es la que nos impulsa a tanta gente a coger las zapatillas y salir.

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Frédéric Gros nos hace un recorrido muy interesante por personajes de la cultura y su afición a caminar. Por ejemplo Nietzsche, que sufría de migrañas.

Exceptuando algunas líneas, todo ha sido pensado y esbozado a lápiz en seis pequeños cuadernos, mientras caminaba.

Me ha encantado descubrir a Thoreau, escritor americano que entre otros libros escribió “Caminar” o un “Paseo de invierno”.

Caminando no se hace nada más que caminar. Pero no tener nada que hacer más que caminar permite recuperar el puro sentimiento de ser, redescubrir la simple alegría de  existir, la que constituye la esencia de la infancia. Así, la marcha, al liberarnos de carga, al arrancarnos la obsesión del hacer.

Quiero decir que caminar es un juego de niños. Maravillarse del día que hace, del brillo del sol, de la grandeza de los árboles o del azul del cielo.

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En otro momento del libro nos habla de peregrinar, los grandes lugares como Roma, Jerusalén o Santiago de Compostela. O la curiosa historia de un peregrinaje en México.

Inherente a la peregrinación es también la utopía de un renacimiento cósmico. Esto es cierto en la gran marcha del peyote, que lleva a cabo el pueblo de los huicholes, en México. Esta comunidad que vive en ciertas regiones montañosas de Sierra Madre, recorren todos los años después de la recogida del maíz, en pequeños grupos más de cuatrocientos km por caminos pedregosos y pistas polvorientas, hasta el desierto de San Luis de Potosí, donde crece el peyote, un pequeño cactus sin espinas que conjuga virtudes medicinales y poderes alucinógenos. Lo recogen en grandes cestos de mimbre y vuelven a casa cantando.

Los filósofos griegos que siempre se les representan caminando, caminar y pensar es todo una forma de vida. El libro termina con Gandhi.

En diciembre de 1920, Gandhi anuncia la independencia de la India “para el año siguiente” si todos siguen el camino que ha trazado para liberarse de la tutela inglesa.

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Un delicioso libro que te habla de una vida más serena, elogia la tranquilidad, la reflexión y sobre todo la vida en el campo. Termino con una frase que me gusta.

Andar no exige aprendizaje, ni técnica, ni dinero. Sólo requiere de un cuerpo, de espacio y de tiempo. Cada día son más los aficionados a caminar y todos ellos obtienen los beneficios de esa propensión: sosiego, comunicación con la naturaleza y plenitud.

Como decía Machado; se hace camino al andar

Siempre es un placer pasar unos días en Madrid, las que vivimos en provincias apreciamos mucho poder ver una bonita exposición, pasear el Madrid de los Austrias, o pasar a ver una exposición de fotos en la Caixa Forum. Para mi es un regalo, porque además de todo esto, allí tengo a dos de mis cuatro nietos, y este es uno de los motivos mejores para visitar esta ciudad. Esto de ser abuela es lo mejor que me ha pasado, todo el tiempo se lo dedicas a ellos, y nada es más importante. Me cuenta mi hija María que Ángel Gabilondo en una entrevista decía más o menos esto. “Que somos abuelos a estas edades porque todo el tiempo nos lo pasamos mirado a los nietos, porque cuando tienes hijos, estas tan ocupado en trabajar …,el tiempo da igual y da igual todo lo demás, nuestro tiempo está dedicado a ellos”. Es una enorme verdad

Bueno, pues además de dedicarles ese tiempo, hemos ido a una interesante exposición al Reina Sofía, una exposición única porque el museo de Basilea, Kustmuseum, que está de obras, ha donado gratuitamente, hasta septiembre, parte de su obra modernista al Reina Sofía; Rothko, Barnett Newman, Much, Picasso, Giacometti y un sinfín de vanguardias. Una exposición intensa, amplia y muy recomendable.

Cuadro negro de Rothko

Cuadro negro de Rothko

Y después del atracón cultural nos fuimos al Matadero a comer. Me encanta el Matadero, mi hija María vive muy cerca y yo paseo mucho por ese lugar al lado del Manzanares. Comimos rica comida en un restaurante,”Sagás” que es una sala de teatro, así que el día fue perfecto.

Al día siguiente Leo jugaba la final de Baloncesto entre colegios. Él pertenece al colegio Arquitecto Gaudí, allí estuvimos como casi todos los años, es emocionante ver un partido entre chiquillos. Juegan fenomenal y aprenden a perder y a ganar, según toque. Esta vez nos tocó perder.

A pesar de la lluvia, el aire y un tiempo otoñal que nos ha acompañado estos días en Madrid, sigo diciendo que es un placer pasear, visitar la tienda de Appel en la puerta del Sol, preciosa, comprar unos dulces en La Mallorquina. Las calles de el barrio de Las Letras, la cuesta de Moyano para echar un vistazo a los libros que nos ofrece. Y como siempre pasar a la librería La Central a ver novedades.

Y ya hoy domingo me tocaba coger el AVE de vuelta a mi casa, pero antes hemos aprovechado a despedirnos con un desayuno clásico en Madrid y en toda España, churros con chocolate en San  Ginés. Recomiendo a los que vayan por Madrid que se pasen por esta Churrería que abre sus puertas todos los días del año. El café bueno, el chocolate muy rico y los churros insuperables, y el precio estupendo, no se puede pedir más.

Sitio mítico en Madrid, donde Valle Inclán iba a tomar churros y en su novela “Luces de Bohemia” habla de este sitio. Un lugar muy especial y muy recomendable.

Me vengo a casa, feliz por esos días de regalo donde yo no tengo casi espacio para mí, los niños llenan todos los lugares y yo les dejo que sea así. Ellos disfrutan y yo también.

Siempre se dice que los libros son mejores que las películas, y es cierto. Pero en este caso la película es una preciosidad y no desmerece nada a este libro. Aquí se da el caso de que el libro es muy bueno y la película también. Gregory Peck hace un brillante papel de ese padre y abogado Atticus Fich.

Hace muchos años que leí este libro, pero no me resisto a traerlo a estas páginas para recordar esta historia que me  emocionó tanto, y por si acaso, alguien no lo ha leído, que no se lo pierda.

Harper Lee escribió este libro y nunca más volvió a escribir otro, dicen que no aguantó el éxito que obtuvo con esta publicación. Fue muy amiga de Truman Capote, le ayudó en la investigación que hizo éste, para su libro “A sangre fría”.

 Atticus, es abogado y vive en un pequeño pueblo de Alabama, Maycomb, con su hijo Jem, su hija Scout, una niña de unos 7 años, rebelde y protestona y la mujer que les cuida, una mujer negra llamada Calpurnia. La vida transcurre serenamente, Scout es la que nos relata el día a día de una vida  tranquila en un pueblo.

Vivíamos en la mayor calle residencial de la población, Atticus, Jem y yo, además de Calpurnia, nuestra cocinara. Jem y yo hallábamos a nuestro padre plenamente satisfactorio: jugaba con nosotros, nos leía y nos trataba con un despego cortés.

Nuestra madre murió cuando yo tenía dos años, de modo que no notaba su ausencia. Yo no la eché de menos, pero creo, que Jem, sí. La recordaba claramente; a veces, a mitad de un juego daba un prolongado suspiro, y luego se marchaba a jugar solo detrás de la cochera. Cuando estaba así, yo tenía el buen criterio de no molestarle.

Atticus ejerce de abogado en un momento donde la segregación racial es un grave problema en el sur de EE.UU. Es un hombre justo que comparte su trabajo con la educación de sus dos hijos, ya que perdió a su mujer cuando estos eran pequeños.

Scout, ¿estás a punto para leer?

El Señor me enviaba más de lo que podía resistir, y me fui al porche de la fachada. Atticus me siguió.

-¿ Te pasa algo Scout?

Yo le dije que no me encontraba muy bien y que, si él estaba de acuerdo, pensaba no volver más a la escuela.

Atticus se sentó en la mecedora y cruzó las piernas. Sus dedos fueron a manosear el reloj de bolsillo; decía que sólo de este modo podía pensar. Aguardó un amistoso silencio, y yo traté de reforzar mi posición.

-Tú no fuiste a la escuela y te desenvuelves perfectamente; por tanto yo también quiero quedarme en casa. Puedes enseñarme tú, lo mismo que el abuelito os enseñó a ti y al tío Jack.

No, no puedo, respondió. Además, si te  retuviera en casa me encerrarían en el calabozo…. Una dosis de magnesio esta noche y mañana a la escuela.

Todo cambia cuando Atticus decide defender a un chico negro, Tom Robinsom, que lo culpan de haber violado a una chica blanca. Aquí la vida de todos cambia, hay gente que no entiende esa defensa y los niños sufren lo que otros compañeros de escuela comentan de su padre. Un día vieron como un vecino escupía y le insultaba al paso de Atticus. Así le explica a su hijo ese momento:

Cuando lo dijo lo decía en serio, -adujo Atticus-. Jem, a ver si sabes ponerte en el puesto de Bob Ewell durante un minuto. En el juicio yo destruí el último vestigio de crédito que mereciese su palabra, tenía que tomarse algún desquite; los de su especie siempre se lo toman. De modo que si el escupirme en la cara consiste en eso, acepto gustoso estas afrentas. Con alguien había de desahogarse, y prefiero que se haya desahogado conmigo antes que con la nidada de chiquillos que tienen en casa. ¿Lo comprendes?

Después de aquello ya no tuvimos miedo. Atticus nos aseguraba que a Tom no le pasaría nada hasta que el tribunal Superior revisara su caso, y que tenía muchas posibilidades de salir absuelto.

Un libro para disfrutar de su lectura, lleno de sensatez. Unos niños que se hacen preguntas ante tanta barbarie y un padre que intenta hacerles reflexionar sobre la vida. Entrañable ver como esos niños ven la vida, y sobre todo como aprenden que el color no diferencia a nadie, y que todos debemos ser respetados.

https://youtu.be/P2yVZRAtaa4

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