El aljibe de la memoria de Román Serrano López

Historia de una familia en la Guerra civil española

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El otro día, me invitaron a la presentación de este libro, escrito por un amigo que llevaba muchos años rastreando la historia de su familia;como siempre que te enfrentas a leer un libro de un amigo tienes ese sentimiento de duda o de qué me voy a encontrar; en este caso la duda desapareció en las primeras páginas y lo que me encontré fue un emocionante relato de una familia que vivió entre Puertollano y Valencia, que sufrió los rigores de la guerra y los sufrimientos que derivaron en la posguerra.

Contemplar el mismo paisaje que un día vieron mi madre y mis abuelos maternos me llenó de emoción. Aunque no ignoraba que era un deseo irrealizable, tuve la sensación, al encontrarme en el mismo lugar en el que ellos estuvieron un día, de que era posible encontrármelos, romper la infinita frontera de ausencia que nos separa de aquellos que amamos y que hemos perdido para siempre.

Román Serrano,el autor del libro, ha hecho un merecido homenaje a su abuelo, José Antonio López, y a varios tíos que, sin haber hecho nada execrable, como muchos españoles, fueron fusilados sin juicio y sin el perdón que después de ganar una guerra, se esperaba de los ganadores.

Todos sabían que era un hombre comprometido y muchos recordaban su larga trayectoria  de luchador en el seno del movimiento obrero de Puertollano desde los años en los que se  constituyó la Asociación de Mineros “La Precisa” de la que fue uno de los fundadores y miembro de varias juntas, incluso llegó a ser presidente.

Me ha gustado su relato, me ha interesado el devenir de esa familia que intentaba sobrevivir en un pueblo de La Mancha, donde todos se conocían y era casi imposible poder levantar la cabeza con dignidad para poder restituir la maltrecha vida de todos ellos.

De los pocos trabajos que no necesitan recomendaciones, era el de la mina. Esto hizo posible que Tomás, el mayor de los hermanos, volviera al oficio de minero, pero casado y con un hijo pequeño poca era la ayuda económica que podía aportar a su madre y hermanos. A María y Justa, con veinticuatro y diecisiete años, no se les caían los anillos a la hora de trabajar y aprovechaban  cualquier oportunidad que permitiera ganar unas pesetas: en los meses de cosecha iban a recoger chícharos, por lo que pagaban un pan moreno y cinco pesetas a cada una.

Siempre que leo un libro sobre la guerra civil, quedo impresionada por ese terror que se extendió por todos los pueblos, esas acusaciones de unos a otros, por miedo o por venganzas, ese aire irrespirable que se extendía casa a casa y calle a calle. Román lo describe muy bien con una escritura sin odios ni nada que se le parezca, es un relato hurgando en la verdad y en la investigación seria y machacona durante años, y sobre todo en largas charlas con su madre y un tío que le relataron todo lo que pasó en su familia y cómo a edad avanzada tenían claro todos los acontecimientos vividos en esa casa.

Confiábamos en que los vencedores serían justos, pues mi padre y mis hermanos no habían hecho otra cosa que luchar en defensa de la República, pero teniendo en cuenta lo que estaba pasando fue una ingenuidad esperar justicia de los franquistas. Todavía no me explico cómo pudimos creer en sus promesas de paz y perdón.

En mi casa se respiraba un aire triste y melancólico, como si el dolor anidara en cada uno de los rincones. Mi madre una mujer rota, más muerta que viva, que adolecía del mal de las ausencias.

Me lo leí de una tirada, me enteré de hechos acaecidos que no conocía, como la matanza de seminaristas en la estación de Fernán Caballero, me emocioné leyendo la carta de su tío días antes de su ejecución, viví la vida intensa de una ciudad minera y de sus sindicatos, la lucha de las familias por comer o por buscar trabajo en una España gris, llena de odios donde los perdedores sufrieron doblemente.

Desde la cárcel

Suponiendo mi última hora.

Recuerdo

Querida madre y hermanos: os dirijo mis últimas palabras y letras en la agonía de la muerte, que son arrancadas del corazón ya que la inocencia me obliga porque soy inocente del rencor que me lleva a ella. No puedo deciros más porque la pena me ahoga. Así que muero sin culpa, sépalo VD.

Santiago López.

Una historia más, una historia familiar en un pueblo de La Mancha, como tantas y tantas a lo largo de España, esta es más especial porque lo escribe el nieto, Román Serrano que tuvo la curiosidad de preguntar e informarse de los hechos que sufrieron su familia.

Recuérdalo tú  y recuérdalo a otros.

Luis Cernuda

Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi

Historia de un periodista en la época del dictador Salazar en Portugal

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Hace años me regalaron este pequeño libro, y el otro día limpiando mi estantería lo encontré, andaba escondido entre libros más grandes, lo ojeé y  volví a releer algunos párrafos de este precioso libro, que para nada, me dejó indiferente, se ve claramente por la cantidad de subrayados que tengo en sus páginas.

En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte.

Antonio Tabucchi publicó esta joya en 1995 y ese mismo año se hicieron 5 ediciones y al año siguiente otras tantas, se tradujo a más de 20 idiomas, un gran éxito que le valieron varios premios, el Capiello, Vieraggio y el Premio Europeo Jean Monnet.

Se dirigió al café Orquídea, que estaba allí a dos pasos, pasada la carnicería judía, y se sentó en la mesa, pero dentro del local, porque por lo menos tenían ventiladores, visto que fuera no se podía estar a causa del bochorno. Manuel, el camarero le trajo su limonada y precisamente el periódico el Lisboa.

Pereira es un periodista que lleva la sección de cultura del periódico, El Lisboa, en el año 1938, cuando la dictadura de Salazar hacía estragos en el país vecino. Él no quería saber nada de política, era un viejo viudo, que hablaba con la fotografía de su mujer y paseaba por la Lisboa de esos años.

¿En que mundo vivo? Se pregunta. Y se le ocurrió la extravagante idea de que él, quizá, no vivía, si no que era como si estuviese ya muerto. Desde que había muerto su mujer, el vivía como si estuviera muerto. O, más bien, no hacía nada más que pensar en la muerte, en la resurrección de la carne, en la que no creía, y en la tontería de esa clase, la suya era sólo una supervivencia, una ficción de vida.

De la mano de Pereira recorremos Lisboa y paseamos desde el número 66 de la Rua Rodrigo da Fonseca, donde se encuentra la redacción del suplemento, hasta su casa, en la Rua da Saudade. Seguimos recorriendo esa preciosa ciudad por  Avenida Liberdade, con sus hermosos edificios, después un paseo por do Praço y de allí al castillo. Seguimos paseando con Pereira hasta llegar a su café favorito, El Orquídea, un café literario al que acude casi todos los días y donde  un solícito camarero, Manuel, le informa puntualmente de la actualidad, los rumores y los tejemanejes de las autoridades.

Él se puso a pasear tranquilamente por la acera central y en ese momento, sostiene, comenzó a oír la música. Era una música dulce y melancólica, de guitarras de Coimbra y encontró extraña esa conjunción de música y policía. Pensó que venía de la Praca da Alegría, y efectivamente así era, porque a medida que se acercaba, la música aumentaba de volumen. 

Hasta que un día, un joven periodista, Monteiro Rossi , que escribe necrológicas, entra en la vida de este viejo, obsesionado por la muerte y le hará ver a través de sus ojos, todo lo que la ciudad  está viviendo en esos momentos con la férrea dictadura  y la dramática guerra en el país vecino, España.

Ese chico tiene la política metida en la cabeza y  plantea todo desde el punto de vista político, a decir verdad creo que es su novia la que le mete todas esas ideas, ya sabe, fascismo, socialismo, la guerra civil española y cosas parecidas.

Y ahora me ha surgido una duda, ¿y si esos dos chicos tuvieran razón?. Si ellos tuvieran razón, mi vida no tendría sentido, no tendría sentido haber estudiado Letras en Coimbra y haber creído siempre que la literatura era la cosa más importante del mundo.

Sus reflexiones dan un gran giro, cuando conoce a Cardoso, un médico que, además de cuidarle la salud,  le hace reflexionar sobre su vida anclada en el pasado y a tomar conciencia política de la vida. Pereira escribió un artículo contra la represión que estaban sufriendo en Portugal y tuvo que exiliarse.

“Asesinato de un periodista”. Se llamaba Franceso Monteiro Rossi, era de origen italiano y colaboraba en nuestro periódico con artículos y necrológicas. Escribió textos sobre grandes escritores de nuestra época. Era un muchacho alegre, que amaba la vida pero que se le había encargado escribir sobre la muerte, labor a la que no se negó. Y esta noche la muerte ha venido a buscarle…

 

Deliciosa novela, Tabucchi escribe al final que conoció a un periodista y le contó su historia, la historia que acabamos de leer.

Se hizo una película sobre este libro como  protagonista el gran Marcelo Mastroniani.

El último encuentro de Sándor Márai

Historia de una amistad

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Leí hace tiempo “La mujer justa” de Sándor Márai, y me impresionó la forma tan exacta de colocar palabra tras palabra para construir una historia maravillosa, llena de matices y de puntos de vista sobre el tema de ese libro.

Ahora acabo de leerme este otro y me ha vuelto a fascinar esa forma de escribir. No es un libro muy extenso, pero lleno de reflexiones sobre la verdad, la amistad, la infidelidad, temas recurrentes en este escritor.

Henrik y Konrád, se conocen cuando eran jóvenes en la academia donde estudiaban, allí se fragua una gran amistad que duraría en el tiempo hasta que una circunstancia la rompe .

La amistad entre los dos muchachos era tan seria y tan callada como cualquier sentimiento importante que dura toda la vida.  Y como todos los sentimientos grandiosos, también contenían elementos de pudor y de culpa. Uno no puede apropiarse de una persona y alejarla de todos los demás sin tener remordimientos.

Los dos amigos de diferentes capas sociales, Henrik, hijo único de una familia acaudalada, vive en un castillo a los pies de los Cárpatos. Konrád, de familia más humilde pero dedicado a la música, su familia tenía amistad con Chopin. Estos dos amigos, crecen y a pesar de las diferencias, la amistad es una de las claves de esa vida feliz que disfrutan los dos.

Henrik y Konrád, no se permitían broma alguna sobre su relación. Había algo en ella, ternura, seriedad, entrega, algo de fatalidad y todo este resplandor desarmaba hasta a los más bromistas. En toda comunidad humana se tienen celos de este tipo de relaciones. La gente no desea nada con más fervor que una amistad desinteresada.

Cuarenta años esperó Henrik a Konrád, para que a su vuelta de Oriente, venga a cenar con él y allí, en esa cena hablen sobre las circunstancias que les hicieron perder su amistad.

¿Qué quieres decir con todo eso?, dice Konrad. Me fui, y tenía derecho a hacerlo. Quizás haya tenido además mis razones. Es cierto que me fui muy de repente, sin despedirme. Seguramente pensaste y supiste que no había podido hacer otra cosa, que me sentí obligado a obrar así.

¿Qué no pudiste hacer otra cosa?. Mira a su invitado, con ojos penetrantes, como si el otro fuera un objeto. De eso se trata exactamente. Eso es lo que me ha dado que pensar, desde hace mucho tiempo. Desde hace cuarenta y un años, si no me equivoco.

La cena discurre en el comedor del castillo, donde años antes cenaban amigablemente los dos y la mujer de Henrik, Krisztina. Y allí se desarrolla todo. Henrik quiere saber qué pasó el día que fueron a cazar  los dos amigos, por qué Konrád lo apuntó con su fusil y casi lo mata.

Es lo que siente el leopardo cuando se prepara a saltar, la serpiente cuando se yergue entre las rocas, el cóndor cuando desciende de las alturas, y el hombre cuando contempla su presa. Esto mismo sentiste tú, quizás por primera vez en tu vida, cuando en aquel bosque, en aquel punto de acecho, levantaste el arma y apuntaste para matarme

Esa cena, se desarrolla en casi un monólogo, donde Henrik quiere saber todo lo que pasó, y a través de esas preguntas que va desgranando Enrik, vamos conociendo toda esta historia de engaño, infidelidades, y amores.

Éramos amigos, no compañeros, compinches, ni camaradas. Éramos amigos, y no hay nada en el mundo que pueda compensar una amistad. Ni siquiera una pasión devoradora puede brindar tanta satisfacción como una amistad silenciosa y discreta, para los que tienen la suerte de haber sido tocados por su fuerza.

Enrik pregunta y repregunta pero Konrad escucha y no contesta, que pasó con Krisztina, por qué huyó sin despedirse de nadie,  y por qué ha vuelto cuarenta años después para encontrarse con esos lugares que para él fueron toda su vida.

¿Quieres que leamos el mensaje de Krisztina juntos?… pregunta el general.

No, responde Konrád.

¿No quieres, o no e atreves?

Se miran fijamente durante largos minutos, por encima del diario que el general ofrece a Konrád, sin que sus manos tiemblen.

Con un movimiento lento, arroja el libro a las brasas. Las brasas empiezan a arder, acogen a su víctima, absorben lentamente la materia del cuaderno, y unas pequeñas llamas se alzan entre las cenizas oscuras.

Muy intenso todo, yo aconsejo leer a este escritor, que en algo se parece a Stefan Zweig. Escritor húngaro que nació en 1900 y muere en California en 1989, y como Stefan Zweig, se suicidó.

Tú no eres como otras madres de Angelika Schrobsdorff

una familia en la segunda guerra mundial

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Me acabo de leer esta  emocionante historia de una familia alemana-judía en los alegres años 20; una familia de la alta burguesía que vivían sin problemas, y se consideraban alemanes por los cuatro costados.

Else Kirschner, protagonista de esta historia, relatada por su tercera hija, Angélika, vivió intensamente esos años, no se ajustó a ninguna norma, era libre y así lo demostró en la primera elección de su primer marido, un hombre sin futuro y bohemio como ella.

No puedes imaginarte cuánto nos divertíamos, dice Ilse. Me lo puedo imaginar perfectamente, ¿y por qué no deberían haberse divertido?. Eran jóvenes, exaltados,  confiados, egocéntricos, enamorados de la vida, enamorados del amor. Habían vivido la abdicación del káiser, los avatares y dolores del parto de la República de Weimar, la inflación, el paro masivo, el crac económico. No ganaban para sustos…

Tuvo tres hijos con cada uno de los hombre que se enamoró, vivió el amor libre, fiestas en casa hasta altas horas de la noche; era una mujer apasionante y apasionada, rodeada de gente siempre y  tenía la diversión como bandera.

Siempre mantuvo buenísimas relaciones con sus parejas, y siempre se ocupó de sus hijos amorosamente. Su último marido y padre de la escritora, era un alemán de la alta burguesía,  siempre la ayudó en los peores momentos.

Cuando llega Hitler al poder, no se pueden creer que los alemanes acepten a un criminal, y que Europa y el mundo no haga nada para salvar a Alemania de este personaje. Pero esa incredulidad que le durará todo el tiempo no la va a salvar de las leyes anti judíos que se promulgaban a una velocidad increíble.

La intentona de Kapp, que amenazaba con hacer de Berlín un campo de batalla; la huelga general de veinticuatro horas de los obreros socialistas, que la convirtió en una ciudad fantasma; la inflación galopante, tras la cual  la gente corría con maletas llenas de dinero sin valor; el desempleo, que serpenteaba por la ciudad en forma de grises colas humanas… todos aquellos vendavales que azotaban Alemania, comprometiendo la existencia del individuo, despejaban el terreno para las futuras calamidades.

De alguna manera tiene que explicarles a sus hijos qué significa ser judíos, pues ellos se consideran alemanes y ahora tienen que enfrentarse a todos estos avatares que les hará cambiar esa vida radicalmente.

El año 1933 aportó tres acontecimientos: Adolf Hitler se convirtió en canciller del Reich;  ante estos acontecimientos quedaron conmocionados, horrorizados, fuera de sí.

Tienen que salir de Alemania, ella con sus hijas, se marchan a Sofía, por una boda ficticia con un búlgaro, y se instalan allí, en una casita, sin nada. Aunque su tercer marido las visita, y les manda todo lo que puede, hasta que poco a poco esas visitas son cada vez más difíciles y sucumben absolutamente a la pobreza total.

El 13 de marzo de 1938, el ejercito alemán entró en Austria. Los decretos emitidos ese año fueron los siguientes: los judíos deberán declarar su patrimonio. Los judíos no podrán ejercer determinadas actividades profesionales. Los judíos deberán llevar tarjetas de identidad a partir del 1 de enero del 39. Los médicos judíos serán considerados meros “tratadores de enfermos”…

Tienen que irse al campo, Bujovo, a casa de unos campesinos que los recogen, allí viven el final del fascismo y aunque enferma y débil se alegra de ese final de la guerra, aunque los aires no son de tranquilidad.

Para mí, Bujovo, fue una revelación. Nuca antes y nunca después he estado más cerca de la vida que allí, me he sentido tan libre, tan segura, tan física y anímicamente sana, tan despreocupadamente feliz. Bujovo me enseñó lo que es la vida en su forma primigenia, lo que pueden ser las personas que viven desde el corazón. Nunca antes y nunca después he conocido una generosidad tan desinteresada como las de esos campesinos sin recursos, nunca una actitud tan noble frente a personas extrañas de las que sólo sabían que pasaban necesidad, nunca una empatía tan profunda y genuina.

Una apasionante historia, llena de humanidad, de dolor, de buenos momentos y de un final de la vida triste y sin esperanzas.

Angelika, escribió este libro, cuarenta años después de pasar todos estos acontecimientos. El libro ha recibido el premio de los libreros de Madrid y va por su novena edición.

 

 

Clarissa de Stefan Zweig

Historias en la primera guerra mundial

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Siempre lo digo, pero es que este escritor es uno de mis preferidos, todo lo que he leído de él, y ya me he leído algunos de sus libros, son inmejorables y este último no desmerece, para nada, de los anteriores.

Esa forma de describir minuciosamente los sentimientos de las personas comunes, esa forma de oponerse radicalmente frente a las guerras y a favor de la paz, un escritor comprometido con una Europa culta y de derechos humanos, nos describe una historia en su Austria natal, de principios de siglo XX.

Por fuerza. Pero ¿por ese motivo tiene que paralizarse también la vida en el interior de uno mismos? El mundo necesita una nueva organización. Y hay que trabajar para alcanzarla. Igual que hizo Tolstoi, igual que han hecho los mejores. Ya lo ve, nos movemos en un circulo muy estrecho, pero tenemos la sensación de que lo llenamos por completo.

Clarissa, pierde a su madre cuando era muy joven, y su padre, un militar austriaco, la manda a un internado, donde pasará diez años de su vida; igual que su hermano que también se educará en un colegio. El padre es una figura lejana, y algo distante, un hombre que no sabe demostrarles el cariño a ninguno de sus hijos.

Era un padre decorativo, el orgullo con el que sueña cualquier niño; un padre que parecía sacado de un libro, una especie de emperador o príncipe terrenal acompañado siempre por el tintineo de su espada. Aquel hombre deslumbrante que luego se dirigía a su hija y le daba un leve y tierno beso, con el que ella notaba el aroma del agua de colonia, en su frente sonrojada de felicidad.

A los 18 años, Clarissa sale del colegio y busca trabajo, lo encuentra con un médico amigo de la familia que le ayuda a crecer y a conocer el mundo científico que le rodea. En un viaje que hace a Suiza conoce a un joven francés y se enamoran. Parten a un viaje sin rumbo, descubriendo pueblos y lagos del norte de Italia a la vez que descubren su amor. Hasta que un día leen en un periódico que la primera guerra mundial está a punto de estallar.

Clarissa sintió una intensa emoción. Percibió la serenidad y la humanidad que él desprendía y, sin ser consciente de lo que hacía, se puso las manos en los hombros en el lugar donde él la había abrazado el día anterior en un arrebato de gratitud; no necesitaba palabras dulces. Todo era sincero y claro. Se sentían obligados a hablar con franqueza en el momento de la despedida

Ese hecho los separa y cada uno marcha a sus países, Leonard a Francia y Clarissa a Austria. La guerra arrasa con todo, y ella entra a trabajar como enfermera. Hasta que un día se da cuenta que está embarazada.

Se despidieron. Firmes y en silencio. Leonard regresó una vez más al coche para coger su Montaigne; ella sabía que era su libro favorito. Él se lo dio: lo abrió por la primera página y escribió de su puño y letra: primero de agosto de 1914.

La vida de Clarissa pasa por todo, como mensaje de lo que es una guerra. Stefan Zweig  escribió esta obra como testamento de sus ideales para una Europa que se desmorona ante sus ojos.

Sólo hay una posibilidad de conservar una actitud normal y humana ante la guerra: verla por ti mismo y no dejar que te la expliquen sus instigadores, que jamás pisarán el frente. Todo lo demás es engañarse a uno mismo, mentirse, aliviarse con abstracciones y embriagarse.

Lo mejor de esta lectura es la profundidad del pensamiento contra la guerra, sobre el humanismo, y sobre la cultura.

Me gustaría ser tan útil como usted; ayudar a una sola persona es quizás más eficaz que ayudar a la patria, que últimamente está en boca de todos, y a eso le llaman humanidad.  A la que, dicho sea de paso, deberían retirarle ese bonito nombre mientras dure la guerra, puesto que ya no lo merece.

 

 

Toledo, Madrid y Ciudad Real

 

 

La jubilación, si estás bien de salud, eso es lo más importante, es un periodo de la vida fantástico, envejecemos, sí, pero eso es irreversible, así que hay que tomarlo como algo normal, y aprovechar este tiempo que es una especie de regalo de la vida.

Así lo voy llevando yo, disfruto cualquier momento, si hace buen día, porque el cielo es maravilloso y si se nubla porque las nubes me parecen de un calor increíble; mi curiosidad no ha disminuido, casi al revés, todo me interesa y aprender es una de mis haciendas favoritas. Además no necesito casi nada, mis deseos son los afectos, y poco más, y eso lo tengo, así que mi vida se simplifica y eso hace que disfrute cada vez más  los momentos importantes del día.

También es verdad que elijo mucho, ahora no pierdo el tiempo en las cosas que no me aportan o no me interesan y de eso hay mucho, pero yo me quedo con esa parte maravillosa que te da lo cotidiano; el no hacer las cosas corriendo, el sosiego en casi todo, tomar distancia en muchas cosas, la condescendencia en momentos difíciles, aportar, en lo que puedo, lo mejor de mí, aunque no es fácil, pero ahí estamos.

Todo eso y muchas cosas más me tiene disfrutando de la vida. Empezar a leer un libro es un momento mágico, emprender un viaje a visitar a mis nietos, no tiene precio, ir al cine con las amigas es una práctica semanal que nos encanta, ir a una conferencia es estimulante, comer un día a la semana con mi hija Fátima, me alegra el día, asistir a las clases de la Universidad me mantiene la curiosidad y el aprendizaje, hacer una excursión a conocer un rincón de mi provincia me encanta, pasar una tarde haciendo ganchillo con un grupo de amigas es delicioso, así voy viviendo estos años, que ya digo, son un regalo.

La semana pasada aproveché y me fui a Toledo a pasar unos días con mi hija Belén y familia. Ya es un lujo ir a verlos, pero encima, viven en una ciudad maravillosa que yo recorro cada vez que voy a verlos. Me fui a pasear con mis nietos, Frida y Arturo, ellos me llevaron por sus laberínticas calles, fuimos a conocer la biblioteca que está en un edificio emblemático, “El Alcázar”, de ser un lugar que me recuerda, tristemente, la contienda de la guerra civil, ahora está dedicado a la cultura; por allí mis nietos se mueven bien, pues ellos si conocen esos pasillos llenos de libros. Cuando terminamos subimos a la cafetería del último piso para ver las vistas maravillosas de la ciudad.

Paseamos por sus calles, y nos fuimos a comer las “bombas de patata” tan famosas y ricas y que a mis nietos les encanta. Después tomamos un tren turístico para dar una vuelta con explicaciones de los monumentos y alguna leyenda que otra. Eso de las leyendas, a los dos, les encanta. Pasa el tiempo y las  recuerdan palabra a palabra.

Después de unos días con todos ellos, me marché a Madrid, ya aprovecho y veo a todos mis hijos y nietos. Llevar a Valentina al colegio y recogerla es mi gran afición, ella me recompensa con sonrisas y abrazos cada vez que me ve y yo me deshago. Pasar unos días con ella, es un placer, es familiar y le encanta que vayamos a su casa. Los días los pasamos en el parque.

Entre ir a llevarla y recogerla en el colegio, yo camino por Madrid, paseo del Prado, Carrera de San Jerónimo, Puerta del Sol, parada obligatoria para firmar con las mujeres en huelga de hambre reivindicando más política contra el maltrato a las mujeres, sigo caminando hasta la librería” La Central” en la plaza de Callao, ver libros y comprar alguno, tomarme un té, es pasar una mañana estupenda; ya de vuelta,  me senté en El Brillante, un bar frente a la Estación de Atocha, muy conocido por sus bocadillos de calamares, yo degusté uno, momento sublime.

Pero también aprovechamos, el sábado, para visitar la casa del pintor Soroya y su nueva exposición, un verdadero placer recorrer las estancias de la casa llena de maravillosos cuadros, aunque Valentina se aburría un poco, eso de los museos, decía, es muy aburrido. Salimos y quedamos a comer con mi hijo César y Sonia, una comida rica y unos momentos de hablar de la vida. Una mañana estupenda en Madrid, aunque algo fría.

A la mañana siguiente desayunamos con Leo y Fadia, un “brunch, que se está poniendo de moda en Madrid, un desayuno-comida a eso de las 12 de la mañana. Mi nieto tan mayor… se va a Nueva York diez días en un intercambio, parece mentira como pasa el tiempo.

Y ya a la estación, que yo regreso a mi casa, llena de buenos momentos que mi familia me aporta y yo estoy tan agradecida… ese es el regalo de la vida. Y llegar aquí, para todos nosotros, no ha sido nada, pero que nada fácil.

Como el tren no salía a la hora que yo tenía prevista, aproveché esas horas para pasear por la cuesta Moyano y comprar unos libros, disfrutar de esa mañana en ese lugar tan especial. Paseando, paseando, llegué hasta la Plaza de  Neptuno, me tomé un té contemplando a la gente pasear y aproveché para echarle un vistazo a los libros.

Bajando para la estación quise entrar al Museo Reina Sofía a ver el Guernica, que aunque lo he visto varias veces me apetecía, pero las colas eran inmensas, así que ya sin tiempo me fui para Atocha, mi estación favorita, como decía Joaquin Sabina ” Yo me apeo en Atocha, yo me quedo en Madrid.

Llego a casa,¡tan reconfortante! miro el buzón y ahí hay una carta con letra femenina, todos los años me llega, es de una amiga bloguera, Isi, que siempre manda unos bonitos marca-páginas, me encantan y aquí los tengo entre las hojas de mis libros.