Viaje a Canadá. Vancouver, parque de los lagos y parque de los glaciares

 

 

 

 

Seguimos el viaje, dejamos la preciosa casa-cabaña y ese lugar mágico que es el parque Jasper, hacia Vancouver, pero como siempre, los paisajes nos acompañan para hacernos el camino más agradable. Salir de Las Rocosas es salir de un lugar único, nos dimos cuenta rápido de que el paisaje cambiaba, más llanuras, menos abetales, los ríos grandes pero el color del agua ya no era como en Las Rocosas, así nos fuimos dando cuenta de que, lo que dejábamos atrás, era un lugar mágico que a todos nos encantó conocer.

Paramos a comer a mitad de camino en un pueblo, pasamos a un restaurante que tenía como siete TV enormes y en todas había fútbol, ya estábamos en la vida real, era como despertar de un sueño y no me gustaba nada.

La llegada a Vancouver fue muy bonita, entramos en la ciudad por un elegante puente,  uno de tantos que la ciudad tiene; esta ciudad está marcada por sus bonitos puentes, por sus maravillosos parques y por estar rodeada de agua por todos lados. A mi me costó entender el mapa, nunca sabía si lo que tenía enfrente era el Océano Pacífico, el río o cualquier brazo de agua que la cruza.

A Vancouver se le  conoce como “la perla del pacífico”, una ciudad multicultural, alegre, llena de vida, con un clima cálido y unas playas que hacen de esta ciudad una visita muy particular. La gente tranquila llena las calles de vida. Me dio la impresión de estar en alguna ciudad mediterránea.

Su nombre lo debe a George Vancouver, un explorador inglés que llegó a la ciudad allá por el año 1800.

Nosotros llegamos al atardecer y dejamos que César y Sonia se fueran a cenar solos, los chicos y yo nos quedamos en el apartamento que tenía una terraza con vistas a la ciudad, preparamos pasta y cenamos. Al día siguiente nos esperaba un día lleno de paseos para conocer bien esta ciudad.

Paseamos todo el día recorriendo el centro, con modernos edificios, el puerto lleno de yates espectaculares, barrios que nos recordaban un poco a los barrios ingleses, al mediodía fuimos buscando para comer, cruzamos caminando el puente Burrard para llegar a una pequeña isla en frente de la ciudad, Gradville Island; estaba llena de gente y de música, compramos comida en un mercado y comimos sentados en un banco. Me encantó el ambiente que había.

Para volver a la ciudad tomamos un pequeño ferry que funciona como taxi y nos dejó en la otra orilla.

Seguimos caminando hasta llegar a la playa, un recorrido muy bonito, era el atardecer y la gente paseaba como nosotros, sin prisa y contemplando el Pacífico. Llegamos a una zona donde había un Tótem hecho de piedras enormes, regalo de los Inuit a la ciudad, se les conoce con el nombre de Inukshnuk, para los Inuit son monumentos que indican una dirección o que vas por buen camino, suelen estar en lugares solitarios indicando alguna dirección, la tradición dice que nunca se deben destruir. En toda esa zona y al lado del mar la gente hace esculturas con las piedras en equilibrio.

Al volver a casa, pasamos por Stanley Park, 400 hectáreas y más de medio millón de árboles,  este parque es uno de los más bonitos de la ciudad, un paseo alrededor de un gran lago, con unas vistas de la ciudad preciosas, como nos perdimos, volvimos a pasar dos veces por este magnífico parque. Hay un lugar, Brockton Point, donde están colocados unos Tótems de madera en colores muy llamativos, estos son una copia de los originales que están en el museo. En este lugar vivieron los primeros nativos canadienses.

Un día repleto de paseos y de querer abarcar esta ciudad que, me parece que en un día y medio que estuvimos en ella no es suficiente, pero tengo que decir que la disfrutamos enormemente.

Al día siguiente nos levantamos para ir al barrio chino, uno de los más grande; tiene 150 años de antigüedad y se fundó cuando vinieron muchos ciudadanos chinos para la construcción del ferrocarril y de las carreteras. Comimos en un pequeño restaurante tailandés, una comida riquísima.

Y ya de regreso, finalizando el viaje, pasamos por el parque de los lagos, impresionante lugar, kilómetro de lagos inmensos, una zona muy turística; y sin dejar los lagos entramos en el parque de los glaciares, preciosa carretera. La pena es que llovía y las nubes no nos dejaban ver bien las altas montañas y sus glaciares.

Espectacular viaje, inmensos paisajes, la naturaleza en todo su esplendor, creo que en mi vida había visto paisajes tan espectaculares como aquí. Un regalazo que me hicieron mis hijos por mis 70 años y que yo he disfrutado enormemente. Poder estar 15 días con Leo y con Elías ha sido todo un placer, hemos charlado del año escolar que Leo pasó en Calgary en casa de sus tíos, lo que le gustó y lo que borraría. Hemos paseado por caminos observando los árboles y los lagos, Elías buscaba palos para poder jugar el “mocho” juego que se jugaba en mi pueblo cuando yo era pequeña. He compartido con Sonia y con César unos días estupendos que han quedado grabados en mi corazón.

 

 

 

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Viaje a Canadá. Parque Jasper

 

Ya he hablado de las carreteras infinitas de estos lugares, a veces nos quedábamos sin habla de lo pequeños que nos veíamos, rodeados de esas imponentes montañas que nos rodeaban en nuestros desplazamientos. Más de 30 picos de 3.000 metros de altura tienen estas espectaculares montañas. El recorrido de unos 200 km que hicimos hasta el pueblo del mismo nombre que el parque, Jasper, fue de los más bonitos que hemos recorrido; este parque es menos turístico que los que hemos dejado y para mí fue muy espectacular.

Nuestra idea era seguir camino hasta nuestro nuevo destino, Valemount, pero un accidente de coche en la carretera, nos hizo quedarnos en este pintoresco pueblo todo el día.

Un pueblo de unos 4.000 habitantes, que en su tiempo fue una parada de postas y que ahora luce precioso con un parque en el centro de la población con unas vistas inmejorables. Ya veis que me repito y me repito en los adjetivos, pero todo lo que nos rodea es precioso.

Comimos,  esperamos y esperamos hasta las 11 de la noche que abrieron la carretera. Quizá sea este hecho el único que nos extrañó por su tardanza, demasiadas horas para tener la única carretera cerrada, cuando pudimos retomar nuestro viaje, cientos de camiones estaban parados a lo largo de la carretera. Aprovechamos esas horas para ver el pueblo y para jugar, Leo, Elías y yo con una pequeña pelota que nos acompañó casi todo el viaje; me encantó pasar esos momentos con los dos, Elías con su sombrero de vaquero .que no se lo quitó en todo el viaje y Leo, haciendo bromas con su abuela, que todos lo celebrábamos con un baile que nos enseñó.

Nos esperaba una preciosa casa-cabaña en nuestro pueblo. La cabaña estaba en mitad del campo y muy cerquita del pueblo de Valemount. Allí disfrutamos de lo lindo, cenitas al aire libre con fuego para asar nubes, salchichas, disfrutar del pueblito y hacer una cata de cervezas artesanales, hacer compra para poder desayunar tortitas, una delicia de lugar.

Y tengo que decir que el lago Kinney y su glaciar fue como un gran regalo que nos esperaba en este lugar. Dejamos el coche al comienzo del Mount Roibson Park, y empezamos a caminar, como siempre estas caminatas son maravillosas, disfrutando de los inmensos árboles que nos acompañan en todo el camino. En este parque vimos cedros inmensos, yo no había visto ninguno y me encantaron, mariposas, ardillas, en fin un camino precioso, pero cuando llegamos al lago Kinney nos quedamos sin habla, era como un espejo, y como siempre rodeado de montañas. Allí mismo sentados en un tronco de árbol, y con los pies dentro del agua helada, hicimos la más bonita comida de estos preciosos días.

Rodeamos el lago y en un lugar que parecía una playa, Leo y Elías se bañaron, gritaban de lo frías que estaban esas aguas ,pero se metieron dos veces, se secaron al sol y seguimos caminando hasta un lugar de acampada, allí volvieron a bañarse y jugar con un tronco que flotaba en el lago. Siguiendo esa ruta, pero bastantes kilómetros más, estaríamos en el glaciar, pero nosotros volvimos por otro camino, disfrutando del paisaje.

Se puede disfrutar de paseos en barca con guía, y eso hicieron todos, pues hacer rafting estaba prohibido para niños menores de 14 años, así que Elías se quedó sin poder hacerlo, el paseo en barca fue menos emocionante. Pero a la noche, encendimos fuego y cenamos al calor de la lumbre.

También visitamos otra cascada imponente, la fuerza del agua es tremenda y la belleza de los barrancos que la erosión del agua hace es verdaderamente impresionante.

Fuimos viendo a lo largo del viaje, muchas partes de esos bosques de abetos de un color rojo, otras partes como quemadas, nos llamaba la atención esas grande masas de abetos caídos y secos, César nos informó que parece que tienen una epidemia de un “escarabajo” que ataca a los bosques y no tienen manera de eliminar, 23 millones de hectáreas atacadas, se dice pronto. La única manera de eliminar esta lacra, es que tengan dos semanas seguidas de -40 grados, pero parece que el cambio climático también van variando el ecosistema de estos lugares.

Días deliciosos, difíciles de olvidar, en compañía de mi hijo César y su familia, Sonia, Elías y Leo, y un regalo que me hicieron todos  mis hijos, por mis 70 cumpleaños. Un regalo que yo he disfrutado enormemente, y que he vivido una experiencia con ellos inolvidable.

Y terminamos este paseo por Las Rocosas, camino de Vancouver. Dejar estos lugares nos va a costar, era como andar entre nubes, difícilmente volveremos a disfrutar esa sensación.

Viaje a Canadá, Las Rocosas

Viaje por el Parque de Las Rocosas

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Y llegó el día de salir hacia Las Rocosas, los cinco en un coche lleno de maletas, Sonia al volante, César de copiloto y todos expectantes para ver esos paisajes que tanto deseábamos ver y disfrutar. Yo, antes de ir a Canadá, me leí un montón de informaciones, blogs, guías sobre estos lugares y todos coinciden en una cosa, que la naturaleza nos brinda unos momentos que son incomparables con cualquier otra cosa.

 

Salimos hacía Banff, pueblo muy turístico, al llegar vimos más gente por las calles, aunque en estos lugares nunca te vas a encontrar con aglomeraciones, es verdad que en Banff se nota que hay más turismo. Ya la carretera que tomamos, la 93, nos ofrecía esa inmensidad de paisajes, carreteras amplias y con pocos coches así que el paisaje era todo para nosotros. Atravesamos los parques Kootenay, Banff y Yoho, pues nuestra casa estaba cerca de una población llamada Golden.

 

Creo que no hay palabras, ni fotos que puedan describir lo que nuestros ojos iban viendo. Montañas con nieve en sus cumbres, bosques de abetos maravillosos a lo largo de las carreteras, cascadas por cualquier sitio, ríos serpenteando las llanuras de colores cambiantes, desde el azul claro, al verde, o aguas lechosas, lagos de aguas transparentes, y por si faltaba algo, de vez en cuando aparecía un tren de mercancías tan largo que nunca veíamos el final, por cornisas increíbles, así es el viaje por estos parques que con el de Jasper forman el Parque Nacional de Las Rocosas, nombrado Patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1984.

Fuimos parando para comer, para ver un lago, para admirar una cascada, asomarnos a un mirador, así hasta llegar a nuestra casa en mitad del campo. Nada más llegar, dejamos maletas y salimos a dar un paseo hacia un glaciar. Precioso paseo de unos kilómetros hasta que el bosque se abre y nos ofrece una preciosa vista del glaciar. Mereció la pena a pesar de los mosquitos que dieron buena cuenta en cualquier parte de nuestro cuerpo.

Al día siguiente salimos temprano, teníamos tanto que ver…las horas se pasan volando, pues tienes que ir parando el coche en un mirador, en un lugar inesperado, en fin que las horas no te dan de sí a tanta belleza.

Visitamos el glaciar Stanley y las cataratas Johnstan Canyon. Yo creo que lo mejor de este viaje eran las caminatas que nos hemos dado para  disfrutar todo el camino, hasta llegar al lugar que queríamos ver. La caminata de las cascadas fue preciosa, todo el tiempo viendo diferentes saltos de agua, con una fuerza arrolladora hasta llegar a lo más alto.

Precioso día, pero al día siguiente teníamos un plato fuerte, el lago Louise y subida al glaciar.

El lago Louise, recibe ese nombre en honor a la princesa Luisa Carolina Alberta, cuarta hija de la reina Victoria y esposa del marqués de Lome, que fue Gobernador General de Canadá en los años 1878-1873. Este lago, de no mas de un km de largo, es precioso por sus aguas transparentes de un color maravilloso y todo él rodeado de montañas y glaciares. Lo preside un gran hotel Chateau Lake Louise, uno de los grandes hoteles construidos por la compañía de ferrocarril canadiense.

El día era lluvioso, húmedo y nublado a ratos. Allí mismo iniciamos la subida al glaciar rodeando el lago, preciosa caminata, todos subieron al glaciar y me contaban que las vistas al otro lado eran espectaculares.

 

A la vuelta, con frío y mojados, comimos en ese gran hotel, calentito y comida rica, un día precioso como es costumbre en estos lugares.

Al final del día, no sabíamos que nos había gustado más, porque realmente todo es impresionante. La vuelta en coche, siempre comentando lo que habíamos visto o lo que más nos había gustado, a ratos oíamos música, una canción quedará en mis recuerdos unida a este preciosos viaje.

Ya terminamos estos días en estos parques, y seguimos la ruta hacia el norte,  pasaremos dos días en el Parque Jasper.

 

 

Viaje a Canadá, Calgary, Las Rocosas y Vancouver

Viaje a Calgary

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Calgary

Este año he cumplido 70 años, y por este motivo mis hijos me regalaron un viaje a Canadá. La ocasión era perfecta, mi hijo César, Sonia y Elías iban a recoger a Leo, mi nieto, que cursó un año en un instituto de la ciudad de Calgary, así que me invitaron a ir con ellos.

El viaje duró 15 días y recorrimos gran parte de Las Rocosas, llegamos a la ciudad de Vancouver y a la vuelta a Calgary, pasamos por la zona de los grandes lagos, y El Parque de los Glaciares, en total unos 5.000 km por lugares maravilloso y carreteras impactantes.

Llegamos a Calgary, y lo primero que hicimos fue ir a recoger a mi nieto, no nos esperaba y fue una gran sorpresa al vernos frente a su casa y desde allí nos fuimos a recorrer la ciudad para hacernos idea de cómo era.  Al día siguiente fuimos a conocer el Instituto de Leo, Mckenzie Highlands School, y a despedirnos de los profesores que, durante ese curso, estuvieron con él. Nos encantó ver donde estudió, sus clases, su cancha donde jugó al baloncesto, en fin una visita muy especial.

El tiempo que estuvimos en Calgary aprovechamos para pasear. Una ciudad de un millón de habitantes, la más grande de la provincia de Alberta, situada a unos 80 km de Las Rocosas, bañada por un gran río, el Bow, nos pareció una ciudad tranquila, muy extensa, de barrios donde las casas unifamiliares de madera y rodeadas de jardín es la tónica general. En 1988 acogió los juegos Olímpicos de Invierno, allí la esquiadora española, Blanca Fernández Ochoa, no pudo ganar una medalla Olímpica por una caída a punto de terminar.

Tiene un centro con modernos e impresionantes edificios, el más alto fue construido por el arquitecto inglés, Foster, conocido como The Bow,  esos edificios están comunicados por galerías, para que en invierno la gente circule por ellos, porque alcanzan algunos días los -40 grados. Las calles peatonales con muchas flores adornando fachadas, muchas terrazas donde la gente disfruta unos días de temperaturas cálidas. Paseamos observando la vida tranquila de esta ciudad, donde el coche es la forma más habitual de moverse de un lado a otro.

 Cuando terminamos el viaje, volvimos a Calgary, teníamos pensado pasar un día antes de tomar el avión de regreso y aprovechamos para visitar sus ferias y su famoso “Stampede” rodeos, carreras de carretas, donde todo el mundo va vestido con el sombrero vaquero y sus botas, una fiesta curiosa para unos españoles que pasaban por allí. También visitamos un lugar donde los indios canadienses, los Inuit enseñan sus tipis preciosos, sus bailes y su forma de vida.

La modernidad se mezcla con las  costumbres del “lejano Oeste”, curioso contraste que disfrutamos enormemente recorriendo esa feria llena de diversión para los chicos y llena de emoción viendo montar caballos y toros salvajes en medio del griterío de la gente.

Nos despedimos de Calgary, sobre todo mi nieto Leo que vivió allí durante un curso entero, esa ciudad quedará para siempre en su memoria, y la experiencia también.

Nosotros la disfrutamos con ojos curiosos y esperando salir para Las Rocosas, un paraje que queríamos recorrer sin dejarnos nada o casi nada, cosa imposible por la grandiosidad de sus paisajes y las distancias enormes.

 

Mi ruta cervantina preferida

 

Este fin de semana hemos aprovechado, un grupo de amigos que leemos el Quijote, el excelente tiempo de esta larga primavera, que nos está dejando disfrutar largos días con suaves temperaturas, para recorrer mi ruta cervantina preferida. Es una verdadera experiencia viajar por estos campos llenos de flores, con tonos de verdes diferentes y esos cielos azules adornados con nubes blancas y gordas que amenazan tormenta.

Esta ruta que la llevo haciendo mas de treinta años, y no me canso de ver la evolución que van teniendo los pueblos, las carreteras, la gastronomía, en fin, que se ha hecho un esfuerzo por recuperar la cultura de esta zona, La Mancha, donde Cervantes se inspiró para escribir este magnífico libro de caballería y además de leerlo, es estupendo poder ver esos lugares.

 

Salimos a media mañana, pues teníamos una ruta intensa y teníamos que llegar hasta El Toboso, pasando por Puerto Lápice, Campo de Criptana y a la vuelta hacer una parada en Las Tablas para ver el atardecer.

Llegamos a Puerto Lápice a la hora del desayuno. Siempre es un placer parar en La Venta, y disfrutar un café contemplando el bonito patio, donde Cervantes parece que describió el capítulo III donde Don Quijote fue armado caballero aquella noche.

Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda puntualidad; y así se dio luego orden como velase las armas en un corral grande, que a un lado de la venta estaba, y recogiéndolas Don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y embrazando su adarga, asió de su lanza, y con gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo, comenzaba a cerrar la noche.

Una delicia pasear la calle hasta la preciosa plaza, llena de sabor cervantino, allí unos bancos de cerámica nos recuerdan con varios pasajes que esta fue la primera aventura del Hidalgo y no la de los molinos.

Salimos para el Toboso, pues allí teníamos que llegar antes de las dos del mediodía, para poder disfrutar del pequeño museo biblioteca que es una verdadera joya.

Llegamos al Toboso y como dice Cervantes siempre nos espera el pueblo en un “sosegado silencio”, sus calles silenciosas con muy poca gente, turistas que paseamos por todos sus rincones, sus calles, sus callejones y plazuelas, la casa de Dulcinea, o el convento de las Clarisas, y su inmensa iglesia, como digo un pueblo pequeñito, perdido en la planicie Manchega, pero conocido mundialmente por ser la cuna del amor del Caballero de la triste figura.

Dice la leyenda, que cuando las tropas napoleónicas llegaron a esta villa, el comandante mandó alto al fuego, pues no quería que en su “historial pesara la ignominia de haber destruido la cuna de la sin par Dulcinea”.

La biblioteca que fue fundada por Don Jaime Martínez Pantoja, alcalde del pueblo por los años 20, se le ocurrió la brillante idea de escribir a países de todo el mundo pidiendo que le mandaran Quijotes en el idioma del país y firmados. Este llamamiento surtió efecto y la biblioteca tiene más de 700 ejemplares en 70 idiomas diferentes. Muchas curiosidades como un Quijote escrito a mano por los presos de Ocaña en los años 20. Gadafi mandó el “Libro verde de la revolución”, firmado por él. Así nos pasamos largo tiempo curioseando por los estantes. Al final vimos un audiovisual realizado por las mujeres del Toboso, interpretando el capítulo IX de la segunda parte.

Media noche era por filo, poco más a menos, cuando don Quijote y Sancho dejaron el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegado silencio, porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida, como suele decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que fuera del todo escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. No se oía en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos de don Quijote y turbaban el corazón de Sancho. De cuando en cuando rebuznaba un jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentes sonidos, se aumentaban con el silencio de la noche, todo lo cual tuvo el enamorado caballero a mal agüero; pero, con todo esto, dijo a Sancho:

—Sancho hijo, guía al palacio de Dulcinea: quizá podrá ser que la hallemos despierta.

 

Terminamos la visita y nos fuimos a comer a un restaurante de los que tiene El Toboso, “El Rincón de la Mancha”, buena comida y mejor charla, todos reponiendo fuerzas para seguir la ruta. Después de comer nos fuimos a ver la casa de Dulcinea, la Iglesia, el Convento de la Clarisas, en fin un bonito paseo por la cuna de Dulcinea.

A solamente ocho kilómetros ya estamos en Campo de Criptana, tierra de gigantes, como así dicen sus carteles. Un pueblo en la falda del monte de los famosos molinos, donde Don Quijote los confundió con gigantes. Y la verdad es que la subida a ese monte es precioso, van apareciendo uno, dos , tres, hasta once molinos con sus aspas inmóviles, ¡espectacular la vista!

Al ladito, bajando una pequeña cuesta está el barrio del Albaicín, con sus fachadas blancas y sus zócalos azul-añil, ahí está el cerro de la Paz, una plaza empedrada con un gran molino y al fondo la ermita de la Virgen de la Paz. Preciosa en su silencio y precioso el paisaje que divisamos.

 


En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza.

Capítulo VIII, Primera parte

Ya vamos de regreso, el paisaje sigue siendo impactante, las inmensas llanuras, el verde intenso de las parras, el cereal, las amapolas que salpican todo el campo, y en cada colina un molino, donde los molineros de antaño molían la harina para hacer pan, imprescindible en la comida manchega.

 

Y llegamos a las Tablas de Daimiel, ahora rebosando agua, el Guadiana  ese río que se esconde para salir a la luz kilómetros antes de Las Tablas, baja lleno de agua. Una bendición esta primavera tan lluviosa que nos llena los ríos, los pantanos, las lagunas y nos da tranquilidad y sosiego.

 Guadiana, vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un río llamado de su mesmo nombre, el cual cuando llegó a la superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero, como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que se llegan entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con todo esto, por dondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se precia de criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos, bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que agora os digo, ¡oh primo mío!, os lo he dicho muchas veces, y como no me respondéis, imagino que no me dais crédito o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo sabe.

Un atardecer en Las Tablas es todo un descubrimiento, en el mirador estuvimos un buen rato observando la naturaleza, escuchando los sonidos que produce. Aprendimos nombres de pajarillos como los vencejos que Dolo nos explicó como volaban o el ruido de las palomas o aves que anidan entre los cañizos de este paraje.

El día tocaba a su fin, recorrer estos pueblos, leyendo de vez en cuando un pasaje del Quijote, acompañada de un grupo de amigos, creo que es un buen regalo que estas tierras cervantinas nos ofrecen y que no debemos dejar de visitar.

 

Mi último viaje a México

 

 

Creo que he viajado a México cinco veces, cinco viajes que empezaron hace ya más de ocho años y que concluye con este último, un regalazo que, mis amigos Rafa y Patty me han hecho por mis 70 años. Ya no pensaba hacer viajes tan largos, pero mira por donde, he vuelto a embarcarme de nuevo en un avión y cruzar el océano, para disfrutar unos días en aquel precioso país que, en primavera, todo está lleno de flores, jacarandas, bugambillas y demás plantas, que embellecen todo el paisaje.

Nada más llegar al aeropuerto, Benito Juarez, de México, me esperaban mis amigos y Myrna, allí mismo tomamos algo y allí mismo disfruté la comida méxicana, tan sabrosa y picante.

Yo iba con ganas de ver las jacarandas en flor, que en México son especialmente bonitas y abundantes, llenan calles, avenidas y salpican el paisaje de ese color morado tan bonito. Tuve suerte porque en frente de casa de mis amigos hay una preciosa.

Al día siguiente salimos a pasear al castillo de Chapultepec, una construcción palaciega dentro del bosque del mismo nombre. Es el único Castillo Real en América y ha tenido varios usos, desde polvorín, academia militar, residencia del emperador Maximiliano I de México (1864-1867) y residencia de los presidentes del país entre los años 1884 y 1935. Pero nosotros fuimos a ver una exposición de cerámicas de una prima de mis amigas, Emma, que hace unos platos preciosos con motivos de pájaros. Estando allí paseando por esa terraza inmensa, con vistas a la ciudad, volvimos a disfrutar de las jacarandas,  de las vistas y de toda la historia que encierra ese castillo.

Bajamos  paseando, disfrutando esa mañana luminosa, y como estábamos cerca, no podíamos pasar de lejos sin ir a ver a mi amado, “el dios de la lluvia”, Tláloc, siempre que voy a México paso a verlo. Lo conocí con mi hija María y Javier, en el primer viaje que hice y tengo que decir que fue un autentico flechazo, me encanta su historia y me encanta ese figura inmensa, siempre en el mismo lugar, como guardando la entrada del increíble museo Antropológico de la ciudad de México.

Mis amigas saben de mi amor por los libros y las librerías, y siempre visitamos algunas en mis viajes, es un placer para mi entrar en esas tiendas donde los libros son un lujo para la vista; las librerías en México son preciosas, esta que visitamos está al lado de un lago, toda ella está abierta a la naturaleza y allí nos sentamos para saborear un jugo de guayaba; no hay mejor lugar para tomar algo y charlar tranquilamente viendo a la gente pasear y disfrutar de ese lugar. Librería Porrúa.

Al día siguiente nos fuimos a un lugar llamado Valle de Bravo, allí nos esperaban unos primos de mis amigos, Elda y su marido, José Manuel, que viven en una preciosa casa con vistas al algo. Nos recibieron con tanta amabilidad que yo, que andaba abrumada desde que llegué a México, seguía con ese mismo sentimiento. Elda es una amable anfitriona que no deja a sus invitados ni un momento, siempre con una buena charla o sorprendiéndonos con un gazpacho andaluz con un toque mexicano, para comer.

Charlamos de España y de México, de los problemas que vivimos en cada uno de nuestros países y acabamos hablando de un tío de José Manuel, que fue aviador en la República, se exilió a México y allí vivió hasta su muerte. Siempre que viajo a ese país, me encuentro con alguna historia de españoles que tuvieron que exiliarse de nuestro país y fueron acogidos en México.

El pueblo ubicado a 156 km al suroeste de la capital, fue fundado en 1530 por frailes franciscanos con el nombre de San Francisco del Valle. Nombrado pueblo típico en 1971 y finalmente pueblo mágico en 2005. Sus calles empedradas, sus edificios coloniales, su plaza con su templete y su iglesia. Me encantan esos pueblos y ya conozco algunos.

Desayunos especiales mexicanos a base de frijoles, chilaquiles, huevos rancheros, sus tacos tan diversos y demás exquisiteces, un poco fuerte para nuestros desayunos pero exquisitos. Yo disfruto mucho la comida de aquel país, es picante, muy sabrosa, con sabores tan diferentes a nuestra comida mediterránea.

Ya de vuelta a la capital, paseamos por las calles centrales donde, las tiendas más especiales hicieron un trabajo precioso, todas sus fachadas estaban adornadas con flores frescas, a cual más bonita e imaginativa, una mañana espléndida viendo la gente pasear y fotografiarse en esas fachadas. Terminado el paseo dimos cuenta de unos taquitos exquisitos en una terraza con vistas a la ciudad.

El tiempo va pasando así que aprovechamos para ir a  San Miguel Allende, ciudad preciosa donde las haya, allí nos esperaban otros primos de mis amigas, disfrutamos de una casa en el campo con un precioso jardín, Rosi y Patricio nos recibieron como familia y su casa fue la mía desde que llegué, desde aquí mi agradecimiento a sus atenciones que fueron múltiples a lo largo de los días que estuvimos allí.

 

San Miguel Allende es una delicia pasearla, sus calles empedradas, sus fachadas de color rojizo, sus artesanías de mil colores, su maravillosa iglesia de color rosado, su zocalito lleno de gente y casi siempre con música en directo, ya digo una delicia.

Visitamos un pueblito, muy cerca de San Miguel, Atotonilco, con una preciosa iglesia, la llaman la sixtina mexicana, debido a los bellos murales. Fue construida entre 1740 – 1748, por iniciativa del devoto  Luis Felipe Neri, que quería evangelizar a los habitantes de aquella zona.

Martinez de Pocasangre, de Querétaro, fue el encargado de pintar todos los murales y techos, sin dejar ni un centímetro de pared sin pintar.

Desde aquí salió el cura Hidalgo con el estandarte de la virgen de Guadalupe para llegar a la iglesia de Dolores Hidalgo y tocar la campana, como inicio de la Independencia mexicana. Por todo esto, la Unesco concedió el título de Patrimonio de la Humanidad a esta Iglesia de Jesus del Nazareno el 8 de julio de 2008.

Días deliciosos con Rosi y Patricio, saboreando, una noche, tortilla de patatas y un buen vino. Las despedidas nunca me han gustado, pero despedirnos de esta familia, de su preciosa casa y de un campo maravilloso, no fue fácil.

Ya de vuelta a México hicimos parada en Qerétaro, acompañadas por Cynthia, visitamos la casa de  la Corregidora, Josefa Ortiz Domínguez, patriota y heroína de la independencia de su país, toda una institución en la ciudad,  recorrimos el precioso zócalo con un guía que nos explicó la historia de cada casona que rodea el mismo. Como siempre comimos en un restaurante de la plaza, disfrutando de la comida y de la música.

Ya en México y con pocos días para mi regreso, nos fuimos a pasear por la colonia Roma, un barrio precioso con casa antiguas, que me recordaron mucho a las calles de Buenos Aires, fue una mañana preciosa, soleada que invitaba a pasearlo. Visitamos la Casa Lamm, una casa transformada en universidad privada.

Seguimos paseando y nos encontramos con esta librería de nombre muy sugerente, para mí y para mis amigas que también conocen esta tierra cervantina, “En un lugar de la Mancha” y como siempre las librerías me sorprenden, abierta a la calle, donde tomamos una rica cerveza, en cada mesa había un libro que podías leer y hojearlo, con un patio interior y muchas citas cervantinas por las paredes.

Voy terminando este relato, que seguro, me dejo muchas cosas, porque fueron días de mucho ajetreo. Cenamos un día en un precioso restaurante, desayunamos en otro cuando viajábamos, esos desayunos enormes y muy ricos y ya como despedida nos fuimos a comer a un pequeño restaurante italiano, La Lanterna, que se conserva  tal como lo inauguraron hace muchos años, parece una casita italiana en el centro de esa inmensa ciudad.

En fin, como siempre las despedidas no son mi fuerte, me llevo en la cabeza un montón de momentos muy especiales con toda la gente que conocí, muchas imágenes que solamente están en mi cabeza y que las conservo para siempre. Detalles que me hacen conocer ese país en tantos viajes como he hecho, y casi siempre son pequeños detalles que me fotografían la vida, las costumbres de México y sus pueblos.

 

 

 

 

 

La uruguaya de Pedro Mairal

 

Este es el último libro que hemos leído en el club de lectura, que formamos un grupo de amigas que, cada mes, nos reunimos en una preciosa librería de mi ciudad “La madriguera”, allí hablamos de libros y de la vida, es lo que tiene reunirse una cuantas amigas, que nos quitamos la palabra de la boca. Pero a todas nos encanta esas reuniones. A mi me enriquecen mucho y creo que a todas nos pasa lo mismo.

Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionas en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlo con un lazo eterno.

Elegimos este libro por ser un escritor argentino y por que tenía muy buenas críticas. Así que una vez decidido, lo leímos en un pis pas. Es una lectura rápida, ágil, con un punto de humor y algo de fracaso, que cuando empiezas su lectura no lo puedes dejar, te atrapa absolutamente.

Guerra me mandaba esas cosas y yo quedaba partido, colgado de una emoción que no se disipaba. Eso era Montevideo para mí. estaba enamorado de una mujer y enamorado de la ciudad donde ella vivía. Y todo me lo inventé, o casi todo. Una ciudad Imaginaria, en un país limítrofe. por ahí caminé, más que por la calles reales.

Lucas Pereyra es el protagonista de esta novela, un escritor que no pasa por sus mejores momentos, separado, con un hijo y con la crisis de los cuarenta encima, son los ingredientes para que le pase cualquier cosa.

Es una nueva fragilidad, un lado vulnerable que no conocía. Quizás a los padre más  jóvenes no les pasa. A mi me da terror a veces. Cuando corre hasta la esquina y no lo alcanzo y le pego el grito sin saber si va a frenar. Tendría que haber un curso para criar  hijos.

Lucas viaja a Uruguay para recoger un dinero de un libro que se lo pagan en un banco de ese país, ya que en Argentina no le es posible cobrarlo. Le anima viajar a Uruguay, además de cobrar el dinero que le vendrá muy bien, reencontrarse con una amiga.

¿Cómo se hace para cogerse a una mina llorando y con el perro del novio? Esa es mi primera reacción cuando llora una mujer, mi cerebro se va lo más lejos posible al fondo de mi egoísmo, a la otra punta de la pena y del amor, planeo la fuga, después empiezo a volver, poco a poco, me pongo contenedor, quizá por que el llanto femenino empieza a hacerme el efecto buscado.

El viaje se presenta bien, pero la realidad será otra. Lucas, como cualquier persona que anda metido en esas crisis de identidad, quiere imaginar una vida distinta a la que le espera, pero la realidad será tozuda.

Ojala la muerte sea saberlo todo. Por el momento no queda más remedio que imaginar. Si yo pudiera contar el día exacto de ese perro con todos sus detalles, olores, sonidos, intuiciones, idas y vueltas, entonces sería un buen novelista. Pero no tengo tanta imaginación. Escribo sobre lo que me pasa. Y lo que me pasó fue que el ascensor llegó a nuestro piso.

Hemos paseado por Uruguay con la ilusión de ese reencuentro, con una nueva vida, pero volvemos a Buenos Aires, derrotados y al reencuentro de la realidad.

Esto se acaba. Se termina mi crónica de este martes, la última cuadra la hice entre gemidos y resoplidos. Lo que quedaba de mí llegó a la puerta del edificio. Entré, subí en el ascensor. Mi facha en el espejo era de espanto. No era el mismo que había mañana en el ascensor.

Esta pequeña novela ha recibido el premio Tigre Juan en 2017.